Este texto plantea una reflexión con respecto al cambio. Por un lado, al cambio del entorno sonoro que habitamos debido a la disminución de actividades humanas y; por otro, al cambio de las prácticas musicales con la prohibición de eventos masivos. Como siempre, con todo cambio llegará esperanza y oportunidades para transformarse y así mismo transformar al arte.

Gabriel Mora-Betancur
1 junio 2020
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Entorno y consciencia sonora

«Mi mayor aspiración sería ayudar a la gente a redescubrir el placer de vivir en una ciudad donde nadie te fuese dando empujones sónicos o sonoras bofetadas, y ello como paso previo para habitar mejor el mundo.» (Barber, 2003, p. 77)

Me encuentro con un grupo de estudiantes, quiero tratar que ellos sean conscientes del espació sónico que habitan. Al principio, les parece extraño lo de “consciencia sónica” ya que ¿qué hay de raro con el sonido? ¿qué importa el sonido? ¿lo que importa es llegar a donde tengo que ir! O ¿acaso no escucho ya esos sonidos de manera constante? ¿qué diferencia puede hacer hablar sobre ello? Estas y  otras reflexiones, algunas tímidas y otras muy directas, fueron las que surgieron al iniciar la sesión. Aquí, vale aclarar que los participantes de esta sesión no eran exclusivamente músicos sino personas de diversas carreras académicas. No obstante, y a riesgo de que me miraran aun más raro, pues ya con lo que les decía de “paisaje sonoro” y “consciencia sónica” me veían como si fuera una especie de personaje new age,  les propuse realizar un recorrido por un sector de la ciudad. El plan era verdaderamente sencillo, consistía en salir del edificio en donde nos encontrábamos y estar al frente del mismo por un periodo de tiempo de cinco minutos sin hablar entre nosotros, simplemente escuchar el entorno. No quise que realizaran anotaciones o descripciones de los sonidos simplemente que los vivieran y ya. Posteriormente, caminamos a otro sector de la ciudad, seguía siendo una premisa el no hablar entre nosotros y simplemente escuchar lo que sucedía mientras caminábamos. Al cabo de un rato, llegamos a otro punto de la ciudad en donde permanecimos cinco minutos, simplemente para percibir los sonidos que en ese lugar surgían. Este nuevo sitio tenia mucha más actividad humana, se podía percibir carros, vendedores ambulantes, muchas más personas hablando entre sí y algo de música proveniente de diversos establecimientos comerciales. Además de esto, las personas a nuestro alrededor nos observaban como si fuéramos una especie de secta, que simplemente se quedaban quietos escuchando y no hablaban entre sí. Al parecer esa imagen de persona new age no sólo la tenía con los participantes de esta actividad. Finalmente, concluimos nuestra caminata al llegar a un sector más apartado y con menos actividad humana, menos personas, tráfico y establecimiento pero más zonas verdes. Al llegar a este punto escuchamos nuevamente por cinco minutos sin decir palabra alguna. Al finalizar la escucha comentamos nuestras experiencias, la conclusión general era que la gran mayoría no sabían, ni esperaban, que el sonido de una ciudad cambiara tanto con realizar un trayecto relativamente corto y mucho menos, en general, eran conscientes de toda la gama de sonidos con los que convivían a diario.-

Con la llegada de la cuarentena la vida sónica de las ciudades se ha visto profundamente afectada y creo que muchas veces para bien. El impacto humano ha disminuido notablemente. Hoy en día es mucho más común el poder escuchar, y con facilidad, fauna silvestre, fauna que en algunos casos ni siquiera sabíamos que convivía con nosotros, o nosotros con ella. Se han hecho populares los videos en donde se muestra la aparición de diversos animales silvestres en las calles o jardines, ciertamente algunos son muy exagerados y poco creíbles. En mi opinión personal, la disminución del impacto sonoro humano ha sido algo positivo, la ciudad suena diferente, los matices sonoros son más claros, la polifonía de la ciudad surge en algunos momentos y luego desaparece. La saturación constante de frecuencias ha disminuido y es más amable la vida sónica.

Con el cambio en la vida sónica viene también un cambio en cuanto a la percepción del espacio mismo, el espacio habitado, el espacio sonoro, el espacio del acontecer. La percepción de la ciudad misma ¿es la misma ciudad? es muy diferente, algunas personas comentan que parece como si estuvieran en sectores rurales totalmente apartados, cosa casi impensable viviendo en una urbe. Mucha gente ha podido experimentar ambientes sonoros mínimos (Gottschalk, 2018) en su propia ciudad de origen. Hasta cierto punto la experiencia sonora y la consciencia sonora han cambiado para muchas personas, en muchos casos de manera positiva pero también hay que tener en cuenta que para muchas otras no.

El silencio, muchas veces se convierte en algo sobrecogedor o aterrador, una experiencia desconocida e incierta, probablemente Freud lo relacionaría con lo siniestro. Muchas personas están tan acostumbradas a las bofetadas sonoras, que cuando no las reciben lo toman como algo extraño y negativo. La vida contemplativa ha quedado atrás hace mucho tiempo.

Sin embargo, con la llegada del silencio, o la disminución de la vida sónica de las ciudades, también ha llegado el silencio, o el silenciar, de la cultura y en este caso particular de la música en vivo. Por obvias razones los espectáculos artísticos, así como la gran mayoría de las actividades culturales, entre otras, han sido suspendidas y no se sabe cuándo puedan ser retomadas. El arte ha callado ¿el arte ha callado?

En realidad no, simplemente se ha transformado, muchos artistas nos hemos acercado y aprovechado los recursos tecnológicos que tenemos a la mano, cabe resaltar que algunos con mayor o menor conocimiento técnico.  Así mismo nos hemos enfrentado a todas las peculiaridades y características propias de realizar actividades musicales por medio de este tipo de plataformas de streaming (Mora-Betancur, 2020b). Pero esto también nos ha llevado a afrontar otras características particulares de esta situación como lo son el sonido, el espacio y la escucha por medio de estas plataformas.

El entorno sonoro digital tiene sus propias características, no se puede garantizar la  buena conexión a internet que tenga quien realiza el concierto y menos la de la persona que esté como  espectador. No se sabe qué medios usará un espectador para escuchar dicho concierto, por ejemplo ¿elegirá usar audífonos o monitores? y hablar de marcas y referencia de estos ya pone todo aún más difícil. Además, el tipo de medios de reproducción y el sitio en donde se escuche el concierto vía streaming también afectará el espacio y la experiencia sónica que viva cada persona. Como se ve, son muchos factores a tener en cuenta, o simplemente hay que ignorarlos y que salga todo como tenga que salir.

Por fortuna, hasta cierto punto, mucha gente está acostumbrada a vivir la música de manera mediada, por medio de un reproductor de audio, por medio de una plataforma de música o por medio de un dispositivo audiovisual. A lo que la mayoría de la gente no suele estar acostumbrada es a un concierto en vivo pero mediado, mucho menos si son músicos de su misma ciudad, amigos o compañeros de trabajo. Y esto hace que la actitud y recepción de la propuesta artística varíe. Para muchos el hacer conciertos en vivo, por plataformas virtuales, es cosa de estrellas populares y no del músico experimental o del improvisador, entre otros. A estos últimos hay que ir a escucharlos a un bar, o a un lugar no convencional para conciertos, y luego beber algo y hablar sobre lo sucedido, pero dada la situación los rituales han cambiado y la vida debe ajustarse a las situaciones que se van presentado.

El sonido en un concierto vía streaming tiene unas características muy propias del medio de transmisión-producción (Mora-Betancur, 2020b) sin embargo es lo que hay y punto. Esto es simplemente para decir que aunque la sonoridad de un concierto telemático indudablemente se ve afectada por el medio, simplemente creo que hay que abrazar al medio como tal y sacarle el mejor provecho, volver parte de la acción sonora al medio como instrumento, así como la ciudad misma se puede convertir en una gran orquesta.

Por otro lado, para los intérpretes hay algo que es muy curioso con relación a la escucha y a el espacio cuando se realizan concierto telemáticos. En primer lugar, la escucha suele darse por audífonos, en muchos casos para evitar el feedback y en otros para no molestar a las personas del hogar con sus actividades o a los vecinos.  Sin embargo, la percepción sonora del otro, siempre mediada, también sufre transformaciones a medida que avanza el evento. Al principio se hacen notorias todas las transformaciones sonoras producidas por el medio, por ejemplo si nuestro compañero en improvisación interpreta un instrumento acústico por algunos momentos parece que tuviera procesamiento en vivo pero al cabo de un rato ese sonido se convierte en lo que esperamos escuchar del otro. Es decir, con respecto a la escucha primero hay una sensación de extrañeza que se transforma en normalidad.

En cuanto al espacio sonoro, la escucha y el espacio sonoro van de la mano, y si la escucha es por audífonos la percepción del espacio es diferente. Vale la pena resaltar que en estos conciertos no se realizan procesos de holofonía. Así que el espacio sonoro es diferente, por un lado escuchas al otro muy cerca pero en un espacio casi surrealista, el decaimiento, la aparición y transformación de frecuencias no es lo que uno espera al hacer música con alguien más. Otra cosa que es contradictoria con relación al espacio es que el otro se siente muy cerca, porque lo escuchamos con audífonos y al estar tan cerca auditivamente muchas veces tratamos de mirar al otro, lo gestual comunica mucho al momento de hacer música con alguien más (Mora-Betancur, 2020a). Sin embargo, el otro está lejos, su presencia es mediada, por la pantalla y muchas veces la relaciones entre imagen y sonido se dislocan. Todo esto crea un espacio que en cierta manera se vuelve surrealista ¡Pero no importa! Al cabo de un tiempo ese espacio casi surrealista se normaliza, se vuelve el espacio habitual, uno se olvida de todo y simplemente se entrega al sonido.

Para cerrar, la escucha y el espacio sonoro han cambiado, en muchos casos han traído cosas positivas, por ejemplo el percibir la ciudad de una manera más amable. También nos hemos familiarizado más con otras formas y espacios sonoros de hacer y vivir la música, como lo son los conciertos telemáticos. No obstante, la situación económica para muchos artistas también se ha transformado y no para bien. Los eventos públicos han sido cancelados, por lo que muchos ingresos con los que contaban diferentes artistas y colectivos de artistas son prácticamente inexistente. Por otro lado, establecimientos que apoyan y viven del arte se encuentra en una situación difícil, tanto que algunos considera el cierre total. En este sentido, aunque el aislamiento causado por la pandemia deba ser una medida para preservar la salud no podemos permitir que el arte muera y mucho menos que los lugares en donde solemos desarrollar nuestras actividades desaparezcan. Este es un momento para buscar nuevas alternativas, arte y sociedad siempre han estado vinculados, es una circunstancia difícil para muchos pero también es una oportunidad de buscar un cambio y tratar de adaptarnos a las condiciones actuales. Tal vez esta actitud explique que ya se hayan venido desarrollando una serie de conciertos telemáticos con los que algunos artistas, y establecimientos, puedan recaudar fondos por medio de donaciones o incluso algunos han encontrado la manera de cobrar una entrada virtual a los mismos. Creo que es momento de apoyarnos en comunidad y de no dejar de apoyar al arte y los artistas en general.

Referencias:

  • Barber, L. (2003) El placer de la escucha. Árdora Ediciones. Madrid.
  • Gotttschalk, J. (2018) Experimental Music Since 1970. Bloomsbury. Indiana.
  • Mora-Betancur, G. (2020a) Reflexiones en cuanto a la escucha y el gesto en la construcción intersubjetiva de la improvisación libre. Sul Ponticello.
  • Mora-Betancur, G. (2020b) Cuarentena, música telemática y espectros digitales. Sul Ponticello

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