Otra vez los valses interrumpen nuestra resaca del primer día del año, ¡la imaginación al poder!

Redacción
7 enero 2024
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El año pasado, por estas mismas fechas, hablamos en este editorial de la incapacidad de la Orquesta Filarmónica de Viena de incorporar a la mujer. Lo hacíamos al hilo del archi-machacado Concierto de Año Nuevo. Pues bien, las cosas no han cambiado. Mujeres en la orquesta, las mínimas y, por supuesto, los directoros acaparan el podio sin horizonte de que sea de otro modo. ¿Qué tipo de sociedad conservada en formol se nos vende a todo el mundo occidental como la que asiste a este acto? ¿Qué tradición es esa que sólo refleja la cara de los que dejan el coche de alta gama para que se lo aparquen y, después del concierto, alojarse en el Ritz-Carlton? Es el mismo absurdo que el que un telediario de la pública se entretenga en dar el ranquin de los más ricos del mundo y quiera que nos preocupemos porque el plagiador Amancio Ortega ha bajado un puesto.

Y luego, vienen los repertorios… Obviamente, esto no es exclusivo de la Orquesta Filarmónica de Viena, ni mucho menos.  En todas partes cuecen habas (bueno, ahora mejor “en todas partes se come sushi”). Estamos en Navidad, ¿no? Tiempo religioso, se supone. ¿No hay alguna mente lúcida que se le ocurra alguna música religiosa –debe ser que no hay- para ese día? Viena, Viena, Valses, Polkas… Sí, todo muy bien, muy burgués y hasta aristócrata (de pacotilla, claro), pero ni Vallecas es Viena, aunque empiecen por la misma letra, ni los valencianos tienen el vals como música identitaria. Se podrá decir que es mero capricho lúdico, pero entre tantos caprichos que ofrece la música, ¿de verdad que tenemos que tragarnos, año tras año, la repetición del anterior? Resulta aburrido y, sobre todo, patético.

Dicho queda. Eso sí, sin ninguna esperanza de cambio.

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