Laura Romero charla con Soledad Ruiz.

Laura Romero
5 marzo 2024
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Antes de agotar el año 2023, un año el que ha continuado creciendo la producción de podcast y contenidos sonoros digitales, se publicó una serie de podcast que en cuanto comencé a escuchar consiguió implicarme como oyente y me comprometió con el ejercicio estético y divulgativo de su creadora. Un podcast que se escucha con la lentitud que requiere atender, aprender, pararse y comprender. La sección La Escucha Lenta retoma sus publicaciones recomendando Spectrum. Ensayos sobre el sonido y la escucha. A lo largo de sus seis episodios nos adentramos, en compañía de la propia voz de la autora, en los orígenes del sonido y su relación con las divinidades y con los mitos, en los misterios de la voz, en la revolución del ruido, en lo que esconden los silencios o incluso en imaginar cómo suena el universo.

Su creadora, Soledad Ruiz, es licenciada en Filosofía y tiene estudios en teatro, canto y composición. Desde el 2012 compagina la docencia musical con la carrera teatral en la que ejerce de actriz, dramaturga y directora, llegando a fundar su propia compañía, Pandemia Teatro, en 2015. En 2019 obtiene el Premio Extraordinario al mejor expediente andaluz en la especialidad de Canto Lírico. Como actriz y cantante ha participado en numerosos festivales teatrales y corales junto a la Cía Vladimir Tzekov y la Academia Vocal de Granada, respectivamente. Actualmente reside en Madrid donde está terminando sus estudios en la Escuela Superior de Canto. Conversamos con ella sobre Spectrum.

Laura Romero: ¿Cómo llegaste a concebir este proyecto? ¿Lo imaginaste siempre como una serie de podcast?

Soledad Ruiz: Antes de que se me ocurriera Spectrum ya llevaba tiempo queriendo hacer un proyecto para podcast. En 2019 llegué a Madrid dejando atrás toda mi actividad teatral. Con la pandemia de por medio necesitaba hacer algo creativo que aunara todo lo que me gustaba: escritura, actuación, dirección, composición… pero sin la complejidad logística y económica que requiere un espectáculo teatral, y más estando en una ciudad en la que no conocía a nadie. Hice adaptaciones de algunos cuentos de Poe y estuve varios meses concibiendo una ficción sonora. Empecé para ello a estudiar el concepto de sonido desde una perspectiva filosófica. Quería hacer algo diferente. Cuando leí El odio a la música de Pascal Quignard cambié de objetivo y pensé que sería interesante mostrar el proceso de investigación que estaba llevando a cabo.

L.R.: ¿Has contado con algún tipo de apoyo económico o es un trabajo cien por cien autoproducido, autogestionado?

S.R.: Es un trabajo completamente autoproducido, y bastante solitario en su elaboración. En un principio iba a ser financiado por una funeraria. La historia es un poco loca como podrás imaginar, y en su día me hacía mucha gracia que el podcast fuera financiado por una empresa de este tipo. Hoy me cuesta mucho imaginar Spectrum como un branded, y creo que es mejor que lo de la funeraria no saliera adelante. La falta de dinero me obligó a centrar los temas, a buscar mucha coherencia interna y a no inflar el contenido con entrevistas y nombres punteros del mundo académico y artístico. Aunque sí que eché en falta financiación para que alguien me ayudara con la parte de mezcla y masterización. Me habría agilizado mucho el trabajo. Cada dispositivo de reproducción es un mundo: hay auriculares que te aplastan el sonido y te lo hacen todo muy grave, otros te hacen todo lo contrario. Otros te resaltan mucho las partes musicales en comparación a la voz y en otros la música no se escucha apenas. Fue todo un reto enfrentarme sola a tantas complejidades en la última etapa del proyecto.

L.R.: ¿Cuánto tiempo te llevó la realización de toda la serie hasta su publicación? Preproducción, producción, guion, realización…

S.R.: El proceso total ha durado dos años. La idea la concebí en agosto del 2021 y los episodios salieron entre el 29 de agosto y el 30 de septiembre de 2023. De esos dos años, el periodo de investigación fue más o menos de año, año y medio. Al año ya comencé a escribir y a perfilar los guiones. También a hacer los primeros montajes sonoros para ver si lo que tenía en mente funcionaba. El proyecto prácticamente avanzó como un todo. Trabajé simultáneamente en la escritura de los seis episodios y desde el principio supe que ninguno estaría completamente acabado hasta que no lo estuvieran los otros cinco. Desde el inicio hubo mucha dependencia argumental entre ellos. Quería que existiera coherencia estética y argumental, aunque esa coherencia no fuera inicialmente evidente para el oyente.

L.R.: A lo largo de tu podcast recuperas mitos antiguos sobre el sonido y, de hecho, abres la serie con toda una premisa: “Antes de la música, fue el sonido”. ¿Qué relación tiene el sonido en ti, y para ti, desde niña? ¿Por qué decidiste dedicarte a la música?

S.R.: Siempre quise estudiar música. Desde muy pequeña. Pero nunca se dieron las circunstancias para poder hacerlo. Fue ya de adulta cuando me planteé dedicarme a la música seriamente. Con 24 años comencé a cantar, a tocar la guitarra y a estudiar armonía por mi cuenta. Después inicié la carrera musical en el conservatorio.  Ahí hubo muchas cosas que se torcieron. Toda mi autoestima como intérprete se fue apocando. Empecé a sentir mucho malestar con mi instrumento y con la música en general. Pensar en cantar me daba una ansiedad horrible. Cuando llegué a Madrid mi situación fue empeorando y llegué a pasar por una etapa algo delicada.  Al leer El odio a la música de Quignard todo encajó en mi cabeza. Abracé con ganas las rupturas que proponía el libro: el rechazo a pensar la música como algo bueno per se, la liberación del sonido del instrumento y técnicas tradicionales, la relación atávica y ancestral que nos ata a lo sonoro por encima de otras construcciones sociales… Su lectura me sirvió de mucho. No solo me tranquilizó, sino que también me abrió los sentidos. Hay libros que se leen en el momento y lugar adecuados. Yo tuve mucha suerte de toparme con Quignard justo en ese momento.

L.R.: Hablando de Quignard... más allá de lo musical y de tu propia sensibilidad hacia la escucha, te has acompañado de referentes como filósofos, ensayistas, compositores, que han escrito y profundizado alrededor de la música y el sonido (como John Cage, Ramón Andrés o Murray Schafer) ¿Tenías presente referentes desde la radio, desde la narrativa sonora o más recientemente del universo podcast a la hora de darle forma a Spectrum?

S.R.: Suelo escuchar bastantes podcasts, pero para Spectrum no encontré ningún podcast nativo que inspirara el proyecto. Y aunque sí que existe algún trabajo en este medio que aborda la misma temática, de lo que se trata en el fondo es de buscar afinidades estéticas. Esa afinidad estética la encontré más bien en el programa de radio que conduce Niño de Elche, Extrañas heterodoxias. En general la obra de Elche ha sido inspiradora para mí a la hora de escribir Spectrum, sobre todo en los episodios Ruido, Universo y, especialmente, Silencio. Un día salí del Centro Conde Duque tras ver el estreno de su disco La exclusión. Aunque era el estreno de un disco para mí fue de lo mejor que había visto teatralmente en mucho tiempo. Ese espectáculo me hizo materializar sobre el papel una intuición que yo ya había experimentado otras veces en música: la silenciosa vibración que existe entre el último sonido que se emite sobre un escenario y el aplauso.

L.R.: Tu propia voz guía a lo largo de cada episodio los pensamientos, historias y teorías acerca de los diversos temas que componen los seis episodios. ¿Qué nos puedes contar sobre este trabajo con la voz? ¿Grababas una vez tenías escritos y cerrados los guiones o se iban construyendo conforme también componías los demás elementos sonoros, por ejemplo?

S.R.: En la mayoría de los casos, antes de hacer las locuciones definitivas y conforme avanzaba en los guiones, hacía pruebas de montaje con los elementos sonoros que tenía en mente y con mi voz, para tantear el resultado. En general, el trabajo de locución fue muy complejo para mí. No porque no supiera decir un texto, o porque me costase la dicción, ni nada por el estilo. El reto principal fue la musicalidad de la narración: el cómo abordar una locución de unos 30 minutos siendo rítmicamente coherente con el carácter de lo que estaba contando. No es lo mismo decir un texto sobre una música que sobre otra, tus palabras deben amoldarse al ritmo musical y deben hacerlo sin que se note. No es igual la velocidad de la locución cuando se quieren expresar ideas filosóficas complejas que cuando se narra una anécdota ligera. Otra cosa a tener en cuenta es: ¿qué clases de emociones quiero generar en el oyente? ¿Qué cadencia necesita la narración para llegar a esas emociones? ¿Cuánta tensión debe contener una pausa? ¿Y un silencio? ¿Cómo se llega a un silencio? Querer ser coherente a tantos niveles en una locución es una locura. Resolver este dilema fue algo que me quitó el sueño durante semanas. Literalmente.

L.R.: Como sociedad, ¿cómo dirías que escucha en general nuestro país? ¿es posible que necesitemos una educación más amplia y multidisciplinar en relación a lo sonoro, una pedagogía para entender el mundo desde el sonido?

S.R.: Sí que creo que hace falta una pedagogía para la escucha. Con la escucha nos ocurre como con casi todo: lo damos todo por hecho, no somos capaces de percibir más allá de lo que ya tenemos categorizado, ni somos capaces de atender con paciencia los mensajes sonoros que nos regala nuestro entorno.

Creo, además, que esta forma que tenemos de escuchar está muy relacionada con las nuevas tecnologías, con los dispositivos de escucha. Antiguamente la música se escuchaba en las casas, en las iglesias, auditorios… ambientes poco ruidosos en los que el sonido más tenue podía percibirse sin problema. La distancia sonora entre el sonido más suave y el más fuerte era muy amplia. Hoy en día buena parte de la música la escuchamos en la calle, en el transporte público… en ambientes con mucha presión sonora. Eso ha hecho que toda la nueva música sea pensada bajo un rango dinámico muy estrecho. Todo esto afecta también a nuestra capacidad de escucha. De alguna manera se pierde profundidad, la atención se relaja, dejamos de buscar el sonido que habita en los silencios. Para mí, el acto de escuchar es un acto político. Un bajarte de la rueda que te arrastra en este vivir lleno de repeticiones y de actos vacíos y sin sentido.

Por otro lado, a mí me gustaría pensar que todos estos cambios sociales y de consumo que necesitaremos hacer para sostener este planeta, se harán parejos a una nueva manera de escuchar, a una nueva y necesaria forma de entender el mundo desde lo sonoro. Pienso en la importancia de una ecología acústica al modo como la entendía Murray Schafer para transformar el urbanismo y mejorar el planeta. Creo que si hay algo en lo que la escucha pueda volverse fundamental en un futuro próximo es en el ámbito ecológico. Pero si te soy sincera, soy poco optimista con estas cosas.

L.R.: Walter Murch, diseñador y montador de audio, escribió en su artículo Estirando el sonido para ayudar a liberar la mente que hubo un tiempo en que el Sonido era el Rey, que cuando llegó la Visión (que a sí misma se llamaba alegremente Reina) se subió al trono como si estuviera vacante y esperando por ella…También Murch menciona que todos nosotros comenzamos como seres oyentes, ya que cuatro meses y medio después que fuésemos concebidos comenzamos a oír: “Es el primero de nuestros sentidos en encenderse, y por los siguientes cuatro meses y medio el sonido reina como un solitario Rey de los sentidos”. Desde la industria del podcast y la creación digital se habla de la era de la “audificación”, ¿Estamos en esa época dorada del audio? ¿El sonido está recuperando su trono?

S.R.: Es cierto que actualmente se está erigiendo toda una industria centrada en el audio como un nuevo y potente medio de difusión, y muchas veces se tiende a pensar que la mera existencia de esa industria es ya suficiente para creer que se ha producido un cambio en nuestra percepción sobre lo sonoro. Nada más lejos de la realidad. Puede que estemos entrando en una época dorada del audio, pero eso no significa que por ello el sonido esté recuperando ningún estatus frente a lo visual. Es decir, estaremos en la era de la audificación, pero no en la de La Escucha.

Para la industria, el audio es un medio de difusión de contenidos. El objetivo es el de llegar al mayor y más variado público posible y, durante mucho tiempo, se ha animado al uso de este medio bajo la premisa de que consumir contenidos en audio te permite hacer muchas otras cosas simultáneamente porque te libera las manos y los ojos. Para mí este lema conlleva una contradicción. Esta reside en que escuchar, si atendemos a este concepto de la manera en la que ha sido tratado en la música y la filosofía, es un acto mucho más complejo y profundo que requiere de un dejarse afectar por lo que la propuesta sonora te ofrece. Ese dejarse afectar es fundamental en cualquier experiencia estética. Yo no puedo anteponer mis distracciones, mi ritmo biológico, a la obra. Es tan simple como imaginar qué es lo que hacemos cuando vemos una película. Apagamos las luces y atendemos. Y lo hacemos porque consideramos que debe de haber un mínimo diálogo, un poner de mi parte. Uno espera sentir algo. Pensar que el objeto sonoro está ahí para mí y que es él el que debe ofrecerme todo y amoldarse a mi ritmo es el sentido mismo de la anti-escucha. Es más, ¿qué clase de complejidad estética puede desarrollarse en un medio que no está pensado para que se le preste atención?

“Escuchar, si atendemos a este concepto de la manera en la que ha sido tratado en la música y la filosofía, es un acto mucho más complejo y profundo que requiere de un dejarse afectar por lo que la propuesta sonora te ofrece. Ese dejarse afectar es fundamental en cualquier experiencia estética.”

Y de aquí parte otra cuestión fundamental: hasta ahora hemos hablado del concepto “audio” como medio de difusión de contenidos e información. Pero ¿qué ocurre con el término “sonido”? Tengo la impresión de que el término “sonido” hoy día está demasiado ligado a aspectos meramente técnicos. Se tiende a pensar que un podcast es mejor porque su sonido es más limpio, o que una ficción sonora está mejor hecha porque representa de manera más cinematográfica la realidad. Se habla mucho de cine para los oídos. Pero creo que es importante atender este concepto de “sonido” de la manera en que se hace en las vanguardias del siglo XX o en el mundo artístico musical contemporáneo. Creo que es necesario ser conscientes del pensamiento que existe detrás de este término. De que ya existe una conceptualización sólida en muchos casos acompañada de grandes avances tecnológicos y con resultados estéticos muy interesantes. Pienso que si uno quiere dedicarse al audio de manera artística tiene que mirar más al siglo XX.

L.R.: ¿Qué aprendizajes te llevas tras todo este proceso creativo?

S.R.: Te voy a dar una respuesta muy peliculera pero que en realidad tiene todo el sentido. A parte de los muchos conocimientos y placeres creativos que me ha proporcionado Spectrum, me llevo como aprendizaje la conciencia de lo importante que es hacer aquello en lo que uno cree. Esto es algo fundamental. Si uno no hace aquello en lo que cree por encima de otras cosas (por encima de lo mainstream, de lo que el público acostumbra a consumir, de lo que ya hacen otros…) no hay personalidad, no hay sorpresa y, lo más importante, no hay riesgo. El riesgo para mí es fundamental en una creación. Sin riesgo no hay tensión, sin tensión no hay movimiento, sin movimiento no hay contraste ni nada estéticamente interesante. Hay que arriesgar, aunque se pierda.

Haciendo Spectrum me encontré con un dilema fundamental: ¿qué mensaje quiero dar al oyente? ¿Qué estética es la más adecuada para lanzar ese mensaje? La respuesta fue: si voy a hacer algo que reivindique el concepto de Escucha, ¿qué menos que llevar a la práctica lo que defiendo, aunque eso pueda ser contraproducente?

Spectrum tiene como principal “problema” el que está pensado para ser escuchado de manera atenta. No es un podcast difícil de entender ni requiere conocimientos de ningún tipo. Creo firmemente en su calidad estética y en su capacidad para emocionar, lo único que ocurre es que requiere de la implicación del oyente. No lo puedes escuchar en el gimnasio, ni en el supermercado, ni limpiando la casa. Te pide una cosa en principio tan simple como es prestar atención. ¿Cuántas personas han dejado a mitad el podcast porque no podían proporcionársela? ¿Qué dice eso de nuestra vida y nuestra relación con las cosas? Llevar ese dilema a la capacidad del propio oyente para escuchar o no el podcast ha sido fundamental para la coherencia del proyecto.

“El riesgo para mí es fundamental en una creación. Sin riesgo no hay tensión, sin tensión no hay movimiento, sin movimiento no hay contraste ni nada estéticamente interesante. Hay que arriesgar, aunque se pierda.”

L.R.: En tus redes sociales nos has ido compartiendo algunos de los procesos de diseño de escenas concretas, a través de la transformación del audio. ¿Nos compartes alguno de esos diseños o experimentos sonoros del que estés más contenta a lo largo de la serie? Alguna de las experimentaciones que hayan llamado más la atención o que te hayan funcionado mejor en relación a lo que querías transmitir.

S.R.: La verdad es que cuando comencé a concebir Spectrum llevaba poco tiempo trabajando con el sonido de manera digital y, en ese momento, fue mi imaginación la que jugó un papel fundamental a la hora de plantearme retos. Se me ocurrían constantemente ideas relacionadas con colores, texturas, relieves sonoros que no sabía si realmente sería capaz de llevar a la práctica. Creo que no conseguí materializar una sola de esas ideas, pero tener un pensamiento abierto y heterogéneo me llevó a sitios igualmente interesantes y lejanos. No habría escrito el texto que abre Silencio si no es porque en un momento dado me vi perfectamente capaz de diseñar sonoramente el silencio (ahora es algo que me da risa). Ese texto fue fundamental para mí porque determinó el carácter de escritura de todo el proyecto. Otro ejemplo es la acotación que abre el episodio de El odio a la música: “Desde el oído derecho hacia el izquierdo aparece un sonido que se esparce como una mancha de tinta propulsada dentro del agua. Este es el sonido casi irreconocible del bombardeo y los disparos de una guerra de principios del siglo XX”. El resultado no se parece en nada a lo que tenía en mente, pero me llevó a experimentar con el sonido granular y con la idea de representación vs evocación en el diseño de un evento sonoro.

"Tengo la impresión de que el término “sonido” hoy día está demasiado ligado a aspectos meramente técnicos. Se tiende a pensar que un podcast es mejor porque su sonido es más limpio, o que una ficción sonora está mejor hecha porque representa de manera más cinematográfica la realidad […] Pero creo que es importante atender este concepto de “sonido” de la manera en que se hace en las vanguardias del siglo XX”.

L.R.: Junto a los audios, has publicado materiales adicionales como las referencias sonoras y bibliográficas o los propios guiones de cada episodio. Guiones que casi podríamos interpretar como partituras…

S.R.: Lo he hecho principalmente por una cuestión de honestidad. Para que estuviera claro cuánto había de mí y cuánto de otros en este trabajo. Para que se viera de dónde salían las ideas, aunque en muchos casos he llevado esas ideas a lugares que a mí me venían bien argumentativamente. Siempre hay mucho de desarraigo, de robo y de transformación en estos procesos.

También lo hice por una cuestión pedagógica. Quiero que la gente sepa dónde buscar y ampliar un tema que le haya parecido interesante. Que pueda descubrir autores, ensayos…

L.R.: ¿Qué es Spectrum en negativo?

S.R.: Sentía que a los seis episodios de Spectrum les debía un desarrollo experimental, un llevarlos más allá de la mera palabra, un estirar la oralidad hacia otros ámbitos más disruptivos. Los dos primeros meses de concepción de este proyecto, cuando tenía el libro de Quignard muy reciente, la idea en un principio era la de imitar la narratividad aforística y poética que utiliza Quignard en su libro. En un estadio muy primigenio Spectrum iba a ser mucho más experimental, menos divulgativo. Deseché esa idea, pero siempre se me quedó la necesidad de recuperarla en algún momento.

De esa necesidad surge Spectrum en negativo . Son como una especie de Caras B de cada uno de los episodios. Llevan el mismo título y la misma carátula solo que su color está invertido. El objetivo es el de llevar a la práctica muchas de las ideas que se tratan en el podcast y hacerlo con libertad, a través de un lenguaje más abstracto y poético.

L.R.: ¿Qué otros proyectos de audio estás preparando? ¿Seguirás publicando podcast o contenidos de narrativa sonora?

S.R.: Quiero seguir trabajando en este medio. Lo más inmediato que tengo en mente es terminar los Spectrum en negativo. Espero haberlos acabado para junio, aunque saldrán de manera aleatoria. Después es posible que publique un podcast de “poemaudios” (yo los llamo así), con una serie de poemas míos que, como todo lo que escribo, están sin publicar. Supongo que esto saldrá para septiembre. Lo que venga después no sé qué será. Tengo dos ideas grandes, con esto me refiero a intrincadas y laboriosas, para desarrollar, muy dispares entre sí. Que me decante por una u otra o ninguna dependerá, como todo, del dinero y de mi disponibilidad vital. Confío en el futuro.

L.R.: Gracias Soledad. Confiemos.

Spectrum: ensayos sobre el sonido y la escucha está disponible en multitud de plataformas y agregadores de audio  (ivoox, youtube, apple podcast...).
Entrevista realizada en enero de 2024.

Twitter:
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@SoledadRuizHer1

Instagram:
@lauraromerovall

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