Entendiendo la unión entre el mundo de la música y el baile a través de las figuras revolucionarias de John Cage y Merce Cunningham.

Natalie Karin Oakley Vinagre
2 enero 2024
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“En nuestras colaboraciones las coreografías de Merce Cunningham no están apoyadas por mis acompañamientos musicales. Música y danza son independientes pero coexisten”
(traducción mía de la opinión de Cage acerca de la unión entre ambas artes, recogida en su Declaración Autobiográfica, 1990)

Desde pequeña siempre he sentido curiosidad por aquella llama de fuego que desprende una cerilla. Los anaranjados tonos que la caracterizan iluminan el iris con asombro, a la vez que su acalorada naturaleza nos impide poder sentir su belleza sin que esta deje una marca sobre nuestra piel. Estando limitados a la observación, resulta fascinante la manera en la que el aire que la abraza la va moviendo, lentamente, de un lado a otro, esta adoptando una vida propia con el paso de los segundos. La avivada llama va adquiriendo la forma de un cuerpo que baila sobre el escenario, a la vez que el aire se convierte en la música que la guía.

Así es como imagino que funciona la unión entre la danza de Cunningham y la música de Cage, ambas adquiriendo una vida propia a través de sus diferencias, como aquellos elementos de fuego y aire. Para que ambas artes se formulen sin la influencia de la otra, y, a su vez, coexistan entre sí, resulta necesario buscar un punto en común que dote su unión de coherencia, pero que a su vez las permita crecer de una manera independiente. Puede que la respuesta más clara sea la de buscar una concordancia melódica como se ha llevado haciendo en la historia de la danza musical. Sin embargo, ambos creadores deciden romper con el pasado e innovar el presente utilizando un cronómetro como la herramienta de enlace entre ambos mundos. Esta organización del tiempo se da a través de una estructura rítmica desarrollada por Cage, mediante la cual la suma de las frases musicales equivale a la división de sus compases. Un ejemplo musical se da en la obra Sonata V donde la suma total de sus frases musicales es nueve, y estas a su vez están conformadas por nueve compases. Gracias a esta estructura rítmica “los bailarines bailan el baile. Las historias cuentan las historias” (traducción mía de Cage en una entrevista con Studs Terkel, 1971), permitiendo que tanto la música como la coreografía puedan ser elaboradas de una forma totalmente independiente, coexistiendo a través del paso de la aguja del cronómetro.

Este individualismo queda ejemplificado en piezas como Four Walls (1944), mediante la cual Cunningham escribió un guion que trataba sobre una familia disfuncional, y sobre él se aplicó la estructura rítmica. De esta forma Cage pudo contar sus historias a través de las teclas blancas, y el coreógrafo pudo trazar los movimientos de sus bailarines siguiendo como único punto de referencia el tiempo marcado. Resulta interesante cómo, dependiendo de la cantidad de palabras que dotan de sentido a la historia, la estructura rítmica adquiere un tempo u otro. Si hay una gran cantidad de palabras el tempo y, a su vez, el movimiento de los cuerpos, acelera, mientras que, si la cantidad es pequeña, ambos deceleran. Es así cómo, empezando desde un papel en blanco, ambos intelectuales consiguieron convertir la disposición del número en un marco temporal en el motor que da vida a su producción musical.

Existen otras piezas elaboradas por el dúo, como Variations V (1965), que adquieren una vida propia a través de la improvisación. La particularidad de la obra mencionada es la disposición de una serie de antenas sobre el escenario. De esta forma, cuando un bailarín interfería en el campo de ondas de estas, enviaba una señal a los instrumentos electrónicos, que eran manipulado por los músicos, para que emitiesen un sonido. Así, la coreografía, que estaba estructurada temporalmente, influía directamente en la música que tomaba la forma de improvisación. Para esta producción específica también se incluyeron objetos microfoneados sobre el escenario con los que se podía interactuar para añadir más capas al caos sonoro, como la destrucción y restitución de una maceta. Es fundamental entender la música en estas piezas más tardías como aquel aire que, reforzado en su individualismo, aporta la disciplina necesaria para que el cuerpo humano, aquella avivada llama, que ya de por sí es libre, no se haga daño. Con esto las palabras de Cage se vuelven reales: “Se ha de hacer algo en el baile para que los bailarines no se hagan daño y no puedan volver a bailar nunca más (…) La belleza de la música es que nos permite vivir la experiencia del caos sin que esta nos haga daño” (traducción mía de Cage en una entrevista con Terkel, 1971).

Esta individualización trasciende el mundo del arte para hacer de espejo del matrimonio de sus propios creadores: “Yo cocino y Merce lava los platos” (traducción mía de Cage en una entrevista con Wood Massi, 1989). Es así como ambos vanguardistas consiguieron contar, quizás de una forma inconsciente, su relato personal a través de su profesión. Sin embargo, dicho crecimiento individual no solo queda resumido en estas dos figuras, pues los bailarines también forman parte de la experiencia: “Lo básico detrás de mi trabajo en términos de los bailarines (…) es que pienso en todos ellos como bailarines individuales, nunca como un grupo” (Cunninghan en una entrevista con Terkel, 1971). La audiencia, que forma parte de la pieza, al estar rodeada de altavoces, cada uno reproduciendo su propio sonido, también forma parte del proceso de la individualización. Así, cada persona que observa las fugaces almas moverse sobre el escenario, escuchará una historia diferente, viviendo una experiencia única y personal pero que a su vez coexiste con todas las demás, conformando la obra en su plenitud.

La avivada llama va adquiriendo intensidad hasta hacerse con nuestro interior. Sus acalorados colores rompen con la rigidez del cuerpo para dar lugar a la libertad expresiva del movimiento. La música, a su vez, convertida en tempo, se mantiene en el aire, guiándonos por el espacio y protegiendo nuestra fragilidad del daño amenazante del exterior. Es así como nuestro relato personal adquiere su propia voz, coexistiendo a su vez con una música que resuena en el tiempo.

Bibliografía

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