Analizando la obra de Charles Ives cuya música se pregunta acerca del origen de la existencia.

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Natalie Karin Oakley Vinagre
2 enero 2023
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En la música de los recuerdos aviva la figura de Charles Ives, quién, nacido un 20 de octubre del año 1874, siempre cuestionaba el sentido de su existencia. Su inicial toque con la realidad da forma a la ciudad de Danbury, lugar donde creció y aprendió a amar a las personas de su entorno. Entre ellas resalta su padre, George Ives, quien era en aquel entonces una de las figuras más influyentes en el mundo de la música. La primera vez que sintió una melodía dejar una huella en su interior fue en una pequeña plaza donde escuchó tocar a la banda de música de su padre, los ritmos de los tambores quedando impregnados en su memoria. Este retumbar reapareció en su subconsciente el día que estuvo ante un piano, optando por golpear las teclas con los puños en vez de acariciarlas para producir un sonido más adecuado al que había presenciado. Esta manera de crear música fue animada por George Ives, quien pronunció las palabras “Está bien hacer eso, si sabes lo que estás haciendo” (traducción mía del libro de Swafford, 1996, p.43). Tras la vivencia de este recuerdo, tan personal y significante para un niño, decidió que quería dedicarse a la música, empezando con clases de batería hasta finalmente convertiste en el organista de iglesia más joven de Connecticut. De la necesidad para exteriorizar los pensamientos surgió su pasión por la composición en el verano del año 1886, actividad que equiparó con el deporte. Adentrado en su adolescencia llegó a adquirir una falta de seguridad y confianza hacia las clases que estaba recibiendo de piano, pues “desde que era un niño me arrepentía de ello— una actitud completamente equivocada, pero era fuerte… Mientras otros chicos (…) hacían tareas, o jugaban a la pelota, yo me sentía mal por quedarme y tocar el piano.” (Swafford, 1996, p.55). Este avergonzamiento causado impulsó al joven a incorporar disonancias en algunas de sus piezas, como en la que analizaré más adelante, ya que tenía la certeza de que este tipo de sonoridad era lo suficientemente masculina. Este pequeño cambio, surgido de un sentimiento humano, es lo que dotaría a las composiciones de Ives de una identidad, haciéndolo resaltar entre las grandes masas de músicos.

Con el rápido paso del tiempo dejó atrás los recuerdos de su pasado para indagar en su futuro universitario, acabando en la ciudad de Nueva York en busca de un salario que le aportase estabilidad. El año 1894 es clave en la vida del joven, pues aquella figura que había admirado desde pequeño encontró la paz en la muerte. Son este tipo de recuerdos los que resultan ser los más desagradables cuando son reproducidos en la mente, pues el dolor por la ausencia de la persona que queremos no tiene una solución. Ives avivó el alma de su padre a través de las melodías que escribía, esperando el día en el que llegaría a ser reconocido internacionalmente. En el año 1909 hubo una necesidad social de dar protagonismo a compositores que eran americanos, pues el repertorio musical estaba tomando forma con las innovaciones de los franceses como Ravel y Debussy. El joven, con su obra The Unanswered Question, traducida como La Pregunta sin Respuesta, sería la persona indicada para formar parte de esta nueva oleada de compositores.

Sus recuerdos volvieron a adoptar vivos e intensos colores cuando conoció a la poeta Harmony Twitchell en el verano de 1906: “[…] Siento bastante miedo, no nos veremos pero sabes que nos gustaría… Con los mejores deseos soy tuya, atentamente Harmony Twitchell” (traducción de la primera carta que envió la joven a Charles, Swafford, 1996, p.182). Después de un año sin verse, la vida los volvería a juntar con una frecuencia diaria. Su unión conformaba la armonía perfecta entre poesía y música, y pese a la rareza sonora que abrazaba la obra La Pregunta sin Respuesta, Ives quiso mostrar una parte de él que hasta entonces ella desconocía. No tenemos escritos sobre la primera impresión que tuvo la joven tras escuchar aquellas disonancias, pero lo que sí sabemos es que llegó a sentir la belleza e intimidad que provenía de la música. A través de las notas recordaba al hombre del que se estaba enamorando, cumpliendo su deseo de casarse con él en el año 1908.

Tanto los recuerdos de su padre como los de su mujer son clave para entender la manera en la que Ives compuso a lo largo de su vida, ambos siendo la influencia en su manera de sentir y pensar: “Si hay algo de lo que tengo certeza es que, si he compuesto algo de buena música, ha sido, primero, por mi padre, y segundo, por mi mujer… ¡Ella insistió en que fuese yo mismo! No solo me ayudó, pero también me dio la confianza que desde mi padre nadie más me había dado” (Swafford, 1996, p.187).

A continuación, he querido elaborar un análisis interno de la obra cuyas notas dibujan el sentido de la existencia, aquella que envuelta en recuerdos aviva al hombre que amó y fue amado.

La Pregunta sin Respuesta es una pieza que comenzó siendo un boceto el cual, elaborado en el año 1906, captaba una música muy diferente a todo demás que se había compuesto hasta entonces. Sin embargo, no vio la luz hasta el año 1939, cuando Ives decidió rescatarla del olvido y finalmente enseñársela al mundo. Pese a que la esencia de la obra fue escrita en aquella primera versión, sí que se realizó un cambio en la voz de la trompeta, pues originalmente finalizaba en Si bemol y finalmente fue sustituida por las notas de Do y Si natural, haciendo de este final uno más ambiguo y menos estático.

La pieza está formada por tres capas, cada una con su propia textura e instrumentación. El compositor decidió añadir un prefacio indicando el papel que ha de llevar a cabo cada una de las familias de instrumentos. Conformando una bella y lejana sonoridad encontramos la orquesta de cuerda, que representa el “Silencio de los druidas, que conocen, observan y escuchan nada”. La trompeta, conformada por un único motivo rítmico que se repite de forma exacta a lo largo de la pieza (véase imágenes), actúa como la “Pregunta perenne de la existencia”. Lo interesante de este motivo es que, en sus repeticiones, las notas que recopila se mantienen idénticas, salvo la última en la que se da una alternancia de Do y Si.

Las flautas son “La Respuesta Invisible”, aquella que no tiene un motivo para existir y por tanto se va enfadando cada vez más con la pregunta. Las flautas se tocarán apresuradamente después de la trompeta. Esto último es debido a que las flautas, con el paso del tiempo, se van volviendo más caóticas, disonantes, y ansiosas por encontrar aquella respuesta que no existe, perdiendo la coherencia de su existencia.

En el aspecto melódico, las palabras de su padre quedan materializadas en el aire: “No prestes demasiada atención a los sonidos, pues si lo haces puede que pierdas su sentido musical. No conseguirás un viaje salvaje, heroico, al cielo con pequeños bellos sonidos” (Swafford, 1996, p.88). Con ello, el compositor decide dar un paso más allá de estos sonidos motívicos e individuales, encontrando en la simplicidad de las notas una liberad que le permite mezclarlas y dibujar grandes capas de textura, resultando en una polirritmia, polifonía y politonalidad que une todas sus partes en un caos equilibrado. Resulta interesante cómo cada una de las capas logra transmitir sus propias emociones a través de las indicaciones de agógica y dinámica. Las flautas son las que tienen la mayoría de estas indicaciones, pues a medida que va avanzando la pieza se van volviendo más independientes, fuertes, sonoras, empezando en un tranquilo adagio y piano (p) para después experimentar la desesperación, y a su vez enfado, en el allegro y los fortissimos (f) y acabar en un molto fortissimo (fff) ejecutado además de una manera furiosa (con fuoco). La trompeta ha de contener su postura siguiendo la única indicación de dinámica de piano (p). Los instrumentos de cuerda suenan como un eco en el fondo, acabando la pieza en un extremo pianissimo (pppp) después de que la pregunta acerca de la existencia rompa por última vez el eterno silencio.

En cuanto a su dimensión armónica, claramente es una pieza que juega con las consonancias propias de una tonalidad, y disonancias de una atonalidad. Esta manera de dejar constancia de dos contrarios que se necesitan es una novedad que rompe con la tradición del pasado para dar lugar a un presente que suena diferente, pero es igual de bello: “[…] Si se puede aprender a apreciar y emplear una ‘consonancia’, ¿por qué no una disonancia? Si el piano puede ser afinado fuera de tono para hacerlo más práctico (esto es, intervalos imperfectos), ¿por qué el oído no puede aprender cientos de otros intervalos si quiere intentarlo? y, ¿por qué debiera no quererlo? […]” (Fessel, 2008, pp.118-119). Busca romper los límites de la escucha humana, mezclando tanto aquellas sonoridades tonales a las que está acostumbrada a escuchar y ha interiorizado, con sonoridades atonales que la sacan de su mecanicismo diario para experimentar una nueva manera de entender y sentir música.

Es importante comprender que se trata de una música que logra fundirse en nuestro interior porque comparte con el ser humano su cualidad de mutable. En palabras de Ives: “Esta corriente de cambio fluye hacia el eventual océano de perfección de la humanidad. La música es parte de esta corriente, pues contribuye a su progreso y en ella se purifica junto con la humanidad […]” (Swafford, 1996, p.303). El compositor tardó 33 años en escribir esta obra precisamente porque había compuesto una música que en lo abstracto adoptaba la cualidad de lo cambiante, y por tanto se iba amoldando a los aprendizajes que el compositor recibía por el camino, a su crecimiento personal. Con esto, como oyentes interpretaremos el significado de la obra dependiendo de la etapa vital en la que nos encontremos.

Entendiendo la obra desde un punto de vista menos analítico y más humano, comprendemos que se trata de una reflexión sobre nuestra existencia. La trompeta lanza al aire la misma pregunta repetidamente, aquella en la que se cuestiona el propósito de su existencia, que es seguida de las flautas que van sintiendo un mayor enfado y frustración. A medida que avanza la obra, el diálogo constante entre ambas familias de instrumentos de viento se va volviendo más disonante y feo, pues no se puede forzar una respuesta que no existe. La última pregunta de la trompeta genera un profundo silencio que se asemeja con el vacío sentido tras no haber encontrado una respuesta que dote de sentido a la identidad. Pese esta excelente formulación de pregunta y no respuesta, quería detenerme en los instrumentos de cuerda, aquellos que quedan reducidos a un último plano pero que verdaderamente pienso que son la clave en cuanto a la comprensión de la obra. Aquellos violines tonales y bellos, y que por tanto estamos sonoramente acostumbrados a oír, actúan como un espacio seguro del ser humano, quien se ha dejado llevar por las disonancias generadas en el cuestionamiento de su existencia (elaboradas por la trompeta). Esta sonoridad generada en el conjunto de las cuerdas siempre permanece, actuando como el apoyo del ser pensante en sus momentos de introspección. Esta música constante representa los recuerdos que dotan de vida al humano que se siente desligado de su humanidad. Conforman el silencio porque ella misma tampoco encuentra la respuesta a la existencia del ser humano, pero, sin embargo, lo tranquiliza con la idea de que ha de seguir creando recuerdos, porque tiene un lugar en el mundo y es amado por las personas de su entorno. Charles Ives retrató a través de sus permanentes violines a las dos personas que le dieron este motivo para seguir existiendo: “La imagen de un sonido retrocediendo en una distancia resonante llegó a simbolizar para Charles Ives la relación con su padre” (Swafford, 1996, p.92), y en cuanto a su mujer “[…] La comodidad de una hermosa expresión de nuestro amor en música o palabras es que permitiría a las personas ver, de una forma concreta, la belleza de ello y compartir, aunque sea por un momento, el cielo que nosotros conocemos.” (carta de Harmony a Charles, Swafford, 1996, p.190).  Finalmente, el título que dota a la obra de un sentido proviene de un verso del poema La Esfinge de Waldo Hemerson: “Thou art the unanswered question; / Couldst see they proper eye, / Alway it asketh, asketh; / And each answer is a lie.” (he optado por no traducirlo pues perdería gran parte de su significado). Emerson explica en sus Cuadernos el significado tras su poema, donde defiende que, si el ser humano se deja obsesionar por querer verlo todo, entonces el mundo se convertirá en una gran pregunta que no puede responder, llevándolo a su propia destrucción. La pregunta, por tanto, estaba hecha para que no tuviese una respuesta. Es por ello por lo que, aquel significado existencial que se esconde en las notas de esta pieza musical, reside en la creación de los recuerdos, aquellos que captan la vivacidad del momento y dan forma a quienes somos en este mismo momento.  Tras observar las blanquizas teclas del piano, empezó a golpearlas con sus puños, dejando constancia de su retumbar en el aire. Y como si hubiese acabado de descubrir el secreto de la vida en esta nueva manera de tocar, los ojos del niño buscaron a los de su padre con el fin de compartir la ilusión del momento. Es así como un recuerdo tan pequeño, pero a su vez tan significativo, dotó de sentido a toda una existencia, pese a no haber encontrado la respuesta a su pregunta.

Bibliografía

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