Abordamos un proyecto discográfico bastante especial por muchas razones: por un lado, sus referencias al lugar, siendo éste Lanzarote; por otro, el carácter multidisciplinar entre dos artistas –padre e hijo, Ildefonso y Samuel Aguilar-, cada uno conocido sobre todo por su actividad en las artes visuales y la música, respectivamente, aunque el primero también tenga un pasado ilustre en la electroacústica. Y otros aspectos a los que nos ayuda a acercanos Sergio Lojendio, autor de este texto crítico.

Sergio Lojendio
1 octubre 2020
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«El silencio y la belleza severa de Lanzarote han tocado una cuerda sensible en las mentes de los que buscan en el arte cualidades similares«, afirma el músico y compositor Brian Eno, siempre cautivado y rendido a la magia de esta isla. Y es que acaso por nuestra manera de vivir, apabullados entre múltiples imágenes y sonidos, nos sentimos aturdidos e incapaces de comprender que ese aluvión de formas que existen para descubrirnos la realidad son las mismas que también la esconden.

La sensación cotidiana de estar expuestos a una erosión y un olvido constantes, ciertamente irremediable, palpita en “Lanzarote, el sonido oculto”, compuesto e interpretado por Ildefonso y Samuel Aguilar, grabado en tiempo de confinamiento, entre marzo y abril de 2020, y que navegando en compases de ida y vuelta de Tenerife a Lanzarote sintetiza un proyecto profesional y vital en seis temas, seis episodios con nombres como Sombras, Ameba, Lapilli, Mar de lava, Basalto y El sonido oculto.

Esa búsqueda inquieta y laboriosa, esa exploración que es fruto de la natural curiosidad humana, se nutre de un buen puñado de imaginación y talento, acompasándose en el contacto con la pertinaz secura, en los ansiosos poros de la piedra, en el arrítmico corazón del volcán.  Es así como este trabajo alumbra el rumor ronco y apenas perceptible del magma, le saca notas a la naturaleza petrificada desde las entrañas del tiempo y armoniza ese susurro incansable del viento, capaz de dispersar voces y un sinfín de misterios.

No es casual. En ambos creadores habita una inquebrantable sed de vida, siempre ceñidos al mar, rodeados de atmósferas únicas y conscientes de ser herederos de una naturaleza indómita e inédita, un paisaje que encierra celosamente antiguos y eternos secretos aún por descubrir. Esa complicidad, que también representa una declaración de amor, se manifiesta estrecha y sin filtros, solidificada en el trabajo que ahora emerge, donde padre e hijo han decidido fusionar sus almas y compartir reflexiones. Lo hacen, además, aplicándose en un ejercicio de profunda y asumida abstracción,  desde la paciente observación durante años de espacios, texturas y tiempos, valiéndose para traducirlos al lenguaje musical de recursos expresivos como la guitarra eléctrica y la española, piano, violín, violonchelo, seaboard rise y la electrónica, pero también de la piedra y la voz.

Ildefonso y Samuel Aguilar en la Cueva de los Verdes durante el montaje de la escenografía para un concierto

Ildefonso, ampliamente reconocido por su condición de pintor, desarrolla otras facetas que también alimentan su ya fértil producción. Fue el impulsor del Festival de Música Visual de Lanzarote, una cita que anualmente constataba el pulso de un movimiento vanguardista con la isla como epicentro, convocando a las principales figuras mundiales, a los más grandes de la música contemporánea del siglo XX, como los casos de Brian Eno, Andreas Vollenweider, Terry Riley o Michael Nyman entre otros. Su memoria también guarda el disco «Erosión», grabado en Alemania en octubre de 1978, cuando por entonces casi nadie ni en España ni en Canarias experimentaba con estos sonidos y que a día de hoy sigue siendo un referente de la música electrónica.

Samuel, por su parte, inició sus estudios en Lanzarote, para ampliar posteriormente su formación en Tenerife, Estados Unidos y Londres. Es autor de la música ambiental de un espacio tan singular como los Jameos del Agua y, además de impartir docencia en el Conservatorio, su espíritu creativo se ha orientado a construir melodías inspiradas en paisajes, espectáculos de danza, instalaciones o cine creando ambientes que siempre cuentan con elementos como la luz, el color, el olor y donde los sonidos realzan el aroma de un bosque, el cambiante azul del mar, el rumor del viento, el latido de la tierra… Y el silencio. 
Sostiene José Saramago, otro hijo de la isla, que Dios es el silencio del universo y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio. Esa génesis terrenal, en ocasiones desatada y en otras fluida armonía, toma forma en «Lanzarote, el sonido oculto«, una nueva erupción mezcla de espíritu primitivo y contemporáneo: un monumento sonoro.

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