
Durante mis años de estudiante de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Valencia cursé una asignatura llamada Estética y composición. Recuerdo que la profesora, al referirse a un edificio cercano formado por la repetición de un mismo módulo, comentó que le parecía «un edificio muy feo», aunque añadía que, «al verlo repetido tantas veces, esa sensación como que se desvanecía un poco».
En aquel momento apenas di importancia a aquella observación. Con el tiempo comprendí que apuntaba hacia una idea muy sugerente: la repetición parecía legitimar el objeto. Aquello que, aislado, resultaba poco atractivo, perdía parte de esa condición al reiterarse un número suficiente de veces.
En música encontramos numerosos ejemplos de este fenómeno. Quizá uno de los más conocidos sea Stravinski. En obras como La consagración de la primavera o Petrushka aparecen materiales profundamente disonantes o aparentemente descontextualizados que, precisamente gracias a una repetición a veces casi extenuante, terminan adquiriendo una lógica interna y una identidad propias.
Sin embargo la repetición hace algo todavía más interesante que legitimar un objeto: modifica nuestra manera de percibirlo. Después de suficientes reiteraciones dejamos de escuchar el objeto aislado y comenzamos a percibir las relaciones que establece consigo mismo. Nuestra atención deja de dirigirse al material para desplazarse hacia el proceso.
Cuando repetimos un objeto debemos decidir cuántas veces hacerlo y a qué distancia situamos cada repetición respecto de la anterior. Esa distancia puede mantenerse constante, pero también variar; cuando ocurre esto último, entramos de lleno en el terreno del ritmo. En ese momento, la repetición deja de ser una simple reiteración y se convierte en una herramienta para organizar el tiempo.
El objeto pierde progresivamente su autonomía en favor de una estructura de orden superior. Ya no escuchamos únicamente el objeto; escuchamos la resultante de todas sus relaciones. Es posible, incluso, partir de un material que, considerado aisladamente, resulte poco interesante y obtener, gracias a su organización en el tiempo, un resultado compositivo de gran riqueza. El interés ya no reside necesariamente en el objeto, sino en las condiciones que permiten su aparición y transformación.
Hasta aquí hemos considerado un escenario en el que el objeto permanece inmutable en cada repetición. Pero podríamos imaginar otro más complejo, en el que cada aparición introdujera una pequeña variación. En ese caso, la repetición dejaría de consistir en la reiteración de un mismo material para convertirse en un proceso continuo de transformación. Y es precisamente ahí donde, a mi juicio, comienza uno de los territorios más fértiles de la composición.
A excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, éste artículo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International Licencia.

