El texto analiza Katakomben, una obra del compositor David Moliner inspirada en la búsqueda del Santo Grial. A través de trece secciones, combina ritmos intensos, grandes masas orquestales y el órgano para crear una experiencia sonora misteriosa y espiritual. La Catedral de València se integra en la música, reforzando su carácter monumental y místico.

Joan Gómez Alemany
1 noviembre 2026
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El 22 de octubre de 2026 la Catedral de València acogió un programa que reunió tres obras de épocas y lenguajes muy distintos, unidas por la evocación del Santo Cáliz y su poderoso imaginario simbólico. La Orquestra de València, bajo la dirección de Alexander Liebreich y con Pablo Márquez al órgano, interpretó el Preludio de Tristán e Isolda, de Richard Wagner; Katakomben. Spur des Grals für großes Orchester, de David Moliner; y la Sinfonía n.º 3 «con órgano», de Camille Saint-Saëns. Un recorrido musical que conectaba el romanticismo wagneriano con la creación contemporánea y la grandiosidad sinfónica francesa.

En este texto se analizará Katakomben. Spur des Grals für großes Orchester, del compositor valenciano David Moliner (1991). Antes de iniciar el análisis, unas pequeñas pinceladas sobre su trayectoria. Moliner es compositor y percusionista solista, dos facetas que mantienen una relación estrecha en su concepción de la música. Se formó en composición con Pascal Dusapin en la Haute École de Musique de Genève y con Jörg Widmann en la Universität der Künste de Berlín y la Barenboim-Said Akademie. Su trayectoria internacional se ha desarrollado tanto en el ámbito de la interpretación como en el de la creación. Su catálogo, publicado por Universal Edition, abarca música orquestal, de cámara y para instrumento solista, y se caracteriza por una concepción de la forma en la que el gesto físico, la energía y la transformación del sonido desempeñan un papel estructural.

La experiencia de Moliner como percusionista resulta fundamental para comprender su lenguaje compositivo. El ritmo, el ataque, la resonancia y la dimensión corporal de la interpretación no constituyen elementos accesorios, sino fuerzas capaces de generar y organizar el discurso musical. Esto puede leerse bien en dos textos que publicó el compositor en esta misma revista (ver bajo links).

El propio compositor denomina «dinamismo» a una estética basada en la continuidad entre gesto y estructura, en la que la música parece surgir de una energía física que se transforma, se acumula y se libera. Esta perspectiva se manifiesta en el uso de ostinati (muy presentes en Katakomben), en la exploración de contrastes extremos de intensidad y densidad, y en una escritura tímbrica que convierte a los instrumentos en componentes activos de una arquitectura sonora en constante movimiento. Su obra, además, no se limita a la experimentación acústica: posee una marcada dimensión dramatúrgica, con títulos e imágenes que orientan la escucha sin imponer una narración literal.

Dentro de su producción para orquesta destacan Estructura II. Psyché sur le grenat (2017), Figuratio I. Mein Logos! (2018), concierto para percusión y orquesta sinfónica, Estructura III. Das Gelb der Venus! (2021), Alma Grial (2022) y Estructura IV. Dämonischer Iris (2021-2023). Estas partituras permiten reconocer algunas de las principales preocupaciones de Moliner: la construcción de grandes formas a partir de la interacción de materiales contrastantes, la exploración de las posibilidades expresivas de la percusión y la creación de universos sonoros de fuerte carga simbólica.

En este contexto, Alma Grial constituye un antecedente especialmente significativo de Katakomben, pues ambas obras se aproximan al imaginario del Santo Grial desde la creación orquestal. Por su parte, las dos partituras del ciclo Estructuras citadas anteriormente muestran el interés del compositor por articular la forma musical mediante procesos de transformación, tensión y contraste tímbrico. En Katakomben, Moliner plantea una experiencia de escucha que trasciende el concierto convencional para convertir el descubrimiento de un espacio subterráneo en un recorrido sonoro de carácter casi ritual. Si en el Preludio de Tristán e Isolda de Wagner el Grial se intuía como una ausencia, como un objeto de deseo y redención que permanece fuera del alcance, en Moliner comienza a transformarse en una presencia que recorre un largo camino a través de la materia musical. El subtítulo de la obra, Spur des Grals (la huella del Grial), ofrece una clave fundamental para comprender su planteamiento. El compositor invita al oyente a convertirse en un peregrino de sonido que desciende hacia un territorio cada vez más profundo, atravesando distintos estados de densidad y tensión, hasta alcanzar una suerte de espacio interior. Este itinerario se articula en trece secciones, cuyos títulos se leían en el programa de mano, evocan lugares, objetos y vestigios de un universo subterráneo: Entrée des catacombs, Croix de Pierre, Fontaine de la samaritaine, Crypte du sacellum, Lampe sepulcrale, Cabinet d’ostentologie, Mummified heart Pilar, Cabinet of mineralogy, Innocents cemetery, Fontis, Passion crypt, Bain de pieds des carriers y The Grail Maiden. Más que describir literalmente cada uno de estos espacios, la música (que se sucede sin interrupción y en un solo movimiento) parece sugerir diferentes atmósferas, como si cada título correspondiera a una nueva estancia de una gran catedral en el que lo arqueológico, lo religioso y lo imaginario se entrelazan hasta lo indistinguible.

Desde el comienzo, Moliner establece un universo sonoro de gran contundencia rítmica y poderosos ostinati. El inicio es como una poderosa fanfarria que abre la entrada a las catacumbas y da paso a una escritura construida a partir de grandes bloques orquestales, compactos y de extraordinaria densidad. Las masas sonoras se desplazan en distintas direcciones, se superponen y se transforman, creando una arquitectura musical que parece avanzar por estratos. El lenguaje polimodal dificulta en ocasiones la percepción de un centro tonal definido, de modo que el oído no encuentra un punto de reposo estable, sino un paisaje en continua mutación. Esta concepción arquitectónica adquiere una dimensión especial en la Catedral de València. Los grandes bloques tímbricos parecen dialogar con las columnas, los pilares y las bóvedas del edificio, estableciendo una correspondencia entre la organización del espacio físico y la estructura de la partitura. La música no se limita a llenar las naves, parece recorrerlas, expandirse por ellas y modificar nuestra percepción de sus dimensiones. La resonancia del templo contribuye a reforzar esa impresión de profundidad, convirtiendo cada acumulación sonora en una materia que permanece suspendida en el aire. En determinados momentos, la escucha evoca la imagen de enormes columnas sonoras que se levantan y avanzan lentamente, con una monumentalidad que recuerda, por su concepción de las masas y su amplitud, ciertos procedimientos de la tradición sinfónica de Anton Bruckner. No obstante, la brutalidad rítmica, casi monolítica e incluso minimalista, recuerda a veces al Stravinsky más primitivista o a algunas obras Henryk Górecki. No es casual que Moliner, además de compositor, sea un percusionista reconocido internacionalmente y en activo. Su pieza para gran orquesta parece haber sido tratada como un gran instrumento de percusión al que golpea con sus baquetas para producir los más variados y poderosos sonidos.

El órgano desempeña un papel esencial en Katakomben. Su sonido, procedente de un instrumento situado a distancia de la orquesta y del público, emerge como una fuerza misteriosa, casi sobrenatural, que parece surgir de las entrañas del propio edificio. Lejos de limitarse a un mero acompañamiento, se integra en la masa orquestal, reforzando su profundidad y ampliando el espectro tímbrico y la sensación de peso sonoro. Su presencia contribuye a difuminar los límites entre la fuente sonora y el espacio arquitectónico, como si la música naciera simultáneamente de la orquesta y de la propia catedral.

Frente a la homogeneidad de los grandes bloques, las intervenciones solistas de la trompeta y del violín concertino introducen puntos de contraste que permiten percibir nuevas perspectivas dentro del entramado orquestal. La percusión, por su parte, posee una presencia constante y determinante. No podría ser de otra manera conociendo el trabajo y la trayectoria de David Moliner. Los ostinati, los pizzicati Bartók y los golpes de los distintos instrumentos percusivos generan una pulsación que aporta energía y tensión al discurso. La sensación de descenso hacia las catacumbas se construye, no solo mediante los registros graves, sino también a través de la acumulación de energía y de la transformación gradual de las texturas.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra reside precisamente en su capacidad para alternar la contundencia de los bloques sonoros con momentos de mayor transparencia. En algunos pasajes, pequeños grupos instrumentales emergen del conjunto y establecen texturas delicadas que contrastan con la densidad del tutti. Especialmente sugerentes resultan los momentos en que el órgano quedó acompañado únicamente por la percusión. La reducción de la masa orquestal permite escuchar el sonido desde otra perspectiva, más desnuda y enigmática. Las campanas y campanillas introducen resonancias que remiten de forma inmediata al espacio eclesiástico, devolviendo por instantes a la música una familiaridad litúrgica. Sin embargo, esta asociación se ve alterada por la aparición de silbatos, cuyo timbre áspero e inesperado rompe la solemnidad y provoca una sensación de extrañamiento. Es un recurso que impide que la obra se refugie en una representación convencional de lo sagrado y la mantiene dentro de un lenguaje plenamente contemporáneo.

También los pasajes de registro agudo ofrecen un contrapunto expresivo a la oscuridad predominante. Los arpegios luminosos del órgano, suspendidos sobre notas largas y sostenidas de las cuerdas, generan una atmósfera de delicadeza casi celestial que puede recordar algunas de las sonoridades de Olivier Messiaen. No obstante, Moliner evita que estas referencias explícitas con la irrupción de los silbatos y la combinación de timbres poco habituales, que desestabilizan esa impresión y abren nuevas posibilidades expresivas. La luz, habitual en su mundo compositivo, como en su obra Klaviertrio in 4 Lichtphasen (2025), en el universo de Katakomben no representa una solución cerrada, sino un estado dentro de un recorrido lleno de contrastes y transformaciones. Lo espiritual aparece y desaparece, se intuye por momentos y vuelve a quedar oculto bajo la densidad de la materia sonora.

A pesar de la sucesión de trece secciones, la pieza se percibe como un movimiento continuo, como un gran poema sinfónica organizado mediante un arco de tensión que evita la sensación de fragmentación. Los silencios entre partes están ausentes y la gran propulsión rítmica hace que el oyente quede sumergido en un espiral. Los títulos proporcionan referencias imaginarias que orientan la escucha, pero es la transformación de las texturas la que determina el avance de la experiencia musical. La sugestión evocadora de los títulos es también un rasgo presente en otras obras orquestales de Moliner, como Estructura III («Das Gelb der Venus!») (2020) y Estructura IV (Dämonische Iris) (2023).

Todo el recorrido de la obra desemboca finalmente en un clímax de enorme fuerza, en el que el órgano y la orquesta convergen en una gran masa resonante. La potencia del conjunto alcanza entonces su máxima expresión y parece llenar por completo el espacio catedralicio. La sonoridad adquiere una dimensión monumental, como si todas las capas musicales acumuladas a lo largo de la obra confluyeran en un último gesto de revelación. El final, sostenido por la resonancia del órgano concluyó cuando el director realizó una señal, dejando una impresión de amplitud y gravedad, como si el sonido necesitara agotar su energía antes de devolver el espacio al silencio.

Con Katakomben, David Moliner convierte la búsqueda del Grial en una experiencia sensorial y a la vez mística, un tema que ya le había inspirado en otra obra previa, titulada precisamente Alma Grial (2022). Las trece secciones sugieren estaciones de un itinerario misterioso, pero no ofrecen una descripción literal de los lugares que evocan. La Catedral de València no funciona únicamente como escenario del estreno, sino que se integra activamente en la percepción de la partitura, amplificando su dimensión arquitectónica, ritual y misteriosa. En este diálogo entre creación contemporánea y tradición, Moliner propone una lectura personal del imaginario del Grial y demuestra cómo la música actual puede encontrar en un espacio histórico no una limitación, sino un territorio fértil para explorar nuevas formas de trascendencia.

Links:

Web de David Moliner: https://www.davidmoliner.com/

Editorial de sus partituras: universaledition.com/david-moliner-7925

Textos de Moliner en Sul Ponticello: https://sulponticello.com/author/dmoliner/

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