El texto que se presenta corresponde al último capítulo del ensayo “Divagaciones respecto al entorno sonoro y al paisaje sonoro interior o cómo caminar por la ciudad y lograr escuchar-se(r)”, premiado con una beca de creación el año 2019-2020.

Ana María Estrada Zúñiga
1 octubre 2020
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Y ¿qué entendemos por “derecho a la ciudad”? ¿Qué entendemos por “derecho a ocupar”?
Caminar es practicar y formar parte de ese relato llamado ciudad.
¿Cuál es el relato de la “ciudad”?
Es el relato colectivo y, a la vez, es el relato hegemónico:
la ciudad es la imposición de todo un modo de vida
y, por lo tanto, de un rol social

La revolución de las flâneuses – Anna María Iglesia

Tal como una caminata, este texto refleja un trayecto recorrido durante varios años. Mucho tiempo ha pasado, desde que se iniciaron las primeras versiones de el. En este transcurso de tiempo, el espacio también ha ido cambiando, cual paisaje que nos acompaña como una escenografía que nos permite poner en contexto las nuevas inquietudes e interrogantes que comienzan a habitarnos. De este modo es que llegado el momento de escribir este último capítulo, he debido re leer este texto y re leerme a mi, como sujeta que se sitúa en la ciudad con una escucha que siempre ha estado activa, desde niña.  No obstante, dicha escucha, sobretodo en relación a mi paisaje sonoro interno, a mi voz interior, se ha vuelto más consciente en cada paso y hoy puedo advertir de qué manera mi enfoque de base ha omitido una serie de experiencias personales y colectivas que ponen en entredicho la posibilidad de apreciar libre y entregadamente el paisaje sonoro de la ciudad cuando se te codifica como cuerpa feminizada.

Y es que con todo lo dicho hasta ahora, he buscado referir al hecho de que escuchar la ciudad es una forma de habitarla, más aún, escucharla en movimiento mientras caminamos. Sin embargo, no se puede hablar de formas de habitar el espacio público, las ciudades, las calles, sin hacer ver una diferencia que está dada desde los inicios de la civilización (cuando menos de la occidental, que es en la que he habitado). Me refiero a las diferencias de género, las cuales históricamente han sido concebidas desde un punto de vista hetero-binario, es decir distinguiendo solamente entre hombre y mujer. Sin embargo, intentaré hacer ver la diferencia que existe no tan sólo entre hombres y mujeres, ya que constantemente busco desmarcarme del binarismo y del pensamiento heterosexual,[1] por lo que en este capítulo, así como a las mujeres, me referiré también a personas trans, travestis, lesbianas y en general a todas aquellas identidades no binarias, a las que, como a las mujeres, por el hecho de ser cuerpas feminizadas, no se les permite habitar la ciudad del mismo modo que a un hombre.

Existen importantes diferencias entre cada realidad y ya que estoy buscando la conciencia de la voz interior, es preciso decir que no pretendo arrogarme la voz de les compañeres. No obstante, creo que como mujer cis, si puedo y debo manifestar en mi escritura la alianza que mantengo con las personas que de ahora en adelante nombraré como disidencias[2].

De acuerdo a esto, es que hablaré, en conjunto y a grandes rasgos, de cómo mujeres y disidencias experimentamos de un modo distinto la relación con el espacio público, intentando no caer en generalidades que invisibilicen las diferentes maneras en que las cuerpas feminizadas encarnamos este problema.

En este sentido también es importante poner un enfoque de género en relación a la escucha de la voz interior. No sólo porque considere que también esta experiencia presenta diferencias, según si eres hombre o si eres mujer o disidencia, sino que porque al punto al que he llegado, en donde planteo que la escucha del entorno propicia un escucha personal, creo que para nosotras es posible concebir esto desde una práctica de escucha feminista.

Por otra parte, considero que la escritura feminista, que posee en gran parte un carácter autobiográfico, se constituye como un espacio en donde la voz interior puede desplegarse y devenir en distintos signos y formas que promueven la propia escucha y la de otres. Y serán estas voces las que me permitirán también interrogar y complejizar mi experiencia de la ciudad y del paisaje sonoro, como mujer cis.

«La escritura feminista opera como técnica de extrañamiento, abriendo huecos, heridas, lapsus, fallas en la historia biográfica, social, cultural y política que acopian las palabras que hablamos y que nos hablan, revelando que en esa materialidad del lenguaje nuestros cuerpos han sido sistemáticamente objeto de inferiorización, borramiento, silenciamiento y aniquilamiento.«[3]

De esta manera es que en este capítulo, los textos citados, ya no serán sólo referencias para extender la discusión en torno al paisaje sonoro exterior e interior, sino que además serán estas mismas citas, las que se configurarán como voces que manifiestan su lugar respecto a la problemática del espacio público. Es decir, que los párrafos de las y les autoras aquí citadas serán comprendidas como una expresión de la escucha de esa voz interior, ya que se configuran como voz encarnada.

Al revisar la historia occidental, esta nos revela con bastante claridad el sino que ha marcado a las mujeres cuando han osado ocupar el espacio público de manera libre. Muchos son los textos[4] que dejan en evidencia el hecho de que cuando una mujer salía a caminar por la ciudad sola e incluso en compañía de un hombre, se creía que, si estaba sola, estaba ofreciendo sus servicios como prostituta, (lo cual era y es penado por la ley y además tiene una alta condena moral hasta el día de hoy incluso dentro de algunos feminismos) o bien, si estaba acompañada, era porque había mantenido relaciones sexuales con el hombre con el que fuese vista. Es decir, la única posibilidad de que una cuerpa feminizada circulara por la ciudad con libertad, estaba asociada a una connotación sexual. Y como sabemos esta connotación está culturalmente construida desde la mirada y el deseo masculino.

Si lo pensamos en la actualidad, en algunos contextos y culturas esta realidad no ha cambiado demasiado y más bien lo que ha ocurrido es que se han flexibilizado los límites dentro de los cuales se nos permite habitar la ciudad, todo ello por supuesto gracias a los movimientos feministas y a la resistencia de las cuerpas feminizadas. No obstante, el riesgo que corremos al circular por la ciudad sigue siendo muy alto y se encuentra fuertemente condicionado por el contexto; ya sea por el barrio que caminemos, el horario en que lo hagamos, etc. y por nuestra manera de aparecer en él; por ejemplo, la vestimenta que usemos o el tono de voz con que hablemos.

«[…] los hombres siempre han podido caminar por la calle sin mayores problemas. Las mujeres han sido castigadas e intimidadas por intentar hacer efectiva la más simple de las libertades, salir a caminar, porque su caminar y, de hecho, todo su ser ha sido construido como algo inevitable y continuamente sexual en aquellas sociedades entregadas al control de la sexualidad femenina.«[5]

De esta manera, la mujer se presenta como una sujeta que debe justificar su presencia en la calle y no se le permite simplemente deambular sin tener un objetivo, puesto que la ciudad es un espacio hegemónico, en el que las cuerpas feminizadas no están significadas como sujetas libres de desplazamiento.

«La organización urbana en tanto que conjunto es la explicitación del discurso y del poder hegemónico que, como estructura y bajo la invisibilidad de un sustrato inapreciable, impregna de sentido el espacio que, de esta manera, ya no queda al libre albedrío de las prácticas, sino que son las prácticas que, en una creencia de libertad, creen conformar unos signos y unos sentidos preestablecidos y, sobre todo, permitidos.«[6]

De allí entonces, es que en primer lugar, la práctica de la deriva planteada por los situacionistas podría ser interpelada desde un punto de vista de género, ya que esta rebeldía de entregarse al devenir citadino contaría con garantías exclusivas para los hombres y por tanto las pocas mujeres que pudieran recorrer la ciudad con cierta libertad debían pagar un precio alto por ello o bien, se encontraban en un lugar muy privilegiado, que podría contradecir en parte esta idea “desaburguesada” que el movimiento perseguía.

Sin ir más lejos, indagando en escritoras más o menos contemporáneas a los situacionistas, que hayan plasmado la experiencia citadina en sus textos, nos encontramos con los relatos de una Virginia Wolff, quien en su libro Paseos por Londres, deja ver este relajo que sólo una mujer burguesa de su época podría permitirse. Recorrer la ciudad escudriñándola desde un punto de vista estético que luego le permitiese escribir un relato literario, era algo que en el Londres de las décadas del 20´y 30´ sólo se podía concebir desde la voz de una mujer blanca y cis. No obstante, es interesante apreciar el acento que pone Wolff en una cierta liberación del yo, sobretodo considerando la famosa idea planteada por la autora (con la que no resueno del todo) de que para poder escribir toda mujer debe tener un cuarto propio.

«Cuando salimos de casa una deliciosa tarde entre las cuatro y las seis, nos liberamos del yo que conocen nuestros amigos y pasamos a formar parte de ese inmenso ejército republicano de vagabundos anónimos, cuya compañía resulta de lo más agradable luego de la soledad de la propia habitación.«[7]

Esta actitud intelectual que adopta la escritora, cercana a la figura masculina del flâneur, responde incluso hoy en día, a una situación de privilegio, que no cualquier mujer y mucho menos une compañere disidente podría permitirse de esta manera tan aliviada en relación al entorno que la rodea. Todo ello considerando además una mirada feminista interseccional, en donde la cuestión de clase y socio-económica presenta importantes diferencias a la hora de pensar incluso en otras mujeres cis que ocupan el espacio público.

Sin embargo, lo que me parece interesante a la hora de citar los relatos de distintas autoras que refieren a su habitar en la ciudad, es poner atención en la voz interior que ellas manifiestan, pues como podemos apreciar en Wolff, esta alegre modo que utiliza para describir su entorno, dista mucho del tono y trasfondo que podremos encontrar en la voz de personas trans, lesbianas o travestis, que exponen un vínculo mucho más conflictivo y conflictuado con la ciudad.

«¡Qué hermosa es una calle en invierno! Resulta a la vez reveladora y enigmática. Apenas es posible seguir la pista de avenidas rectas y simétricas de puertas y ventanas; en ella, bajo las farolas, flotan islas de luz pálida por las que pasan deprisa hombres y mujeres llenos de energía, quienes, a pesar de su pobreza y aspecto andrajoso, tienen un cierto aspecto irreal, un aire de triunfo, como si se les hubiera escapado la vida, de modo que esta despojada de su presa, avanza dando tumbos sin ellos. No obstante, al fin y al cabo, tan solo nos deslizamos con soltura por la superficie. Este ojo no es un minero, ni un submarinista, ni un buscador de un tesoro enterrado. Nos transporta sin dificultad por una corriente; descansando, deteniéndose, el cerebro se duerme quizás mientras él mira.«[8]

El hecho de que la autora pueda centrarse sólo en la belleza de la ciudad, sin sentir temor e incluso describir el transitar de otras personas, menos favorecidas que ella, desde un punto de vista optimista, deja aún más en evidencia su lugar de privilegios. En la escritura de Wolff podemos acercarnos a su voz, en tanto se posiciona respecto a su entorno para narrarnos cómo ella percibe e interactúa con el no sólo desde su condición genérica, sino también desde su condición de  clase y por lo tanto esta atención al entorno y la transformación de su experiencia en un relato escrito, expresan la manera en que ella se identifica con ese entorno.

Ahora bien, si trasladamos a la actualidad estas experiencias y esta crítica respecto a de qué modo y quiénes pueden permitirse una relación relativamente libre con la ciudad, podemos apreciar que estas condiciones han variado y pareciera que al menos la mujer de hoy cuenta con más libertades al momento de habitar el espacio público. No obstante, seguimos experimentando el territorio geográfico, físico y simbólico desde una hegemonía patriarcal, en donde nuestra deriva requiere de una mayor atención al resguardo de nuestras cuerpas, en donde la escucha y la atención sonora a nuestro entorno se vuelve vital.

En enero de 2019 tenía 2 años y medio que no volvía a Santiago de Chile. En ese entonces fui a participar en diversas instancias para desarrollar y promover parte de mi trabajo con la voz. Hubo un día en que tras beber algunas cervezas en el Paseo Bulnes, decidí transitar caminando hasta la casa de mi hermano, que quedaba a unos 25 minutos del lugar. Serían aproximadamente las 11 de la noche y emprendí mi rumbo por la calle Santa Isabel. Ya en pleno trayecto empecé a observar que en la calle casi no había ninguna mujer y que las que aparecían de vez en cuando sólo lo hacían brevemente o bien estaban acompañadas de más gente. De pronto me di cuenta que no recordaba totalmente el escenario nocturno de esta calle, porque en más de 2 años o se me había borrado parte del mapa o bien ya habían desaparecido un sinfin de construcciones que ahora eran reemplazadas por enormes y horribles edificios.

Pero además recordé, que este camino no solía transitarlo andando, a pie, sino en bicicleta y aunque este relato tiene un “final feliz”, estuve todo el trayecto con una atención extrema a mi entorno, la cual se basó de manera importante en mi escucha, pues agudicé tanto mi oído como para escuchar cualquier respiración, caminata o murmullo que pudiese significar una amenaza a mi integridad. Al mismo tiempo, recuerdo que comencé a cantar o tararear canciones incluso inventadas, con tal de escuchar mi voz y de sentirme presente, viva y con la capacidad de reaccionar. Y mi cuerpa, mi cuerpa estaba tensa todo el tiempo.

Ahora bien, cabe decir, que esta hegemonía de la ciudad sobre nuestras cuerpas, no se manifiesta del mismo modo en todas las ciudades occidentales ni en todos los horarios, pues siempre ha sido la noche el momento en que se vuelve más complejo este habitar y es sobretodo en este contexto en que las mujeres y disidencias corremos mucho más riesgo y activamos de modo más fuerte nuestra percepción del entorno, ya no tanto como un goce, sino como una alarma. En este sentido, es importante subrayar la diferencia entre una mujer cis y una cuerpa feminizada disidente, al momento de circular por la ciudad, ya que, una mujer cis cumple al menos con los requerimientos de la mirada y el deseo masculino expresado en el modo en que está concebida la ciudad y por lo tanto, su presencia es aceptable, aunque sea bajo los términos patriarcales y machistas; una mujer en la noche puede estar en la calle, en tanto está para otro, mientras que una persona disidente, en muchos contextos, ni siquiera tiene derecho a estar presente, negándosele su derecho a aparecer, a existir.

Llegado este punto, resulta interesante revisar la figura femenina de flâneuse que la autora Anna María Iglesia propone como contraparte feminista al flâneur, que instalaran Badeulaire y Benjamin a principios del siglo XIX. Aún cuando la flâneuse sigue pareciéndome una concepción bastante burguesa, me interesa el énfasis que la autora pone en el aspecto de la voz.

«De ahí que no se trate tanto de reivindicar el papel de la flâneuse como paseante, sino como crítica, como ensayista, es decir como voz pública. […] es necesario hablar de la flâneuse en tanto que mujer que interviene en el espacio público, que reclama su sitio, reclama poder hablar y ser escuchada. La flâneuse es la mujer a la que no se le retira la voz como a Penélope, sino que reclama construir su propio relato y sus propias prácticas urbanas.«[9]

A partir del interés que me provoca la referencia a la voz y a la escucha, es que me surgen también algunas interrogantes respecto a esta mujer que reclama poder hablar y ser escuchada, sobretodo considerando que en su libro, la autora marca algunas diferencias entre el caso de las prostitutas, versus el de la flâneuses.

Me pregunto entonces ¿qué tipo de mujeres tienen derecho a tener voz propia y a ser escuchadas? Porque si pensamos en cuerpas feminizadas que no son codificadas como mujeres cis, es decir lesbianas, travestis, personas trans, el asunto de habitar el espacio público se vuelve aún más complejo, ya que el sólo derecho a existir se pone en entredicho por no responder a la norma heterobinaria instalada en la díada hombre-mujer.

«II

Vicuña Mackenna, Santa Rosa y San diego son calles verticales que conectan la Alameda con Avenida Matta, formando cuadrantes y por la electricidad, cableados que son como telarañas en el cielo y mapas para que vayamos a visitar a nuestras abuelas y tías, sin perdernos. Es una sensación desoladora confesar que en una ciudad tan pequeña, las avenidas sean tantas y tan grandes. Las calles y avenidas me hacen saber el escaso tamaño de mí y las mañanas, las tardes, los días y los años que me demoro en recoger cartones y botellas y llegar tarde a mi casa, con esa sensación de nunca encontrarme.«[10]

Claudia Rodríguez es una escritora chilena travesti. Los relatos de Claudia expresan el habitar doloroso, existencial de quien siente que la ciudad no le pertenece y viceversa. El escenario ya no es Londres, ni Europa, ni el siglo XIX. Este otro espacio-tiempo se llama Chile, Latinoamérica, siglo XXI. Ya no es una mujer cis blanca la que escribe, es una travesti, una cuerpa feminizada que en Chile ha sido históricamente marginada, no sólo por una cuestión de género, sino también por una cuestión de clase. ¿De qué manera opera entonces aquí la relación de identidad con el entorno que hemos supuesto a partir de la idea de paisaje sonoro?

Claudia enuncia una voz que manifiesta la sensibilidad de quien ya no sólo habita la calle, sino que la encarna. Y desde este lugar es que su texto es una crítica a este espacio y a la forma en que nos movemos a través de el. ¿Podríamos considerar a una mujer como Claudia Rodríguez una flâneuse?, ¿tienen derecho las travestis, las personas trans, las lesbianas a que no se les retire la voz en el espacio público?

Y es que si tiene sentido hoy hablar de flâneuse es porque todas estamos llamadas a serlo, porque ser flâneuse significa oponerse a los muros, a los techos de cristal y al orden establecido. En otras palabras, la flâneuse es la mujer que, cuestionando las prácticas urbanas, cuestiona el sistema, es aquella que, apropiándose de las calles y del espacio público, propone un contrarrelato, contesta el discurso o, en palabras el escritor y ensayista Marcelo Cohen, cuestiona el discurso que conforma el “todo social”[11]

Claudia Rodríguez en una manifestación en Santiago en 2019

A mi parecer, la lectura que hace Iglesia posee un sesgo binario, ya que a lo largo de su texto, sólo hace referencia a mujeres cis y pone entre paréntesis a la forma en que las prostitutas han hecho uso del espacio público, al menos en el siglo XIX.

Sin embargo, desde mi perspectiva, considero que si la flâneuse es quien logra subvertir el orden establecido y proponer un contrarrelato, las cuerpas feminizadas disidentes son quienes mejor encarnan esta idea, ya que quiénes más que ellas y elles pueden hablarnos, hoy en día, de lo que significa resistir.

Es el carácter subversivo que definió a las flâneuses; ellas, como dice Rebecca Solnit, hicieron del caminar “una herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir  ante la violencia, el miedo y la represión”, y nosotras  tenemos la oportunidad (y quizás el deber) de seguir sus pasos, de seguir reforzando la sociedad civil a través de un caminar que no es más que la expresión del pensamiento crítico que, lejos de acomodarse a la prosa estatal, expresa insubordinación al discurso hegemónico y al poder que lo representa. Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses.  Debemos ser y seguir siendo paseantes incómodas.[12]

Es evidente, que el pensamiento crítico al que se hace referencia, se propone todavía desde un lugar hegemónico, quizás otra hegemonía, pero hegemonía al fin y al cabo. Pues al momento de construir la figura de la flâneuse, sólo se ha considerado a mujeres que responden a una idea cisgénero de lo que significa ser mujer. Y en este sentido, me parece un error no abrir el oído y el pensamiento a voces que en su propia corporeidad encarnan esta disidencia, porque como ya señalé, elles en sí mismas representan una crítica al sistema.

«VI

Hay tantas de nosotras desparramadas por Santiago, pero solo nos encontramos cuando hacemos las compras. Como a las hormigas, la necesidad de alimentarse nos reúne. Las direcciones de todas son distintas, llevamos nuestras avenidas desparramadas en colaciones sin fruta, sin postre ¿Cómo sería Santiago sin nosotras? Seguro dirán de mí que no se contar historias. A veces creo que soy una calle, tosca y sin salida.«[13]

Es aquí donde creo que cabe la idea de escucha feminista, pues no se trata de darle voz a las mujeres que habitan la ciudad desde un lugar disidente a costa del silenciamiento de otras voces, que de suyo son disidentes. Pues, si efectivamente la escucha consciente del paisaje sonoro (exterior e interior), nos conduce a una relación más genuina con el lugar que habitamos, es necesario escuchar todas las voces que junto conmigo habitan este lugar y más aún crear contextos de escucha, en donde todas las voces puedan sonar y ser escuchadas por otras y por sí mismas.

La invitación entonces es a concebir esta idea de la escucha de la propia voz al caminar por la ciudad, ya no sólo en forma particular, sino abrirse a la colectividad y polifonía de voces que acontecen en el espacio público. Propongo abrirse a una escucha del paisaje sonoro exterior e interior desde un espacio-tiempo feminista, en donde todas las voces pueda sonar, disentir y ser escuchadas. La única forma de escuchar libre y genuinamente nuestra voz, es establecer alianzas amorosas con otras voces distintas, que nos permitan interrogar las normas que han definido cómo debe sonar y qué debe decir una voz femenina.

Notas

  1. ^ Cf. Wittig, Monique, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Barcelona, 2006.
  2. ^ Si bien el concepto es conflictivo y en Chile se suele utilizar el término diversidad sexual para referirse a aquellas personas que no responden a la heteronorma en cuánto a cómo viven su sexualidad, he preferido nombrarles como disidencias (término que también se utiliza), ya que este plantea un rol mucho más activista y es desde allí desde donde estas voces me han resonado. Dice Valeria Flores: “ La disidencia sexual actúa como un cuestionamiento práctico y constante al sistema sexual imperante, bajo su nombre se articulan una serie de prácticas políticas, estéticas y críticas recientes y de gran intensidad, con quiebres respecto a las formas tradicionales de políticas liberales LGTTTB. (p.64)
  3. ^ Flores, Valeria, Febriles alquimias del cuerpo. Una poética excrementicia., en Pléyade. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales. n°22, pp. 45-60, Chile, 2018, p.53.
  4. ^ Se sugiere revisar los textos que citaré de Solnitt e Iglesia en profundidad.
  5. ^ Solnit, Rebeca, Wanderlust. Una historia del caminar, Capitan Swing, Salamanca, 2015, pp.340-341.
  6. ^ Iglesia, Anna María, La revolución de las flâneuses, Wunderkammer, Girona, 2019, p.38.
  7. ^ Wolff, Virginia, Paseos por Londres, La Línea del Horizonte, España, 2014, p. 18.
  8. ^ Íbid., p. 19.
  9. ^ Iglesia, Anna María, La revolución de las flâneuses, Wunderkammer, Girona, 2019, p.38.
  10. ^ Rodríguez, Claudia, Manifiesto horrorista y otros escritos, Isidora Cartonera & Juanita Cartonera, Santiago de Chile, 2015, pp.18-19.
  11. [^ Iglesia, Anna María, La revolución de las flâneuses, Wunderkammer, Girona, 2019, p.151.
  12. ^ Íbid., pp. 152,153.
  13. ^ Rodríguez, Claudia, Manifiesto horrorista y otros escritos, Isidora Cartonera & Juanita Cartonera, Santiago de Chile, 2015, p.20.

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