La composición antes del sonido propone reconsiderar la composición musical a partir del papel activo de los sistemas de inscripción técnica en la producción del pensamiento compositivo. Frente a la concepción de la composición como organización de sonidos previamente concebidos, el ensayo sostiene que escribir, dibujar, grabar, programar y manipular materiales no constituyen operaciones de representación, sino espacios donde el pensamiento se transforma y adquiere nuevas posibilidades. El presente ensayo en dos partes surge de la conferencia homónima realizada en las XVI jornadas de música contemporánea CCMC 2026 en Bogotá, Colombia.

Gabriel Mora-Betancur
1 noviembre 2026
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Cuando las operaciones comienzan a componer

La posibilidad de registrar el sonido transformó profundamente las condiciones materiales de la composición. Como mostró el apartado anterior, la grabación deja de ser un simple mecanismo de conservación para convertirse en un espacio operativo donde el tiempo puede ser segmentado, reorganizado y manipulado. Sin embargo, esta transformación todavía no explica cómo esas nuevas temporalidades llegan a convertirse en procedimientos compositivos. Entre la posibilidad técnica de intervenir sobre una grabación y la aparición de una nueva forma de composición existe un paso adicional que todavía necesita ser pensado.

Ese paso consiste en abandonar la idea de que componer significa, ante todo, organizar sonidos.

Durante buena parte de la tradición musical occidental, el trabajo compositivo fue comprendido como la organización de alturas, duraciones, intensidades y timbres mediante sistemas de notación o procedimientos formales. Incluso cuando la tecnología amplió considerablemente el universo sonoro disponible, esta imagen permaneció relativamente estable: los medios cambiaban, pero la composición continuaba siendo concebida como una actividad orientada a ordenar materiales acústicos.

La práctica desarrollada por Horacio Vaggione propone un desplazamiento mucho más profundo. Sus reflexiones sobre la composición con objetos sonoros muestran que el centro del trabajo ya no reside exclusivamente en la organización de sonidos acabados, sino en la definición de operaciones capaces de transformar materiales previamente inscritos. Fragmentar, superponer, granular, deformar, interpolar o recombinar dejan de ser procedimientos auxiliares para convertirse en el núcleo mismo del pensamiento compositivo. El interés ya no recae únicamente sobre el resultado acústico, sino sobre la red de transformaciones que hace posible su emergencia.

En este contexto, el objeto sonoro deja de entenderse como una unidad estable. No constituye un elemento elemental de la composición, sino una configuración provisional abierta a nuevas intervenciones. Cada operación modifica simultáneamente el material sobre el que actúa y el conjunto de relaciones desde las cuales ese material puede seguir transformándose. La composición aparece entonces como un proceso recursivo: cada decisión altera las condiciones de las decisiones futuras.

Este desplazamiento posee consecuencias que exceden ampliamente el ámbito de la música electroacústica. Si lo decisivo ya no son los sonidos considerados como entidades terminadas, sino las operaciones que los generan y transforman, entonces la composición deja de consistir en la organización de objetos para convertirse en la construcción de un campo operativo. Lo que el compositor diseña no es simplemente una sucesión de acontecimientos sonoros, sino un conjunto de condiciones materiales dentro de las cuales esos acontecimientos pueden individuarse de maneras diversas.

Un ejemplo particularmente esclarecedor de esta manera de comprender la composición puede encontrarse en Schall (1994), donde Horacio Vaggione organiza la obra mediante objetos temporales de diferentes escalas cuya articulación no depende de una continuidad lineal, sino de una red de relaciones operativas entre entidades sonoras. Estas redes permiten desplazar continuamente la escucha entre distintos niveles temporales, haciendo que fragmentos microscópicos puedan reorganizar estructuras de mayor escala y, a la inversa, que configuraciones macroscópicas redefinan el comportamiento de los objetos que las constituyen. La composición deja así de desarrollarse como una secuencia de acontecimientos para convertirse en un sistema dinámico de operaciones distribuidas sobre múltiples escalas temporales. Más que producir sonidos aislados, el trabajo compositivo consiste en construir las condiciones operativas bajo las cuales esas entidades pueden transformarse, interactuar e individuarse mutuamente. Esta forma de organización no constituye simplemente una posibilidad técnica ofrecida por las tecnologías digitales; revela cómo los objetos técnicos participan activamente en la constitución del propio pensamiento compositivo al hacer posibles operaciones que difícilmente podrían concebirse fuera de esos medios de inscripción y procesamiento.

Lo decisivo no es únicamente que los objetos sonoros puedan transformarse, sino que cada transformación modifica el sistema de relaciones dentro del cual las transformaciones siguientes llegarán a ser posibles. La composición comienza entonces a comportarse menos como la organización de materiales estables y más como un proceso de reorganización continua de un campo de individuación.

Es precisamente aquí donde el recorrido desarrollado hasta ahora alcanza un punto crítico. Goody mostró que los sistemas de inscripción transforman el pensamiento. Clark permitió comprender que la cognición se distribuye entre sujetos y artefactos. Kittler reveló que cada medio organiza un régimen específico de operaciones. Ernst desplazó la atención hacia las temporalidades inscritas por la grabación. Vaggione, finalmente, muestra que la composición puede consistir en operar sobre esas temporalidades y no únicamente en organizar sonidos. Sin embargo, permanece abierta una cuestión decisiva: ¿cómo comprender filosóficamente un proceso en el que materiales, operaciones, medios técnicos y decisiones compositivas se transforman mutuamente?

Responder a esta pregunta exige abandonar definitivamente una concepción instrumental de la técnica. Ya no basta con afirmar que los objetos técnicos amplían las capacidades del compositor ni que ofrecen nuevos recursos para la creación. Es necesario comprender cómo esos objetos participan activamente en la génesis de la propia obra y cómo cada operación modifica el campo de posibilidades en el que las siguientes podrán surgir. En otras palabras, es necesario pensar la composición como un proceso de individuación. Es precisamente en este punto donde la filosofía de Gilbert Simondon deja de ser una referencia externa y se convierte en la condición conceptual para comprender el recorrido completo del ensayo.

La composición como campo operativo de individuación

Hasta este punto, el recorrido del ensayo ha mostrado que la composición contemporánea ya no puede comprenderse únicamente como la organización de sonidos ni como la realización progresiva de una forma concebida de antemano. Los sistemas de inscripción transforman las operaciones del pensamiento; los medios técnicos reorganizan las condiciones bajo las cuales esas operaciones pueden realizarse; la grabación convierte el tiempo en un material operativo; y la composición aparece cada vez más como un trabajo sobre procesos de transformación antes que sobre objetos acabados. Sin embargo, todas estas perspectivas dejan todavía abierta una cuestión decisiva: ¿cómo comprender filosóficamente un proceso en el que cada operación modifica simultáneamente el material sobre el que actúa y las condiciones desde las cuales las operaciones posteriores llegarán a ser posibles?

La pregunta no se refiere únicamente a la sucesión cronológica de decisiones durante el trabajo compositivo. Interroga la naturaleza misma del proceso creador. Cada intervención altera el campo de relaciones dentro del cual la obra continúa desarrollándose. Un sonido transformado modifica retrospectivamente el sentido de los sonidos anteriores; una nueva técnica de síntesis redefine las posibilidades de las técnicas previamente utilizadas; una grabación procesada deja de ser el mismo material sobre el cual comenzó el trabajo. La composición no avanza mediante la ejecución lineal de un proyecto completamente determinado, sino mediante una reorganización continua de las condiciones desde las cuales la propia obra puede seguir constituyéndose.

Este desplazamiento ya puede reconocerse en la práctica compositiva de Horacio Vaggione. En lugar de comprender la composición como la organización jerárquica de materiales estables, Vaggione propone trabajar con redes de objetos sonoros sometidos a transformaciones permanentes. En Schall (1994), por ejemplo, la obra se construye mediante objetos temporales de distintas escalas cuya articulación no depende de una continuidad lineal, sino de una red de relaciones operativas entre entidades sonoras. Estas redes permiten desplazar constantemente la escucha entre diferentes niveles temporales, haciendo que procesos microscópicos reorganizen estructuras de mayor escala y que configuraciones macroscópicas redefinan el comportamiento de los objetos que las constituyen. Lo decisivo no reside únicamente en la transformación de los sonidos, sino en el hecho de que cada transformación modifica el sistema completo de relaciones dentro del cual las transformaciones posteriores llegarán a producirse. La composición comienza así a comportarse menos como una organización de materiales y más como un proceso de reorganización continua de un campo de individuación.

Esta manera de comprender la composición supone también una transformación profunda en la relación entre orden y contingencia. Tradicionalmente, el azar fue concebido como aquello que debía excluirse para garantizar la coherencia formal de la obra. Sin embargo, gran parte de las prácticas compositivas desarrolladas durante la segunda mitad del siglo XX comenzaron a cuestionar esta oposición. La contingencia dejó de aparecer como la negación del orden para convertirse en una condición interna de su propia productividad.

La música estocástica de Iannis Xenakis constituye uno de los ejemplos más claros de este desplazamiento. Obras como Pithoprakta (1955–56) o Achorripsis (1956–57) no recurren al azar para suspender la racionalidad compositiva, sino para redefinirla. Como observa Yuk Hui al comentar este aspecto de la obra de Xenakis, la cuestión no consiste en oponer determinación y contingencia, sino en comprender cómo la contingencia puede adquirir una función necesaria dentro del propio sistema. El azar deja entonces de representar aquello que escapa al pensamiento para convertirse en un principio operativo capaz de generar nuevas configuraciones formales. La composición ya no busca controlar completamente el devenir de la obra; construye un campo de relaciones donde lo imprevisible participa activamente en la producción de nuevas posibilidades.

Esta transformación resulta decisiva porque desplaza el problema compositivo desde la organización de resultados hacia la construcción de condiciones. El compositor ya no determina exhaustivamente cada acontecimiento sonoro; diseña un campo de operaciones dentro del cual pueden emerger relaciones que no estaban completamente previstas. La creatividad deja de identificarse con el control absoluto del material y comienza a entenderse como la capacidad de configurar un sistema suficientemente estructurado para producir diferencias, variaciones y reorganizaciones imprevistas. La contingencia deja de constituir un accidente del proceso compositivo para convertirse en una fuerza interna de su desarrollo.

Es precisamente en este punto donde la filosofía de Gilbert Simondon adquiere un carácter decisivo. Ninguna de las perspectivas discutidas hasta ahora ofrece, por sí sola, una explicación suficiente de estos procesos. Goody mostró cómo la escritura reorganiza el pensamiento; Clark explicó que la cognición se distribuye entre sujetos y artefactos; Kittler situó esa distribución en la materialidad de los medios; Ernst desplazó el problema hacia las temporalidades inscritas; Vaggione mostró cómo esas temporalidades pueden convertirse en operaciones compositivas; y Xenakis reveló que la contingencia puede constituir una condición interna de la organización. Sin embargo, permanece abierta una cuestión fundamental: ¿cómo pensar un proceso en el que materiales, operaciones, medios técnicos, contingencias y decisiones compositivas se transforman mutuamente mientras la obra llega a existir?

La teoría de la individuación de Simondon permite responder a esta pregunta abandonando la oposición clásica entre forma y materia. La obra deja de comprenderse como la aplicación de una forma previa sobre un material disponible para aparecer como la estabilización siempre provisional de un proceso metastable. Cada operación no añade simplemente un elemento nuevo a una estructura existente; modifica el estado completo del sistema, reorganizando el conjunto de potencialidades desde las cuales surgirán las operaciones posteriores. La composición no consiste entonces en imponer un orden sobre la materia, sino en intervenir sobre un campo de relaciones cuya evolución depende de las transformaciones que el propio proceso produce.

Comprendida desde esta perspectiva, la composición puede definirse como la construcción de un campo de individuación técnica. Los objetos técnicos dejan de ser instrumentos destinados a ejecutar decisiones previamente tomadas y participan activamente en la constitución del proceso compositivo. Grabadoras, algoritmos, programas de síntesis, sistemas de espacialización o dispositivos de procesamiento no funcionan únicamente como medios para realizar una idea; reorganizan continuamente las posibilidades mismas del pensamiento compositivo. La individuación no ocurre exclusivamente en la obra ni exclusivamente en el compositor, sino en la relación dinámica que ambos establecen con los sistemas técnicos que hacen posible el proceso.

Esta comprensión permite situar la Manufactura Sonora en un horizonte filosófico más amplio. La Manufactura Sonora deja de designar únicamente una teoría sobre la producción técnica del sonido para comprenderse como una descripción de los procesos mediante los cuales el fenómeno sonoro se individúa a través de cadenas de inscripción, transducción, operación y reorganización material. El sonido no constituye el punto de partida de la composición; constituye una de las formas provisionales que emergen durante ese proceso de individuación.

La consecuencia de este recorrido excede incluso el dominio sonoro. Si la composición consiste en construir campos de individuación mediante sistemas de inscripción técnica, entonces la lógica descrita aquí no pertenece exclusivamente a la música. La composición aparece como un laboratorio privilegiado para comprender cómo los medios técnicos participan en la producción de nuevas formas de pensamiento, de percepción y de experiencia. La Manufactura Sonora representa, en este sentido, un caso específico de un problema más amplio: la fabricación técnica de lo sensible.

Conclusión

El recorrido desarrollado a lo largo de este ensayo partió de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ocurre cuando el pensamiento compositivo abandona la mente y comienza a existir en sistemas de inscripción técnica? Lo que inicialmente parecía un problema relativo a la escritura terminó revelando una transformación mucho más profunda. La escritura dejó de entenderse como un medio de representación para aparecer como una tecnología del pensamiento; los sistemas de inscripción dejaron de ser soportes pasivos para convertirse en condiciones materiales de la invención; la grabación dejó de ocupar un lugar posterior respecto de la composición para constituirse en un espacio operativo donde el tiempo mismo puede ser transformado; y la composición dejó de definirse por la organización de sonidos para comprenderse como la construcción de procesos capaces de reorganizar continuamente sus propias condiciones de existencia.

Este desplazamiento obliga a reconsiderar una de las imágenes más persistentes de la tradición compositiva: la idea según la cual el compositor concibe primero una forma que posteriormente realiza mediante diferentes medios técnicos. El recorrido aquí propuesto sugiere una comprensión distinta. Pensar compositivamente no consiste en trasladar una idea preexistente hacia un soporte material, sino en construir un campo de operaciones dentro del cual esa idea puede llegar a existir. Los medios técnicos no aparecen al final del proceso creativo; participan desde el comienzo en la constitución de aquello que será posible pensar, escuchar y transformar.

Sin embargo, este campo no constituye un sistema cerrado ni completamente determinado. Como muestran las prácticas compositivas desarrolladas por autores como Xenakis y Vaggione, la composición no elimina la contingencia mediante el orden; construye sistemas donde la contingencia puede convertirse en una fuerza productiva. La creatividad ya no depende del control absoluto de los materiales, sino de la capacidad para configurar campos suficientemente estructurados como para permitir la emergencia de relaciones no previstas. Cada operación modifica simultáneamente el material sobre el que actúa y el conjunto de potencialidades desde las cuales las operaciones posteriores podrán surgir.

Es precisamente esta dinámica la que la teoría de la individuación de Gilbert Simondon permite comprender con mayor profundidad. La composición deja de aparecer como la aplicación de una forma sobre una materia previamente disponible para revelarse como un proceso metastable de transformación continua. La obra ya no constituye el origen del pensamiento compositivo ni su finalidad última; aparece como una estabilización siempre provisional dentro de un proceso donde materiales, operaciones, medios técnicos, contingencias y decisiones compositivas se reorganizan mutuamente.

Desde esta perspectiva, la Manufactura Sonora deja de entenderse únicamente como una teoría sobre la producción técnica del sonido. Designa un modo específico de comprender cómo el fenómeno sonoro llega a individuarse mediante cadenas de inscripción, transducción y operación técnica. El sonido no constituye un dato previo a la composición; emerge a través de un proceso en el que objetos técnicos, materiales y decisiones compositivas participan conjuntamente en la producción de la experiencia sonora.

Pero precisamente porque este recorrido comenzó mucho antes del sonido, también conduce más allá de él. Si la escritura, la notación, los instrumentos, la grabación, los algoritmos y los diferentes sistemas de inscripción participan activamente en la constitución del pensamiento y de la percepción, entonces la lógica descrita aquí no pertenece exclusivamente al dominio sonoro. La Manufactura Sonora aparece como un caso particular de un problema más amplio: comprender cómo los medios técnicos participan en la individuación de la experiencia sensible. La Fabricación de lo Sensible nombra ese horizonte de investigación, proponiendo un marco desde el cual imágenes, sonidos, espacios, interfaces, algoritmos y otros objetos técnicos pueden entenderse como participantes activos en la producción de nuevas formas de experiencia.

Quizá esta sea, finalmente, la inversión conceptual que atraviesa todo el ensayo. Durante mucho tiempo la composición fue comprendida como el arte de organizar sonidos o de dar forma a una materia previamente disponible. El recorrido aquí desarrollado invita a invertir esa perspectiva. Componer no consiste en producir sonidos ni en realizar formas previamente concebidas. Componer consiste en construir campos de individuación donde pensamiento, materia, técnica y contingencia puedan transformarse mutuamente hasta hacer emerger nuevas formas de experiencia. Cada composición reorganiza ese campo y modifica las condiciones desde las cuales futuras composiciones, futuras escuchas y futuras formas de pensamiento llegarán a ser posibles.

En este sentido, la historia de la composición puede entenderse como la historia de la progresiva invención de sistemas de inscripción capaces de producir nuevos campos de lo sensible. La composición deja entonces de aparecer únicamente como una práctica destinada a producir obras y se revela como una forma de investigación material sobre las condiciones mismas de la experiencia. Cada obra no representa simplemente una idea; ensaya una nueva manera de relacionar pensamiento, técnica y materia.

Componer es construir un campo donde el pensamiento pueda volverse otro. Tal vez esa sea la tarea más profunda de la composición: no organizar el mundo tal como ya existe, sino inventar las condiciones materiales desde las cuales puedan comenzar a existir nuevas formas de percibirlo, de pensarlo y de habitarlo.

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