Este texto, publicado por primera vez en castellano y presente en inglés y alemán en el CD editado por KAIROS, dedicado a la obra de Samir Odeh-Tamimi, ofrece una aproximación a su universo creativo y a su concepción de la composición como búsqueda, aprendizaje y descubrimiento. A través de referencias a su trayectoria y a obras como Alif, Lámed y Marduk, reflexiona sobre la relación entre lo nuevo y lo arcaico, la memoria y la transformación.

Claudia Pérez Iñesta
1 noviembre 2026
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Samir Odeh-Tamimi fotografiado por Alexandros Spyrou

Un niño tenía un gallo, así como muchas gallinas, y palomas, y otros pájaros, y hasta una cabrita, a los que cuidaba con esmero en lo alto del vasto tejado plano de la casa familiar. Sin distinguir aún sexos y funciones, sentó un día al gallo sobre unos cuantos huevos que habían aparecido abandonados esa mañana. Como un resorte, el gallo se levantó bastante ofendido, pero, sin darle tiempo a recolocarse las plumas y el orgullo, el niño lo volvió a sentar a la fuerza, sujetándole algunos segundos para ver si al cabo se mantendría solo. Después del tercer intento fallido, fue a buscar un bidón mediano, lo cortó por ambos extremos y aseguró allí dentro al gallo con ayuda de una cuerda. El padre del niño subió al tejado tres días más tarde, y encontró al gallo inmovilizado, aunque bien alimentado, cuidado y aparentemente tranquilo. “¿Pero no has visto que es el macho? ¡El macho NO incuba!”. Viendo que le liberaban, el gallo se enderezó despacio y dio algunos pasos...para volver enseguida a sentarse sobre el nido, donde le esperaba su nuevo oficio. No se levantó hasta que los pollitos salieron por sí solos, y ejerció como un buen padre el tiempo que fue necesario. El niño creció aprendiendo de los animales, o quizá identificándose con ellos como si fuera uno más. De su amistad con la cabrita se le quedó la mirada y su forma animal de amar: amar con todo. El macho que da a luz, el gallo incubador que con todo su cuerpo calienta los huevos, aprendió a dar vida al mismo tiempo que ya la estaba dando. Componer es también aprendizaje y búsqueda a la vez que creación; las obras, como los huevos, contienen vida desde el principio, pero pueden romperse antes de nacer. Necesitan la misma dosis de tacto fino, tesón y calor animal.

El “no saber que no es posible” unido a una insistencia que traspasa los límites humanos, puede derivar en el milagro de lo nuevo. Ese punto medio entre el conocimiento y el desconocimiento provoca la partida a la creación. Años más tarde, el niño -ya adulto y compositor- sentó, con la misma insistencia, a una excelente intérprete experta en chirimía, que aseguraba que algunas notas que el compositor había escrito no existían en su instrumento, cuya historia y literatura tan bien conocía. Tras cierto esfuerzo, arrancaron de la profundidad del instrumento las nuevas notas, ampliando y avivando su voz. En la creación de Samir Odeh-Tamimi, la flexibilidad del camino no predeterminado trabaja mano a mano con el tozudo tesón; la vehemencia y la confianza en el propio oído interno convive con la frescura del que explora, aprende por el camino y se enseña a sí mismo. El aprendizaje comienza con Alif, primera letra del alfabeto árabe, el uno revelándose a través de la pluralidad. Sólo se puede entender la unidad mostrando la pluralidad, y esta línea vertical, trazada con la suficiente concentración de energía, podría dividir la pizarra en dos. Así como la letra Alif puede tomar el sonido de cualquiera de las vocales cortas, e incluso restar muda, una misma melodía puede contener y conducir los timbres e inflexiones de diferentes instrumentos, como ocurre en Lámed. Detrás de Lámed- duodécima letra del alfabeto hebreo- hay una voz: el texto original que da forma a esa melodía pervive en la articulación y en la intención. Es una sutil transformación continua de una misma voz, un “ritornello desterritorializado”[1] que se puede encontrar en obras como Alif, Lámed y Marduk. Es un recipiente -tal como el alumno es recipiente de conocimiento-, un “cuerpo sin órganos”[2] donde se intercambian las funciones.

En la obra de Samir Odeh-Tamimi siempre hay una presencia detrás de las notas, detrás de las palabras. Detrás hay una exclamación, un asombro, provocado tal vez por los golpes de sonido de su bisabuela materna Um-Kámel, propinados para despertar a los que duermen, no por locura, sino por una visión metafórica más allá de la superficie de la vida. Esa heredada llamada de atención se mantiene durante toda su obra y continúa tras los finales, que a menudo siguen resonando o se disuelven en el aire. Es una llamada a la escucha, una forma de comunicación intensa que te acerca directamente a la fuente del sonido y a las fuentes de la cultura. En la convivencia de texturas-incluso en momentos de filigrana rítmica y melódica- no hay colisión, sino profundidad de planos superpuestos, tridimensionalidad. Algo que se aprecia también en su obra pictórica, en sus múltiples capas, celosías, y mezcla de materiales. Los sonidos son para él un intermediario para decir otra cosa, lo mismo que las palabras, especialmente de poetas y maestros sufíes, son metáforas para decir algo más, palabras que hay que escuchar con el oído interno, el oído del cuerpo.

Como apuntó Charles Baudelaire en El pintor de la vida moderna, el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad, donde todo es novedad embriagadora. Inspirado profundamente tanto por la obra como por la personalidad de Pablo Picasso, Alberto Giacometti, Antoni Tàpies, Gilles Deleuze, Al-Hallaj, Giacinto Scelsi, Iannis Xenakis...Samir es el intelectual anti-intelectual cuya vía de investigación es una infinita curiosidad, junto a la paciencia del artesano. Elige su propio camino, observando el de otros pero escribiendo el suyo siempre desde la libertad y desde afuera, sin el peso de la tradición occidental. Dentro de su lenguaje contemporáneo en constante metamorfosis, busca la expresión de lo “arcaico” y de lo tosco, algo que encuentra en el lenguaje y la cultura griega. Lo arcaico como la sencillez y la pureza de los que viven en contacto con la tierra, con el cuerpo y la mente en la misma dirección. “Lo contemporáneo no es lo actual, en lo contemporáneo siempre hay algo de intempestivo y arcaico (en el sentido de arché: cercano al origen)”, citando a Giorgio Agamben, pues “sólo aquel que percibe en lo más moderno y reciente los índices y las signaturas de lo arcaico puede ser su contemporáneo”. De lo nuevo puede surgir algo antiguo, o, como con el caso de la nueva nota de la chirimía, de lo antiguo puede surgir algo nuevo. “Cada obra tiene su propio cerebro, su propio mundo, su propio camino nuevo, su nuevo comienzo. Las obras hacen lo que quieren”[3]. Y así se amasa el conjunto de su obra, siempre continuación y comienzo, abierta a cualquier dirección posible, meta-mórfica, meta-fórica, meta-musical[4].

Notas

[1] Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia Gilles Deleuze y Félix Guattari, Ed. De Minuit, 1980.

[2] Ídem

[3] El compositor en la entrevista realizada por die Musikredakteurin Lydia Jeschke für die SWR2 am 6.07.2017

[4] Más información sobre este texto y el CD, aquí: https://kairos-music.com/products/recording/0015023kai

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