Reflexión sobre la escucha en tiempos de la pandemia del COVID-19 y el confinamiento, desde la perspectiva de artista sonora feminista.

Ana María Estrada Zúñiga
12 junio 2020
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La escucha, como cualquier actividad humana, es un fenómeno encarnado, situado y mediado: “encarnado” porque apela al cuerpo de un sujeto sensible, “situado” porque nos remite a un sujeto social que configura su escucha desde diversas posiciones, y “mediado” porque se trata de una actividad condicionada por una diversidad de circunstancias de índole fisiológica, simbólica, tecnológica y contextual.
Ana M. Lidia Domínguez.

Con la ética del cuidado, se incorpora en la reflexión ética el otro como ser determinado, particular e histórico, y la relación de proximidad y afectiva como fundamento del comportamiento moral. La tradición filosófica occidental se ha centrado en la dimensión racional y ha olvidado también en exceso la dimensión sentimental, que es una dimensión fundamental para los seres humanos. No sólo somos razón, sino también sentimiento.
Alba Carosio.

La pandemia del COVID-19 me pilló en Santiago, lejos de Barcelona, el lugar que he habitado de forma constante en los últimos cinco años de mi vida. Es así, que a los pocos días de partir hacia Chile, me vi confinada en un espacio que (ya) no es mi cotidiano, para luego de dos meses regresar al sitio donde he vivido el último tiempo, pero que no acaba de constituirse en mi hogar. Cabe decir, que entre 2019 y 2020 he estado ligada de forma mucho más presente a Chile en relación a los primeros años como migrante en España. Debido a ello, es que mi reciente estadía en el país del cual vine, donde he estado trabajando colectivamente el vínculo VOZ-ESCUCHA-CUERPA, me ha permitido resignificar algunos aspectos de este acontecimiento mundial, desde mi lugar como artista sonora feminista.

A partir del contraste entre los dos territorios que habito, he estado observando auto-críticamente la diversidad de realidades de quienes escuchamos, configurando la noción de que escuchar es como hacer nada. Esta última idea, apareció desde que me sumí en una improductividad -en el sentido capitalista del término-, en donde he debido considerar el “privilegio” que podría implicar la posibilidad de esta inacción, dado que el hacer nada, no implica para mí consecuencias materiales inmediatas, en el sentido de sobrevivencia y por tanto, hasta cierto punto me lo puedo permitir.

En primera instancia entonces, pareciera que en el actual estado de cosas, la escucha se constituye en una posibilidad, pero no en una necesidad y en la práctica se podría prescindir de ella. No obstante, cuando digo “actual estado de cosas” quiero decir, en este sistema neoliberalista, capitalista y patriarcal, el cual, como sabemos es anterior a esta pandemia, por lo que en este sentido la escucha sería algo relegado históricamente a un segundo plano en la vida cotidiana de las personas que vivimos en Occidente. Sin embargo, el momento actual pareciera ser especialmente complejo para decidir entregarnos a nuestros oídos, pues si lo intentamos, se hace difícil concebir que en medio de esta realidad, una persona que tenga a su cuidado a otra que demande cien por ciento su atención, o que deba salir de casa para trabajar y/o que se encuentre siendo víctima de violencia intrafamiliar o en cualquier otra situación de extrema vulnerabilidad[1], pueda tomarse un momento para dedicarse a algo que en un contexto de emergencia puede parecer tan banal o innecesario como el acto de escuchar.

La escucha efectiva-afectiva

Siguiendo la idea de que no sólo se percibe el sonido con los oídos, me pregunto si escuchar en el sentido más profundo del concepto es algo que se pueda practicar efectivamente en una situación de cuarentena que abarca diversos territorios y que se sostiene de formas distintas a lo largo del tiempo. Ante ello, lo que planteo es una escucha que podría ser efectiva, en la medida que se constituya afectiva, en la cual abra mis oídos a otras voces distintas a la mía e incluso diferentes a las que conforman mi paisaje sonoro más inmediato, permitiendo que se genere un vínculo entre estas voces distintas-disonantes-disidentes y la mía.

No es lo mismo la indolencia que el desapego. El desapego requiere de la compasión (quizá una heterónima no judeocristiana de la escucha). El desapego propone desentenderse de lo personal para así componer con “lo externo”. No es una retirada a mi jardín interior; el desapego no es el desapego de mi dolor para que no me duela, es el movimiento de despegar de lo que incita al interior para, en el mismo acto, componer, escuchar (…)[2]

Bajo este contexto, mi pregunta se dirige hacia el sentido de cuestionar nuestra escucha en medio del confinamiento y en las etapas posteriores a ellas, para desde allí sentipensar la escucha como una acción que abre caminos para poder utopizar la distopía en la que estamos viviendo. Todas estas ideas se hacen posibles, en la medida que las revisamos a la luz de los feminismos y especialmente bajo la ética que se propone en relación a los cuidados.

Hasta ahora, en Occidente el Estado sólo procura (en el mejor de los casos) velar por el bienestar económico y material de la población, pero incluso en aquellos países que son mal llamados “desarrollados”, donde pareciera que a nadie le falta nada, la atención a los afectos y a las relaciones humanas en la mayoría de los casos quedan relegadas, invisibilizando con ello la importancia y el valor de las labores que tienen que ver con los cuidados, que generalmente son llevados a cabo por mujeres y personas migrantes. Existe además una idea de justicia y de igualdad, que se basa en la universalización de una suerte de reglas de convivencia, que fueron elaboradas por un razonamiento patriarcal, que es de suyo excluyente.

La razón normativa, al definirse como imparcial, expulsa al deseo y a la afectividad, y establece un tipo de sujeto que se centra en lo universal y mediato. Sin embargo, esta noción de justicia se manifiesta con una noción estrecha de igualdad, como si fuera posible lograr la igualdad sin tener en cuenta las diferencias. La práctica de la justicia entendida como normas contractuales universales aplicadas a seres humanos indiferenciados no es suficiente para generar una convivencia amable, donde también se atienda de manera diferenciada a los más débiles y a las posiciones diversas. De otra manera se reproducen y potencian desigualdades y diferenciaciones que conducen a posiciones de poder de unos grupos sobre otros.[3]

Ahora bien, considerando que existen múltiples tipos de escucha y que ella siempre está en relación a una alteridad, en este caso a otra voz distinta a la mía, es interesante considerar que esta relación que me vincula a otrx, puede establecerse desde un lugar de poder hegemónico y patriarcal o bien puede construirse conjuntamente desde una ética de los cuidados feminista, en donde nos reconocemos mutuamente como seres interdependientes y vulnerables, considerando los diferentes grados de vulnerabilidad según una serie de factores sociales y culturales.[4]

La observación del mundo social a través de los fenómenos sonoros pone al descubierto múltiples procesos de orden cognitivo e interaccional. Las sensaciones auditivas están implicadas, desde antes de nuestro nacimiento y a lo largo de la vida, en los mecanismos mediante los cuales adquirimos conciencia de nosotros mismos y nos vinculamos con los demás.[5]

Teniendo esto en cuenta, creo que es necesario detenerse en la pregunta sobre qué o a quién hemos estado escuchando y si somos conscientes de este vínculo que crea la escucha. Esta cuestión me parece crucial en muchos niveles y particularmente a nivel institucional, ya que por ejemplo, tanto en España como en Chile los gobiernos de turno han sido increpados por no escuchar las demandas de la gente o bien de sólo escuchar a unos pocos o a sí mismos.

Para el caso de España, durante el momento más álgido del confinamiento resultó altamente cuestionable la manera en que (no) se consideró las necesidades de la población infantil, con lo que dejaron ver el carácter adultocentrista que prima en las decisiones que afectan a la ciudadanía. A raíz de esto, las voces de les niñes no sólo no fueron escuchadas, sino que fueron condenadas a enclaustrarse dentro de 4 paredes y en donde el mayor impacto emocional y psicológico recayó en las madres, que en muchos casos debían teletrabajar, al tiempo que intentaban atender a sus hijes. Cabe decir que esta situación ha puesto sobre la mesa el tema de los cuidados y ha evidenciado en cierta medida, la importancia de las personas que se dedican a los cuidados; mayoritariamente mujeres que no son españolas. Sumado a esto, está la cuestión de la población migrante (con y sin papeles), que hasta el día de hoy podemos ver cómo es víctima del racismo institucional y de un sistema que mantiene a muches en condiciones precarias e inhumanas, relegádolos(nos) a ser ciudadanes de segunda categoría. Tristemente, dentro de este espectro se sitúan también niñes, que tal como en Chile, deben padecer su propio SENAME.[6]

Si pensamos en Chile, este pareciera ser un ejemplo particularmente brutal, ya que el contexto de revolución pre-pandemia y la prolongación en el tiempo de la propagación y los efectos del virus, ha golpeado fuertemente a quienes habitamos este territorio, pues hacer oídos sordos ha pasado de ser un mero dicho, a constituirse en la tónica del actuar de quienes se encuentran a la cabeza del país. Y es que ya es parte del discurso oficial decir que no tenían como prever el desarrollo de la pandemia o que no sabían lo precarias que podían ser las vidas de algunas personas en su propio país, mientras que desde les especialistas hasta la gente en las calles, venimos dando cuenta de estas situaciones antes y durante la aparición del covid-19.

Bajo un Estado capitalista y patriarcal puede parecer fácil rotular al gobierno como una entidad que no escucha a las personas para las que gobierna, pues se construye sobre la base de dinámicas verticales, en donde las personas somos vistas como un capital y por tanto se nos valora según nuestra productividad. Por ello -podríamos aventurar-, la escucha no tiene cabida, porque ella implica y conlleva vincularme con otres desde un lugar que ni siquiera cabría nombrar como horizontal, pues a diferencia de la conciencia visual, la conciencia aural no se concibe linealmente, sino que en la escucha siempre estamos centradxs, ya que los sonidos, las voces y los silencios acontecen a mi alrededor.

El espacio auditivo es muy diferente del espacio visual. Nos encontramos siempre en el borde del espacio visual, mirando hacia adentro del mismo con nuestros ojos. Pero siempre nos encontramos en el centro del espacio auditivo, oyendo hacia fuera con el oído. En consecuencia, la conciencia visual no es igual a la conciencia aural. La conciencia visual mira hacia delante. La conciencia aural está centrada. Yo me encuentro siempre en el corazón del universo sonoro. Me habla con sus muchas lenguas.[7]

De esta manera, es que el plantearnos desde lo sonoro, nos vincula de forma mucho más efectivaafectiva con les otres, pues no podemos evitar escuchar, pero si podemos permitir que el sonido y particularmente la voz me afecte, me atraviese, me envuelva, me resuene. Para que esta escucha sea fructífera, otras voces han de tocarme, otras, no sólo en tanto distinta de mi, sino otras voces que disientes del cistema[8]. En la medida que me abro a ellas, en tanto permito que me interpelen en mi propia cotidianeidad, estas vocen alcanzarán también mi propia escucha, invitándome a un replanteamiento de las voces a las que he estado atendiendo y que en muchos casos concibo como propia, pero que en realidad corresponden a una escucha prejuiciada y moldeada socialmente.

Poseemos una escucha institucionalizada, es decir, normada por la cultura y reproducida por las instituciones sociales. Adquirimos una cultura aural como producto de habernos socializado en un grupo que modela nuestra percepción. Este proceso forja nuestro primer marco de interpretación de la realidad a través de los sentidos, y es el mecanismo mediante el cual nos adherimos a una cultura y la incorporamos. La acción reguladora de la cultura define los valores vigentes y reproductibles de un grupo, y nos brinda un repertorio de sonoridades que nos permite reconocernos en ellas, insertando al sonido y a la escucha en los enjuegos de la identidad: cosmogonías, historias compartidas, memorias colectivas, símbolos de unidad y sentidos comunes. Así, cada cultura habita su propio mundo audible en donde se hayan dispuestas sus prácticas, órdenes, significados y tramas relacionales. La acción reguladora de la cultura también tiene el poder de imponer entre sus adeptos regímenes aurales de orden epistemológico, estético, político y económico, para lo cual se vale de diversas pedagogías y políticas que orientan y promueven ciertas formas de escucha. [9]

La aparición de otras voces

Recientemente leí una entrevista al filósofo coreano de moda, en donde se refería a lo terrible que ha sido la pérdida de la mirada y cómo aquello se acentúa con el uso de la mascarilla. Yo me pregunto ¿no será entonces una oportunidad para pasar un poco de la imagen y concentrarnos en lo sonoro?, ¿no será tiempo de desmontar la cultura ocularcentrista, para concentrarnos en la escucha?, tal vez esta sea una de las claves para concebir nuestra vida fuera de las hegemonías patriarcales y permitirnos afectar por les otres. ¿Qué hubiésemos hecho si en vez cubrirnos la boca nos hubiesen vendado los ojos? En este tiempo, más que nunca es importante que seamos conscientes de que la mascarilla no es un bozal, que no tenemos párpados en los oídos y que es nuestra tarea desprejuiciar la propia escucha.

Por otra parte, es importante recordar a John Cage, quien nos decía que siempre escuchamos mayoritariamente ruido y que cuando intentamos ignorarlo nos molesta, pero que si le ponemos atención podría parecernos fascinante. Para amplificar y sintonizar con esta idea desde los afectos y en sintonía con la ética de los cuidados feminista, quiero recoger las palabras de Pauline Oliveros:

La compasión (desarrollo espiritual) y el entendimiento surgen de la escucha imparcial de todo el continuo espacio-temporal del sonido y no sólo de lo que nos interesa en un momento determinado.[10]

Me parece entonces que en este momento es urgente y necesario replantear nuestros intereses a partir de la escucha, reconfigurando también la espacio-temporalidad de la que ella da cuenta. Esto porque si bien podemos concebir una escucha directa, en donde la fuente sonora y quién la percibe comparten un mismo espacio-tiempo, existen diversas tecnologías que implican lo sonoro, que nos permiten percibir y llegar a otrxs en diversos espacios y tiempos. Estoy hablando no sólo de mecanismos digitales, como una llamada telefónica o un mensaje de audio, sino también de tecnologías tan primarias y por cierto atingentes para lo que intento exponer, como la escritura.

A partir de todo lo anterior, es preciso al menos señalar, algunas de las diversas consecuencias sociales que ha traído este nuevo contexto mundial, el cual ha dejado en evidencia las fallas del neoliberalismo capitalista-patriarcal, mostrando la cara más perversa de un modelo que se basa en la desigualdad y la opresión, en donde lo que menos parece importar es la vida. No obstante, para que este cistema se haya podido desarrollar en forma tan cruda a lo largo del tiempo, es imprescindible que existiera un contexto que le permitiera sostenerse, por lo que debiéramos preguntarnos por nuestro grado de responsabilidad; ¿cómo y en qué medida hemos contribuido a que se perpetúe un modelo social, político y económico que lo último que ha hecho es poner la vida en el centro?

En muchos lugares del mundo, las personas que se sienten vulnerables y vulneradas, han estado re-ocupando el espacio público, buscando una forma de hacerse visibles y amplificar sus voces, con tal de manifestar una denuncia colectiva ante la precariedad y las injusticias que esta pandemia ha exacerbado de manera brutal. Esto, porque como debiéramos saber, dentro de las personas más afectadas por el COVID-19, se encuentran personas: migrantes, afrodescendientes, privadas de libertad y gente de escasos recursos o que simplemente no tienen papeles o viven en la calle. Lamentablemente, ejemplos de esto tenemos de sobra, tanto en Chile como en España.

En relación a esto me interesa traer la voz de Butler:

«[…] Sabemos que aparecer quiere decir presentarse ante alguien, y que nuestra aparición ha de ser registrada por los sentidos, no solo por los nuestros, sino por los de otra persona. Si aparecemos tenemos que ser percibidos, es decir, nuestros cuerpos han de ser vistos y nuestras verbalizaciones oídas, en definitiva, el cuerpo debe entrar en el campo visual y auditivo de otra persona[11]

Me pregunto entonces, si hemos dado cabida a la aparición de otras cuerpas y si hemos sido capaces de concebir esta aparición ya no sólo desde la evidencia de una imagen, sino desde las voces que se manifiestan. Cuando pienso en esto, no me refiero sólo a la voz en vivo que aparece en las calles, sino también a esa voz que queda manifiesta por escrito y que disiente de los cánones que el actual modelo perpetúa. Y es que no basta con que dichas voces se alcen, sino que se requiere de alguien que las escuche, aún cuando esa escucha pueda acontecer en una espacio temporalidad diferente, puesto que el sonido es ubicuo y relacional.

Utopizar la distopía: Del acto de escucha a la acción de escuchar

Aunque sería importante que la escucha de otras voces nos lleve a la acción e idealmente dirigirnos hacia algún grado de activismo, me parece necesario primero que todo, la existencia de un movimiento interno, para permitir que sea mi propia voz-escucha la que se vea interpelada de forma reflexiva, pudiendo así sentipensar cuál ha sido mi rol histórico respecto a estas voces disonantes. Creo que de esta manera puedo revisar mi lugar de privilegios y comprender cómo puedo generar una alianza con otrxs, sin imponer mi propia voz. Esto es importante, ya que aun cuando existan diversas luchas que puedan sensibilizarnos, no se trata de apropiarse de ellas si estas no corresponden a nuestra experiencia encarnada del mundo, pues aquello sólo contribuiría a silenciar las voces que decimos querer amplificar.

En lugar de amplificar las voces de Mujeres Racializadas, o usar su plataforma para resaltar la intersección entre raza y género, varias feministas blancas de izquierdas han secuestrado una crítica del racismo para reforzar su propia imagen como progresistas, como el tipo correcto de feminista, no feminista blanca. Pero la cooptación del análisis del racismo por parte de las Mujeres Racializadas dentro del movimiento feminista es exactamente el tipo de comportamiento que se creó para evitar la frase «feminismo blanco». Los blancos que critican el «feminismo blanco» perpetúan el privilegio blanco. Priorizar su propia imagen sobre la lucha antirracista liderada por Mujeres Racializadas es, en el mejor de los casos, narcisista, en el peor racista. Estas acciones apoyan la noción de que el racismo que enfrentan las Mujeres Negras es un tema secundario, no una preocupación principal, dentro del movimiento feminista.[12]

En base a todo lo aquí expuesto, es que considero de vital importancia sintonizar nuestra escucha desde un lugar feminista, con tal de reconocer el vínculo que establecemos con las otras personas desde los afectos y cuidados, en tanto política de re(ex)sistencia. Y si bien, a juicio de muchos, esta pandemia parece fortalecer el cistema opresor, lo cierto es que nuestras voces no podrán ser acalladas.

Depende de nosotres construir relatos que nos alienten a seguir imaginando otras realidades posibles, en donde la escucha más que un acto-imagen, se vuelva una acción. Y es que en vez de seguir escuchado a los mismos hombres de siempre o a los que están de moda, que van decretando un miserable mundo distópico para todes nosotres, yo prefiero utopizar la distopía.

Notas

  1. ^ Siguiendo una mirada interseccional, debemos considerar que estas condiciones cuentan con distinto grados de precarización, según tu identidad de género, clase social, rasgos fisionómicos y/o color de piel.
  2. ^ Larrosa, Victoria. Curandería : escucha performática, clínica y gualichera  (Buenos Aires : Hekht Libros, 2017), p. 140.
  3. ^ Carosio, Alba. La ética feminista: Más allá de la justicia. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer [online], vol.12, n.28 (2017) pp. 159-184. Disponible en: http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1316-37012007000100009&lng=en&nrm=iso (Última revisión 10/06/2020)
  4. ^ Cabe señalar que esto aplica no sólo para las relaciones humanas, ya que dentro de los feminismos encontramos corrientes como el ecofeminismo y el veganismo antiespecista, en donde la relación ética con el ecosistema y con los animales es un punto crucial.
  5. ^ [5] Domínguez, Ana. El oído: un sentido, múltiples escuchas. Presentación del dossier Modos de escucha. El oído pensante, vol. 7, n° 1 (2019) ISSN 2250-7116 , pp.92-110. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7050979 (Última revisión 10/06/2020)
  6. ^ Servicio Nacional de Menores.
  7. ^ Schafer, Murray, Yo nunca ví un sonido. Conferencia dictada durante el Foro Mundial de Ecología Acústica en el año 2009, en la sede de la Fonoteca Nacional de México. Publicado originalmente en Traducción del Grupo Paisaje Sonoro Uruguay, disponible en https://www.eumus.edu.uy/eme/ps/txt/schafer.html (Última revisión 10/06/2020)
  8. ^ Recurro a este término que ha sido levantado por parte de la comunidad LGBTIQ+ quienes señalan que “el problema siempre fue el cistema”, haciendo referencia a la hetero-cis-binariedad que promueve el patriarcado.
  9. ^ Domínguez, Ana. El oído: un sentido, múltiples escuchas. Presentación del dossier Modos de escucha. El oído pensante, vol. 7, n° 1 (2019) ISSN 2250-7116 , pp.92-110. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7050979 (Última revisión 10/06/2020)
  10. ^ Oliveros, Pauline, Deep Listening: una práctica para la composición sonora (Buenos Aires: Dobra Robota, 2019), p.45.
  11. ^ Butler, Judith, Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea, (Barcelona: Paidós Básica, 2017), p. 89.
  12. ^ Heuchan, Claire, Las blancas que critican el «feminismo blanco» perpetúan el privilegio blanco. Disponible en: https://afrofeminas.com/2020/02/09/las-blancas-que-critican-el-feminismo-blanco-perpetuan-el-privilegio-blanco/ (Última revisión 10/06/2020)

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