La ola coreana arrasa Vigo en tres conciertos que maravillaron al público. Músicas magníficas, solistas de excepción y ensembles en los que se integran instrumentos tradicionales de Oriente.

Xurxo Costas
1 noviembre 2026
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Fotógrafo Quino Vilas

Música tradicional, paisajes sonoros, obras recientes de compositores coreanos y encuentro entre culturas. Privilegio ciertamente inhabitual en España –completamente ausente más allá del gran Isang Yun (1917-95)–, la música coreana ofreció un destello fugaz de su extraordinaria riqueza en estos tres conciertos que tendrán continuidad en el 2027 fruto de una fructífera colaboración con KEAMS, la Sociedad de Música Electroacústica de Corea en Seúl. Lujazo, que nos susurra una verdad inconfesable: mucho de lo que llamamos contemporáneo, es, en buena medida, una tradición ajena a la que nos asomamos por primera vez. Un sordo y fino hilo conductor pareció conectar ocultamente muchas de las obras presentadas. Quizás podría resumirse así: la aspiración a que una conexión más profunda con la naturaleza nos sane.

En el primer concierto pudimos escuchar a la gran Hyelim Kim, maestra en el arte del daegeum. Hay instrumentos que nacieron con un rumor interior, un dolor hondo del que no pueden desprenderse. En el daegeum, la gran flauta travesera de bambú coreana, una finísima membrana vegetal genera un timbre nasal, zumbante y profundamente expresivo que resulta único. Recubre el orificio a medio camino entre la boquilla y el índice; el cheong, el alma del daegeum, convierte cada nota en un zumbido áspero y vivo, como si el paso del aire llegara acompañado de su propia sombra. Esa sombra sobrevoló el jueves en el SVT Espacio de Arte para cautivar a la audiencia.

Rainer Maria Rilke tiene 28 años y escribe  Tal vez camino entre montañas escarpadas  . Así inicia El libro de la pobreza y de la muerte– la tercera parte de El libro de las horas (1903). Y un verso ahí hallado muchos años después, sirve a Hyang-Sook Song (Seúl, 1978) como título para Toda cercanía se volvió piedra (Alle Nähe wurde Stein). Entornos urbanos, Rilke como brújula y una ciudad hiperactiva con miedo al abismo. Todo apremia. El pulso de los cuerpos convirtiéndose en muro.

Sonidos naturales sin procesar. De una frágil existencia amenazada por el cambio climático, la contaminación acústica, la actividad humana. Son ballenas vocalizando en El mar silencioso de Yemin Oh. Llamados que surgen, se desvanecen, regresan. Presencia y ausencia. Entre la primera y la segunda pieza tan sólo se desplaza el desasosiego, como quien cambia de habitación sin conseguir dormir.

Y entonces llegó ella. La gran Hyelim Kim, con I am the visitor here. Contenido control escénico y un desplazamiento exasperantemente lento: cuatro minutos eternos para que nos sumerjamos en la esplendorosa majestad sonora de la naturaleza en plenitud. Dos ríos: en Inglaterra (cerca de Bath) y Malasia (el Kinabatangan, que desciende por Sabah). Un fresco sonoro imponente subraya el paisaje nocturno tras los ventanales. Hyelim entró transustanciada en la gran Jeongak Daegeum (corte, rituales, aristocracia) como símbolo del ser humano. Demoradamente desplazándose al límite del silencio (largos sonidos de aire y alturas). Sobrecogida por los sonidos que la rodean, explora la escucha, la distancia, la memoria…, la forma en que nos encontramos con lugares, entornos y personas que son ajenas. El título es ya una confesión: quien habla no es dueño; humildemente disfruta, preserva y da continuidad; para luego desaparecer. El daegeum ni impone ni adorna: escucha atenta, avanza un paso y se detiene; deja que sea el agua quien termine su frase. Hay música que invade y música que pide permiso; ésta pide paso al mismo silencio. En la segunda parte será la pequeña Sanjo Daegeum (folclore, solos expresivos e improvisación, afinada aproximadamente en Mi♭), quien se introduzca entre los vericuetos sonoros como una nueva especie no taxonomizada.

Economía admirable. Ningún gesto superfluo, nula exhibición; un soplo conducido con paciencia artesanal. La de quien sabe que el sonido, como los invitados, llega cuando quiere, se queda lo que precisa. La fusión con el soporte fijo fue tan fluida (bravo Sebastián Yepes, no es un sitio fácil SVT) que por momentos costaba distinguir dónde acaba el río y empieza el bambú. Desapareció elegantemente, con graciosa ligereza, con un gesto dancístico, giro que se repite y repite hasta desvanecerse.

Al salir, la noche de octubre parecía ligeramente desafinada. Quizá de eso se trate, de aprender a entrar en el mundo como los sonidos en la sala: sin ocupar, sin poseer, sin levantar la voz.

El segundo concierto se abrió con La madre de Alicia en la cocina del País de las Maravillas de Minsuk Yang, compositor formado en Cincinnati y actualmente profesor en la Gachon University en Seongnam al sur de Seúl. Una relato sonoro sobre la siesta de una madre que emula con sonidos familiares de cocina. A continuación Axioma 2, de Eunjun Kim para soporte fijo y video: meditación sonora y visual de once minutos de duración construida a partir del sistema de Lindenmayer utilizado habitualmente para modelar el crecimiento en las plantas. Única queja: el formalismo abstracto y la fascinante belleza de las imágenes fluctuando en gen~ de Jitter echó en falta una pantalla de mayores dimensiones, como en un cine.

Le siguió Das Ding: Shü Luò I, para conjunto instrumental (danso/daegeum, saxofón, piano, guitarra eléctrica, percusión) electrónica y video. Estreno mundial y comisión del INAEM que muestra en todo su esplendor la madurez de Iván Ferrer-Orozco, compositor mexicano residente en Madrid, habitual en los programas de Vertixe Sonora como intérprete a cargo de los medios electrónicos (también en éste, magnífico sonido toda la velada). El título remite a cuestiones filosóficas de enjundia: Das Ding (la cosa concreta y singular: física y tangible) frente a Die Sache (la cosa como  asunto   o cuestión abstracta). Concepto central en la filosofía de Martin Heidegger, desarrollado en la conferencia de 1950 así titulada, y posteriores. Y Shü Luò (o Luò Shū, 雒书), el cuadrado mágico de orden 3 (3x3): pilar de la cosmología china tradicional, de la astrología china, del Feng Shui, de la geomancia, base filosófica del I Ching (Libro de los Cambios). Oriente y Occidente. Dos conceptos que son, a mi juicio, líneas de fuerza de esta música: por un lado el carácter modular; por el otro, la fuerte carga objetual, física: música concebida como una serie de esculturas sonoras modeladas en tiempo real.

Alterna Ferrer-Orozco con maestría paisajes sonoros, electrónica en vivo y cinco números con distintas combinaciones instrumentales. La luz en semipenumbra, el carácter ritual de la música, la preeminencia de los sonidos de la naturaleza animados por intérpretes en vivo y el trasfondo de debacle climática que nos rodea, aporta un carácter elegíaco: como en un museo de las desapariciones, asistimos a un réquiem, al último vestigio de un ecosistema que agoniza, la última escucha de algo vivo que ya no existirá jamás.

Se abre con una imagen informal de un árbol milenario (desconozco su ubicación). Al desaparecer, en un escenario en semipenumbra resuena el primer número instrumental: un evocador dúo de danso (flauta vertical tradicional coreana de bambú) venido de otro tiempo; puntuado por gongs y platos chinos. Extraordinariamente interpretado por Hyelim Kim (superlativa) y Diego Ventoso. Tras un breve interludio para soporte fijo, le sigue el segundo número instrumental: un maravilloso dúo de guitarra eléctrica y piano procesado por electrónica en vivo. Nos conduce Ferrer-Orozco a lo que parece una selva tropical… y desde el público sorprende el tercer número: ese gran juego de intensificación de las atenciones, las que se reclaman, las que se conceden, diría la filósofa belga Vinciane Despret; el canto de las aves –un nuevo ensemble de dos flautas de bambú (doble y triple), ocarina, asubío, y el propio danso. Todos a escena: empieza el cuarto número activando diferentes ostinatos. Coda final: paisaje sonoro animado en escena de una entusiasmado coro de ranas.

La segunda parte del programa se abrió con White Silhouette versión 2. El compositor Taesun Yoo (que desarrolla su trabajo en el ámbito del cine, la danza y la performance interdisciplinaria), explora cómo la ansiedad sin causa identificable se infiltra en la conciencia. A continuación, Videoclip (2025) de la compositora Hana Do y el videoartista Kiwon Jeon: sesión de improvisación kitsch que explora la fusión entre la música popular y la estética de los videojuegos.

El programa finaliza con Sete buratos de Ramón Souto, para ensemble amplificado que incluye cantante de pansori, daegeum, saxofón alto, piano preparado, guitarra clásica, percusión y electrónica. La presentación europea de la obra estrenada en el Seoul International Computer Music Festival 2026 en septiembre. Se trata de la obra más específicamente aludida en el título del programa. Pansori, forma de cuentacuentos para recitador-cantante (sorikkun) y percusionista (gosu) en el origen de las artes escénicas de Corea. Ilustra la parábola de Hundun (el último de los relatos de los  Capítulos Interiores   de Zhuang Zi); que nos advierte del artificio, del excesivo control y de la acción humana forzada. Frente a él, la espontaneidad y la autenticidad del Wu-wei (acción a través de la no-acción). Un principio taoísta fundamental íntimamente ligado al Pungryu (“viento y fluir”), núcleo del pensamiento estético y espiritual tradicional de Corea –la “no-acción” se traduce a través del pungryu en una forma de vida orientada a fundirse armónicamente con la naturaleza. La naturaleza, siempre la naturaleza.

Sete buratos emula una escala de tonos Shepard perpetua. Una ilusión auditiva generada, en esta ocasión por medios analógicos, que la electrónica colorea ocasional y sutilmente. Empieza como una instalación subyugante en la que uno a uno, los diferentes intérpretes entran lentamente en escena para abandonar a su suerte arandelas descendiendo delicadamente por varillas roscadas de diversos tamaños –escalas a distintos tonos y dinámicas, filtradas en cada caso por piano, caja, platos chinos, un bombo, etc–. Cuando este gesto simple y cautivante, se ha impuesto como un encantamiento, uno a uno, y muy demoradamente, los músicos van deslizándose hacia sus respectivos instrumentos; y a través de un bucle infinito de escalas de aire en el daegeum y el saxofón alto se activa la obra en otra dirección.

La manipulación extrema de los instrumentos de viento (catálogo de aspiraciones, soplidos, rugosidades multifónicas, chasquidos y articulaciones…), el piano con su timbre apagado, los iridiscentes destellos de la guitarra, y la sugerente percusión (con su set completo de espumaderas y parrillas metálicas, varillas y barras roscadas o corrugadas, peines, y otros objetos cada cual más inusitado) condensa una sucesión de texturas granulares vibrantes y en permanente ebullición: de repente sobresale la sonoridad sintética del daegeum, una repentina y veloz sombra refulge en el piano, más allá un sonido cristalino en la guitarra, ahora un ritmo complejo en el saxofón. Cada instrumento ocupa un rol sorprendente (por ejemplo el daegeum es aquí quizá una tubería resonante, allá un sintetizador analógico, etc.). Mientras, un calor agobiante comienza a invadirnos, siempre en ascenso: son tres angustiosos glissandos, crescendos, acelerandos de una insatisfacción nihilista y circular, en cuyo interior bulle una energía nerviosa, caótica, atómica, nuclear. Ataque de ansiedad por estrés: pareciera que el desarrollo musical adoptase la posición subjetiva de Hundun. La gran ola no estalla, la ansiedad no abandona, y vuelve a iniciarse una y otra vez, una y otra vez.

En el tramo final aparece majestuosa la cantante (inmensa la también compositora Sol-i So, con su perfecta dicción en gallego). La línea vocal compleja, plena de registros y tipos de fonación, combina gestos propios de música tradicional con líneas de enorme efusividad expresiva y largo aliento. Como una sombra doliente apenas la sigue el saxofón creando drones, batimentos, entramados que confunden la voz, el feedback y el propio sonido del instrumento –alumbrado a veces por el daegeum, u oscurecido por el tambaleo de trémolos en guitarra y piano, como una larga sábana movida por el viento. La obra finaliza con el desgarrado estallido final de rabia herida, tras el repentino silencio que acompaña la muerte de Caos.

Extraordinario concierto y programa que un público atento y entregado valoró con entusiasmo.

Mañana de domingo. Tras la vanguardia que asoma al rito, el rito a secas. El tercer concierto dejó que la tradición hablara su propio idioma. Danzas, ceremonias chamánicas y budistas de sanación. Oraciones por los seres y por la naturaleza. Música de los cuidados. Percusión, danza, máscara y teatro sin costuras: las artes coreanas, recuerda la nota al programa, son fundamentalmente interdisciplinares.

Extendieron su contagiosa alegría sorprendiendo al público ya desde fuera de escena cantando y bailando jovialmente. Binari, oración por la buena fortuna, la salud y el bienestar de todos los seres –espirituales, naturales y humanos, sin jerarquías–. Tres estaciones:  Changse Naeryeok (creación del mundo y del universo), Salpuri/ Aekpuri (fuera tristeza, preocupaciones y cargas); Chukwon Deokdam (bendiciones finales). Aprendimos lo que jodió el bel canto.

Liberación de las almas. Jindo Ssitgim Gut de la isla de Jindo. Para quienes murieron trágicamente o antes de tiempo (niños, víctimas de accidentes, etc.): desprendéos de apegos que os aten al mundo y continuad viaje.

Mientras Bo-Sung Kim se preparaba para la danza de máscaras, Sol-i So improvisó un pequeño taller de percusión con la complicidad del público presente al que se ganó con su espontaneidad y simpatía. Estudio de resiliencia, en Mundung Bukchum, Mundung, noble condenado a la lepra por los dioses en castigo por sus pecados, encuentra un pequeño tambor, el buk, que apenas puede levantar con las manos que la enfermedad ha vuelto rígidas. Dolor, frustración, pequeños avances: se va animando hasta alcanzar un éxtasis liberador.

Cerró Kyeonggi Dodang Kut, ritual de Kyeonggi-do para invocar la protección y la bendición del mundo espiritual: paz para la aldea o la ciudad, cosecha abundante en el campo, pesca fructífera para las comunidades de la costa. Plegaria cercana y nuevo guiño a una ciudad de mar como Vigo. La naturaleza, otra vez la naturaleza.

Sol-i So, extraordinaria compositora y cantante. Bo-Sung Kim percusionista sublime formada en Artes Escénicas Tradicionales en la Universidad Nacional de Artes de Corea. Mostraron tablas, dominio de la escena, amistad y camaradería: una contagiosa cordialidad llena de entusiasmo (¿será esto la sororidad?). Nada más necesitaban. Madres migrantes, fuertes, orgullosas de su herencia, residentes en Berlín, entre dos puentes, que pueda seguir siendo. Animación y conforto en las gentes que en el puente del Pilar se acercaron al MARCO –lleno absoluto–; y marcharon luego a comer con las pilas cargadas y el espíritu pleno de optimismo, energía, y vitalidad. Vienen tiempos difíciles, eso necesitamos. Cuadratura del círculo: así culminan tres días inolvidables de música, naturaleza y sanación.

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