El autor relata su visita a la compositora Betsy Jolas (5 de agosto de 1926), quien a sus 99 años sigue trabajando y reflexionando sobre su música con una curiosidad y lucidez extraordinarias. A través de este encuentro y de la figura de Anssi Karttunen, reflexiona sobre la transmisión de la música entre generaciones y celebra el legado vivo de Jolas en vísperas de su centenario.

Hay que atravesar un patio interior y un pequeño jardín para llegar a la casa de Betsy Jolas. Rodeada de flores y árboles, aparece una pequeña casita escondida. Allí acudí junto a mi maestro, Anssi Karttunen, para tocar para ella una de sus obras para violonchelo solo, Episode Cinquieme, escrita en 1983. Era difícil no pensar en la dimensión histórica del encuentro: Betsy Jolas cumplirá cien años este agosto. Sin embargo, bastaron unos minutos para que aquella impresión desapareciera.
Nos recibió con una sonrisa y con el humor que la acompañó durante toda la visita. Hablamos de música, de proyectos y de las obras en las que seguía trabajando. En un momento de la conversación nos contó que cada mañana se sentaba al piano para tocar Bach o Debussy. Lo decía con absoluta naturalidad, como quien describe una rutina cotidiana. Mi primera impresión fue la de una mujer independiente, curiosa y profundamente conectada con el presente. Más que una figura histórica, parecía una artista que seguía buscando.
Poco después me senté frente al atril para interpretar su obra. Antes de comenzar, comentó entre risas que apenas recordaba haber escrito la obra después de tantos años de composición. Sin embargo, cuando terminé, fue capaz de detenerse en detalles concretos de la partitura, sugiriendo matices y observaciones que solo podían venir de quien la había concebido. Escuchaba con una atención absoluta. No solo a mí, sino también a su propia música. A sus noventa y nueve años seguía persiguiendo lo mismo que cualquier gran creador: una comprensión más profunda de la obra. Aquella tarde comprendí que mi relación con la música de Betsy Jolas no había comenzado realmente al cruzar la puerta de su casa, había empezado años antes, a través de mi profesor Anssi Karttunen. Como ocurre con frecuencia en la música contemporánea, las obras llegan a nosotros no solo a través de las partituras, sino también mediante las personas que las defienden, las transmiten y las mantienen vivas. Mi acercamiento a Jolas fue inseparable de la figura de un intérprete que ha mantenido con ella una relación artística y personal durante décadas. A menudo hablamos de la historia de la música a través de estilos, corrientes o generaciones. Sin embargo, existe otra historia menos visible: la de las amistades, los aprendizajes y los encuentros humanos que permiten que una obra continúe resonando mucho después de haber sido escrita. La larga relación entre Jolas y Karttunen pertenece a esa historia. Como alumno suyo, tuve la fortuna de acercarme a este repertorio no como quien descubre una partitura en un archivo, sino como quien recibe una herencia transmitida de mano en mano.

Esteban Jiménez Suárez junto a Betsy Jolas. Fotografía de Anssi Karttunen
Nacida en París en 1926, y alumna de grandes figuras como Olivier Messiaen y Darius Milhaud, Betsy Jolas es una de las voces más singulares de la creación musical europea de los últimos cien años. Su catálogo abarca música de cámara, obras sinfónicas, repertorio vocal y piezas para instrumento solo, desarrollando siempre un lenguaje profundamente personal. Aunque su trayectoria atravesó algunas de las grandes transformaciones estéticas del siglo XX, nunca dio la impresión de pertenecer por completo a ninguna escuela. Su música dialoga con la tradición sin quedar atrapada en ella y mantiene una relación constante con la voz, la respiración y el canto.
No me sorprendió descubrir durante nuestra conversación que uno de sus compositores favoritos fuera Orlando di Lasso. Lo mencionó con entusiasmo, lamentando que hoy no se le escuche tanto como merece. Aquella observación revelaba algo esencial de su personalidad artística: una curiosidad que parecía extenderse en todas direcciones, capaz de conectar siglos distintos a través de la escucha. También resulta imposible ignorar lo que ha significado su figura como mujer compositora. Durante buena parte del siglo XX, la composición siguió siendo un ámbito donde las mujeres ocupaban una posición minoritaria. Jolas desarrolló una carrera internacional, formó a nuevas generaciones en universidades como Yale o Harvard y construyó una voz propia sin convertir nunca esa condición en una etiqueta limitadora. Su lugar en la historia de la música no responde a una excepción, sino a la fuerza y singularidad de su obra.

Anssi Karttunen junto a Betsy Jolas. Fotografía de Pascal Dusapin
Antes de despedirnos le pedí que firmara mi partitura. Tomó el ejemplar, escribió su nombre y después me miró con una sonrisa. «¿Sabes cuántos años tengo?», me preguntó. Le respondí que sí. Entonces añadió debajo de la firma un simple número: 99.
Conservo aquella partitura como un recuerdo extraordinario, pero también como algo más. Pienso en ella cada vez que vuelvo a abrir esas páginas. Pienso en la cadena de personas que hizo posible aquel encuentro: la compositora, el intérprete que ha dedicado años a difundir su música y quienes seguimos acercándonos a ella desde nuevas generaciones. Pienso también en el abrazo que compartieron Anssi Karttunen y Betsy Jolas al despedirse. Había en aquel gesto una amistad construida durante décadas, pero también una imagen de continuidad.
En los próximos meses tendré la oportunidad de participar en un homenaje a su música en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Lo vivo menos como la celebración de una efeméride que como una forma de devolver algo de lo recibido. Después de conocerla, el centenario de Betsy Jolas ha dejado de parecerme la conmemoración de una figura histórica. Prefiero entenderlo como la celebración de una música que sigue viajando de unas manos a otras, encontrando nuevos intérpretes, nuevas escuchas y nuevas vidas.
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