El siguiente texto corresponde al penúltimo capítulo del ensayo “Divagaciones respecto al entorno sonoro y al paisaje sonoro interior o cómo caminar por la ciudad y lograr escuchar-se(r)” que fue premiado con una beca de creación el año 2019-2020. En la próxima entrega se publicará el último capítulo del ensayo, que es que el que le sigue a este.

Ana María Estrada Zúñiga
1 septiembre 2020
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«Trato de escuchar la voz callada y pequeña que llevo dentro, pero no la puedo oír a causa del ruido.»
Little Audrey’s Story
– Eliza Ward

Ante la imposibilidad de anular o hacer desparecer los estímulos externos, que se han configurado cada vez más como distractores intencionados para hacer callar nuestros pensamientos e ideas propias (si es que es posible hoy en día hablar de algo como esto), se torna necesario buscar y/o crear un espacio en la vida diaria para atender nuestro interior, pues es esta voz interna la que más tarde se transformará en exterior, ya sea como voz sonora o materializada en acciones o ideas concretas. Todo esto constituye una tarea bastante compleja, porque diría que existen “capas” de voces que simulan ser la propia y que en realidad no son más que las mismas normas externas que hemos internalizado y hecho propias; es bastante común por ejemplo encontrarnos pensando en la lista del supermercado o en las tareas que tenemos pendientes, en vez de pensamientos que refieran a quiénes somos, qué pensamos y sentimos sobre tal o cual cosa o qué queremos realmente hacer con nuestras vidas. Parece más sencillo hacer propia una voz externa que poner atención a la nuestra, generando con ello un ruido sin sentido, que en realidad esconde aún más esa voz -que como dice Ward- es callada y pequeña, la que además pareciera ser tan difícil de atender en contraste con el ruido no sólo físico (en tanto onda y vibración), sino ante toda esa información que recibimos diariamente y que en la mayoría de los casos no alcanzamos a asimilar del todo.

Ahora bien, aunque en principio podríamos pensar que el ruido de la ciudad nos enajena y nos evade de nuestros pensamientos íntimos y que el encuentro con la Naturaleza sería más bien el espacio en donde podríamos encontrar nuestro propio eco, para quiénes no sólo habitamos la ciudad por necesidad, sino por gusto, ¿qué opción tendríamos para lograr escuchar nuestra voz interior?, ¿visitar con melancolía parques y plazas añorando una cuota de espacio verde que evoque tal Naturaleza? ¿o tal vez esperar con ansias el fin de semana para el cual hemos adquirido un ticket que nos permitirá alejarnos de la ciudad y llegar a un sitio menos urbanizado? Esta distancia que hemos creado con los entornos rurales nos lleva a perder de vista –y de escucha- que si bien es importante mantener una relación con el entorno natural y no sólo importante sino necesario para la mayoría de las personas, esta ciudad de la que hacemos parte y que compartimos entre todos, también debiera ser un lugar en el que nos sintamos identificados y donde podamos encontrarnos. Pese a que la sociedad nos condiciona a seguir normas y pautas que buscan homogenizarnos en un comportamiento artificial, que probablemente va en contra de lo que realmente creemos o pensamos, no debemos olvidar que la sociedad está constituida por cada uno de nosotros -aun cuando incluso podamos rebautizarla- y por lo tanto sí debiese ser posible que nuestra voluntad de construir espacios en donde escucharnos y reconocernos se haga efectivo, aunque sea a nivel muy personal o micro colectivo.

Llegado este punto, es importante considerar también, que el concepto de ruido asociado a la proliferación de estímulos sonoros presentes en la ciudad es algo que bien supieron abordar los futuristas a principios del siglo xx, quiénes se fascinaron con el desarrollo moderno de la urbe y se inspiraron en estas nuevas sonoridades ruidosas para componer distintos tipos de propuestas artísticas, declarando y exponiendo al ruido como un elemento poderoso, capaz de exaltar nuestra sensibilidad. Algunas décadas más tarde, John Cage nos invitará a percibir el ruido desde otro lugar un tanto más “amable” que el propuesto por el futurismo: Dondequiera que estemos, lo que escuchamos es, en su mayor parte, ruido. Cuando lo ignoramos, nos perturba. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante.[1] Con todo, creo que este tipo de antecedentes nos proporcionan herramientas para pensar hoy críticamente la relación que mantenemos con el ruido de nuestro entorno, puesto que por una parte podemos identificarlo como un elemento que forma parte de un mecanismo de poder que –como menciono en otro capítulo en relación a lo subversivo que puede ser elegir caminar- busca subyugar nuestro cuerpo de manera intencionada, pues el sonido puede afectarnos y alterar nuestro actuar, sacándonos de nuestro centro o bien conduciéndonos a seguir ciertos patrones de comportamiento. Y por otro lado siguiendo a Cage- nos permite poner una atención distinta en el con tal de (en este caso) conseguir escucharnos, ya que el ruido no sólo hace parte de nuestro entorno, sino que en muchos contextos, las sonoridades emitidas por el propio cuerpo también son consideradas ruidos: en un concierto de cámara por ejemplo, la tos, un estornudo e incluso nuestra voz aparecen como un elemento disruptivo que desviaría la atención de lo que hemos ido a escuchar y por lo tanto se nos ha educado para evitar este tipo de situaciones, sin embargo cabe preguntarse si este acallamiento no implica acaso una neutralización de nuestra corporalidad, pues en este acto estamos omitiendo las manifestaciones más propias y espontáneas de lo que implica tener/ser un cuerpo.

Por otra parte, en cuanto a que este escucharnos no sólo se configure como la ergoaudición descrita por Chión[2], sino que implique poner atención a nuestro interior –puesto que como planteaba el inicio del ensayo, al escuchar atentamente nuestro entorno ocurre una modificación en nuestra forma de relacionarnos con un lugar-, considero que al recorrer y escuchar los lugares caminando descubrimos y más bien habitamos nuestra ciudad de un modo distinto que puede guiarnos a un cierto estado de conciencia y revelación personal.

Es así, que caminar sería una instancia en la que podemos lograr encontrarnos (después de haber estado algo así como perdidos todo el día en el trabajo, los estudios o los quehaceres de la casa) y más precisamente, para los efectos de lo que he planteado hasta aquí; caminar con los oídos abiertos para escuchar, tanto lo que acontece a nuestro alrededor; los automóviles con sus motores y bocinas por ejemplo, así como en nuestro interior; la respiración resonando en nuestro cuerpo y la interacción de cada exhalación con nuestro entorno, ese que entonces cobrará un sentido distinto, porque ya no está allí amenazante indicándonos un espacio tiempo normado y pauteado.

Ahora bien, la idea de estar perdidos a la que he hecho alusión la pongo en relación a un estado de enajenación que se provocaría en el sujeto al estar inmerso en una rutina que viene impuesta desde afuera, por el contrario el hecho de perderse en la ciudad[3], es decir permitirse uno mismo errar sin rumbo fijo, desplazarse a pie hasta un lugar sin seguir la ruta indicada o bien saber hacia dónde nos dirigimos, pero probando recorridos nuevos -que implicarán siempre el riesgo de no llegar a nuestro destino o llegar a destiempo- nos abre un espacio de interacción con el entorno urbano que permite articular nuevas conexiones, las cuales podrían guiarnos a importantes reflexiones que amplíen nuestros niveles de conciencia.

Perderse significa que entre nosotros y el espacio no existe solamente una relación de dominio, de control por parte del sujeto, sino también la posibilidad de que el espacio nos domine a nosotros. Son momentos de la vida en los cuales empezamos a aprender del espacio que nos rodea […]. Ya no somos capaces de otorgar un valor o un significado a la posibilidad de perdernos. Cambiar de lugares, confrontarnos con mundos diversos, vernos obligados a recrear con una continuidad los puntos de referencia, todo ello resulta regenerador a un nivel psíquico, aunque en la actualidad nadie aconsejaría una experiencia de este tipo. En las culturas primitivas, por el contrario, si alguien no se pierde no se vuelve mayor. Y este recorrido tiene lugar en el desierto, en el campo. Los lugares se convierten en una especie de máquina a través de la cual se adquieren nuevos estados de conciencia.[4]

Cabría mencionar acá la experiencia de los paseos surrealistas[5], quiénes proponían deambular[6] para llegar a un estado hipnótico, una pérdida de control que les desorientara, con tal de contactarse y hacer aparecer el estado inconsciente del territorio. Breton en un relato de los paseos surrealistas señala: “La ausencia de cualquier tipo de objetivo nos aparta muy pronto de la realidad, y levanta bajo nuestros pasos fantasmas cada vez más inquietantes”,[7] respecto a esto Careri escribe: “Los surrealistas están convencidos de que el espacio urbano puede atravesarse al igual que nuestra mente, que en la ciudad puede revelarse una realidad no visible.”[8]

Aun cuando las referencias mencionadas hacen alusión a un tipo de andar que se realiza más bien en espacios rurales y en contacto con la Naturaleza y si bien hacen hincapié en la idea de abandonarse a un caminar digamos azaroso, de todos modos considero que este tipo de experiencias encuentran eco en un caminar cotidiano y enmarcado en espacios citadinos, pues me parece que lo determinante sigue siendo el hecho de que hoy en día optar por desplazarnos valiéndonos sólo de nuestra propia corporeidad, cuando es una elección personal, se torna subversiva y que como he mencionado, dentro de una caminata debemos además estar alerta y escucharnos para tomar decisiones sobre nuestro andar, pues no habrá ningún mecanismo externo tomándolas por nosotros, no obstante el hecho de que mientras nos movamos en un espacio urbano siempre estaremos guiándonos por un territorio previamente cartografiado.

Caminar con los oídos abiertos y despertar nuestra conciencia, convertirnos en habitantes del espacio y activarlo en cada paso que damos. Interactuar por medio de la escucha, pues el acto de escuchar no es pasivo, sino que es nuestra escucha la que significa y re significa los lugares por los que transitamos…

Lo que planteo aquí no está configurado en ningún caso, como un “método” para escuchar-se(r), sino que más bien responde a un deseo utópico de lograr construir instancias de encuentro con una misma en medio de la ciudad, a partir de una experiencia tan personal como el acto de caminar y de cómo el hecho de reorganizar nuestra percepción del entorno por medio del oído, es decir, de la escucha del paisaje sonoro, puede resultar revelador al momento de decidir poner atención a nuestros pensamientos más íntimos.

En la época escolar asistí a un sólo colegio y el camino de regreso a casa fue siempre más o menos el mismo, lo que llegaría a conformarse en una rutina durante muchos años de mi vida. Este recorrido, que alrededor de los 12 años comencé a realizar sola (pues antes lo hacía en compañía de mis hermanos mayores) habitualmente lo efectuaba en micro y ya que mi hogar quedaba bastante cerca del colegio, este trayecto no tomaba más de 15 minutos (lo que en una ciudad como Santiago de Chile es un tiempo muy corto) Sin embargo, comencé a notar que cuando llegaba a casa no me encontraba bien conmigo misma y sentía que no lograba desconectarme de toda la jornada escolar que me precedía, la cual –al igual que para casi cualquier adolescente- se me hacía agotadora y generalmente me causaba una sensación de hastío, por lo tanto la “energía” con la que llegaba no era la más óptima, fue por ello que un día decidí regresar caminando, pues presumía que estar en tan sólo 15 minutos en casa era la causa de no conseguir desconectarme. Debo decir que esa fue la mejor decisión que pude tomar y que salvo por excepciones, seguí volviendo a pie durante 6 años, hasta que egresé de la escuela y que aun cuando en esa época todavía no era consciente del entorno sonoro, sí recuerdo al menos escuchar los pajaritos y tener una sensación de alerta corporal muy distinta a las que tenía cuando me iba en bus o me iban a buscar en auto.

Caminar puede transformar nuestra experiencia del mundo, es un acto simple, que nos permite mantener una relación mucho más profunda con nuestro entorno y con la ciudad que habitamos, pues en cada paso hacemos parte de ella.[9]

Es importante enfatizar que cuando hablo de “desconexión” esta se daba precisamente con el exterior y que como contraparte lo que se generaba era una conexión conmigo misma, por lo tanto prestaba al fin oídos a mi paisaje sonoro interior, lo que se configuraba como una experiencia bastante reveladora respecto a mi persona, pues tras comparecer en un espacio-tiempo absolutamente acotado y rutinario –cada día con un horario y un salón específico donde cursar cada clase- se iniciaba un trayecto que pese a ser casi siempre el mismo estaba lleno de acontecimientos impredecibles e inesperados.

Ahora bien, a partir de este recuerdo, no puedo dejar de señalar lo que he omitido  ­de manera intencional o no- en mis relatos. Y es que dentro de estos “acontecimientos inesperados”, efectivamente se revela una realidad no visible de la ciudad como dirían los surrealistas y que en el caso de una cuerpa feminizada, como es mi caso, cuenta con una serie de experiencias ingratas y más bien peligrosas, que también se revelan en el sonido y en la escucha. Todo ello se traduce también en una suerte de paisaje sonoro que ha sido naturalizado por nosotras y que ha repercutido históricamente en un paisaje sonoro interior y en el tipo de atención que damos a nuestra voz.

Cuando era más joven, recuerdo que no comprendía el hecho de que una amiga cercana se enfadara tanto cuando un hombre en la calle le silbaba o hacía algún comentario “positivo” sobre su cuerpo, pues en mi caso si salía a la calle y no recibía la confirmación de mi belleza con un silbido o un grito pasajero de algún hombre que me considerara atractiva, ese día me consideraba a mi misma como una mujer poco agraciada, lo cual fue por cierto mi autopercepción durante muchos años de mi vida. Por lo tanto esas voces masculinas significaban para mi la afirmación de algo que no había sido capaz de darme por mi misma. Con el tiempo y gracias a los feminismos, comprendí por qué…

No obstante, viví situaciones complejas y peligrosas, donde en ese mismo andar de vuelta del colegio a mi casa, tuve que lidiar con hombres que me hablaban mientras me seguían por la calle. La mayoría de esas veces y hasta el día de hoy, creo que ha sido mi propia voz la que me rescatado, pues por alguna razón, pese al miedo que estas situaciones me han generado, siempre tengo la capacidad de responder y de enunciar algo de vuelta.

Ya hacia el final de este andar y revisando todo lo expuesto en mi ensayo, me han surgido un montón de interrogantes, que en su momento fueron omitidas inconscientemente por mi persona. Y es que en parte estuve concibiendo mi propia voz interior desde un lugar masculino hegemónico, lo cual se evidencia al observar que prácticamente en todo el texto he utilizado el genérico masculino para universalizar experiencias, sin darme cuenta que en ello no hacía sino acallar mi propia voz, como mujer y como cuerpa feminizada. Esto, que puede parecer tan sólo un error semántico, en realidad es mucho más que eso, ya que incluso en las formas de relatar mis propias experiencias, las he teñido de una inocente belleza, que ha invisibilizado el constante riesgo al que nos vemos expuestas las mujeres al transitar por la ciudad y que he sentido en carne propia desde pequeña. Lo curioso es que ha sido precisamente la escucha y particularmente mi voz la que en muchos momentos me ha librado de que muchos de esos riesgos se constituyan en experiencias traumáticas.

Con todo lo señalado hasta ahora, considero importante tener en cuenta que esta escucha de sí misma está condicionada culturalmente y por lo tanto me cuestiono si bajo un espacio público heteronormado y con el adiestramiento histórico de nuestro oído para marginar algunas sonoridades y atender otras, ¿pueden efectivamente todos, todas y todes acceder a su voz interior? y si acaso ¿el espacio citadino se activa del mismo modo para todas los cuerpas?

Para reflexionar en torno a esto en el siguiente capítulo, será importante recurrir a los relatos que mujeres y disidencias han plasmado en su escritura, como reflejo de su relación con el entorno, ya que desde los feminismos, entiendo a la escritura como una voz propia o bien como voces interiores que se expresan de diversas formas gracias a la escritura.

Notas

  1. ^ Disponible en http://www.ccapitalia.net/reso/articulos/johncage/futuromusica.htm (Última revisión 25/08/2020)
  2. ^ Citado en otro capítulo: Podemos llamar, por tanto, “ergoaudición” a la audición particular del que, al mismo tiempo, es en una u otra forma, emisor del sonido que se oye.
  3. ^ Idea que de hecho es parte tanto de las mencionadas (en otro capítulo) derivas situacionistas, como de las deambulaciones surrealistas que señalaré a continuación.
  4. ^ La Cecla, Franco, Perdersi, l´uomo senza ambiente, Laterza, Bari, 1988 Citado por Careri Francesco en Walkscapes, el andar como práctica estética, Gustavo Gili, Barcelona, 2013, p.36.
  5. ^ No obstante, estas deambulaciones surrealistas se llevaron a cabo preferentemente en el campo y no en la ciudad, no así las derivas situacionistas.
  6. ^ A diferencia de las derivas situacionistas, este término contiene de suyo el abandono al inconsciente y a un estado de desorientación.
  7. ^ Citado por Careri Francesco en Walkscapes, el andar como práctica estética, Gustavo Gili, Barcelona, 2013, p.67.
  8. ^ Ibíd., p.71.
  9. ^ Originalmente este texto va en un capítulo anterior del ensayo y aquí se le recuerda.

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