or fin el Teatro Real, con su nueva producción de Rigoletto, rompe la tradición de importar a Madrid, una de las plazas teatrales del mundo, al menos en español, directores de escena de otras latitudes. Es de esperar que esto se convierta en una tradición del teatro y no sea flor de un día, aunque el resultado obtenido no ayuda a que esto sea así.

Antonio Hernández Nieto
9 diciembre 2023
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Javier del Real

Es cierto que se fue por la apuesta segura: Miguel del Arco, un director que tiene currículo teatral para aburrir. En el que se encuentran grandes éxitos de crítica y público. Que ya ha trabajado en lo musical, como actor de musicales y como director de un potpurrí de zarzuelas para el Teatro de la Zarzuela que, de nuevo, fue un éxito. Hasta giró.

Sin embargo, esta vez la cosa no funciona. Y para explicarlo se pueden recurrir a los argumentos de siempre para criticar las puestas en escena. La primera, que no se ha escuchado la partitura ni leído el libreto. Podría ser, pero no tiene nada que ver con el proceso de trabajo de este director que es minucioso en lo que hace.

Más bien, la crítica debería ir por el lado de la idea feliz que no funciona al ponerla en escena. Esa idea es que Rigoletto no canta a otra cosa que al heteropatriarcado. Algo que pocas veces se cuenta y que habría que contarlo. Lo que es cierto. En esta ópera se retrata un mundo de hombres poderosos donde las mujeres son únicamente objetos sexuales con las que aquellos decoran sus casas y se dan placer en sus camas. Se canta como en la popular canción de Chimo Bayo “Esta sí / está no / esta me la como / porque lo digo yo”.

Un mundo en el que el rol model que se ofrece a los hombres es el de depredador sexual independientemente de su orientación sexual y su orientación política. En general, depredadores brutales y bestias. Excepto los Duques de Mantua, depredadores sí, pero elegantes. En el sentido que juega a seducirlas, pero una vez comidas, consumidas, a por otra. Ese tipo que existe y predomina, que se muestra cariñoso, incluso los hay que se dicen concienciados y de izquierdas, pero que sabe y conoce de su poder y la fascinación, no exento de temor, que el poder produce.

En ese sentido, la primera coreografía de Luz Arcas, con mujeres vestidas de lamé dorado, haciendo movimientos pélvicos delante y entre una corte de hombres, pues otra cosa no les es permitido, es suficientemente explícita y bien puesta. Sin embargo, la repetición del recurso sobra y basta. Y dejar de ser necesario cuando le llevan a Gilda al Duque de Mantua para que se la trajine, hay que hablar así pues ese es el tono de Rigoletto, la ópera. Como tan poco es necesario posteriormente en la escena orgiástica ni en la escena final en la casa de Sparafucile. Porque cansa que se repita una y otra vez algo que ya se ha entendido a la primera. En estos casos, habría que recordar que “menos, es más”.

Curiosamente esto es fácil de arreglar en teatro, tan solo hay que quitarlas. Algo que cuesta hacer, quien tiene una actividad artística sabe lo difícil que es prescindir de parte de lo creado. Hacer delete. Pero es algo que del Arco sabe hacer. Todavía se recuerda las carísimas máscaras que ideo para su Hamlet con la Compañía Nacional de Teatro Clásico que viendo que no funcionaban acabó quitando. Y, si se quiere mantener el color de yonquis, prostitutas y maleantes del barrio en el que se encuentra el local y la vivienda Sparafucile y su hermana, habrá que rehacer la distribución de cuerpos y acciones que tiene asignado el cuerpo de baile.

Quizás el problema está en que del Arco ha entendido que no puede intervenir ni el texto ni la música, como haría en una obra de teatro, para que esa idea feliz resuene mejor. O, en esa cautela que hay que tener ante un proyecto tan grande y con tanta visibilidad como este, que le ha impedido ir hasta el fondo de la cuestión. Arriesgar.

Lo que le ha llevado a crear imágenes para las distintas escenas a las que ha tratado de dar continuidad, fluidez, en el paso de unas a otras en cada acto. Y ahí ha estado acertado. El uso de los telones rojos, como los cortinones a los que en el imaginario colectivo se asocia a aristocracia o realeza. El uso de formas como montículos para indicar lugares poco recomendables a las afueras de las ciudades, lugares sin asfaltar. El trabajo del acto final con la luz. La disposición y movimiento de las masas corales. Y más cosas que mejor no listar para no aburrir. Todas hablan de su maestría escénica y para dirigir equipos artísticos con la intención de contar algo.

De todas maneras, no hay que rasgarse las vestiduras porque la producción musicalmente está bien. Es decir, el Real ha dado lo que se espera de un teatro de ópera que fue nombrado mejor teatro de ópera del mundo. Nadie, al menos nadie que vea el primer reparto que es al que pertenece esta crítica, se sentirá defraudado. Tampoco debería defraudarle los otros dos repartos que hay. En el caso del primer reparto además saldrá contento al descubrir a Adela Zaharía. Una soprano que, al menos en el repertorio italiano, parece que va a tener larga vida en este teatro y en otros muchos.

Así que la mejor actitud para ver este Rigoletto es sentarse, relajarse, olvidarse del ruido de los abucheos del estreno a la dirección de escena y disfrutar. Disfrutar de la música, que Nicola Luisotti saca de la orquesta. Disfrutar de cómo cantan, aunque Camarena no esté en su mejor momento, tampoco es que lo tenga malo. Y tener abiertos los oídos y los ojos para la escena del aria de Caro Nome, donde el equipo artístico al completo, del Arco y Arcas incluidos, funciona para crear una bellísima escena que cuenta muy bien que es lo que le pasa a Gilda con respecto al Duque de Mantua. Ese deseo sexual que se viste y se sigue vistiendo del ropaje romántico decimonónico. Como decía Shakespeare, el resto es ruido ¿o era silencio?

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