Llega al Teatro Real Las tres reinas de Donizetti. En principio un espectáculo poco corriente. Porque se anuncia como un recital de la cantante Sondra Radvanovsky en el que cantará tres arias y, a la vez, se informa que habrá dirección musical, orquesta, coro, la acompañarán otros cantantes. Incluso, por haber, habrá hasta dirección escénica y figurinista.

Antonio Hernández Nieto
8 enero 2024
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Javier del Real

Aunque, si se ha estado atento a la actualidad operística internacional y nacional, ya ha podido intuir de qué va y de que no va a ser lo mismo de siempr. Porque este recital tan sui generis viene de triunfar en la Lyric Opera de Chicago o el Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Incluso ha pasado por el Teatro di San Carlo de Nápoles.

En cualquier caso, a quien le guste la ópera siempre le entran las dudas cuando se anuncian este tipo de espectáculo. Puesto que los recitales suelen estar hechos para que el cantante o la cantante demuestre sus capacidades canoras. Y las óperas semirepresentadas van poco más allá de un gesto o movimiento, habitualmente tópicos, de los interpretes mientras trata de mostrar su técnica vocal. De buscar la perfección técnica de una nota de acuerdo con su voz y no a lo que le pasa al personaje. Mientras una orquesta mayor o menor hace lo propio por su parte. Espectáculos aburridos hasta morir para quien entienda la ópera como teatro musical y no como una partitura que, si acaso, se debe ilustrar con imágenes.

Un miedo que desparece con la primera escena del montaje. La que corresponde a la obertura de Anna Bolena, en la que el coro mueve los brazos y las manos iluminadas por una luz roja en un escenario y con unos trajes totalmente negro. Unos brazos que en la distancia parecen fuegos fatuos o llamas del infierno.

Lo que hace pensar que este no va a ser un recital al uso. Sino que se ha creado con otras intenciones. Concretamente, con la intención de dotar de contexto escénico a las tres reinas que va a cantar la Rodvanosky. Y que ella usará para conmover a la platea interpretándolas. Es decir, cantándolas y actuándolas.

Y lo cierto es que lo consigue. De tal manera que cualquiera que se siente con un espíritu crítico, en el sentido de tener la intención de analizar el espectáculo y no dejarse llevar, es simplemente desarmado y se convierte en público.

En el olvido va a quedar ese poquito de chinpum que la percusión de la orquesta hace en la primera obertura, cosa habitual siempre que esta orquesta ataca el repertorio italiano. O que el resto de los cantantes, son buenos, sin más. O las bondades del coro Intermezzo del Teatro Real, que está tan estupendo como siempre.

Lo interesante es lo que dice cada uno de los personajes y cómo lo dicen y ponerlo en escena teniendo en cuenta las características interpretativas de la cantante para que signifique. Algo que parecen haber entendido el director musical Ricardo Frizza que la ha acompañado siempre allá donde se haya hecho este recital, y el director de escena, el polémico Rafael Villalobos.

Este último ha entendido a la perfección el espectáculo y juega los elementos a favor de los personajes y las escenas apoyándose no solo en las capacidades de la cantante y el director musical. Sino que incorpora el juego con el color y la luz. Que ejemplifica a la perfección es escena en la que se hace una transición de la iluminación del oscuro escenario a la paulatina iluminación de todo el dorado de la sala del Teatro Real.

Director que también ha jugado con el vestuario para lo que ha contado con el figurinista Rubin Singer. Desde luego que el traje que lleva la Radvanovsky cuando interpreta a Isabel I de la ópera Roberto Devereux será difícil de olvidar. De hecho, es la imagen del programa. Que recuerda toda la imaginería de los retratos de la época isabelina, a la vez que lo actualiza.

Con todo esto, la Radvanovsky se hace con las Tudor de Donizetti y con el público. Con el dolor de estas tres reinas emparentadas. E interpretándolas, añadiendo al canto italiano, acción, movimiento y gesto, conmueve bellamente al auditorio. Incluso en el aria final con su coja Isabel I que mejora una barbaridad cuando tira el bastón a un lado, porque la calidad de la voz se equipara a la actoral.

Espectadores que aplauden cuando ven que no va a interrumpir ni la escena ni el clima emocional creado y que, al final, está casi diez minutos de pie aplaudiendo. No solo a la cantante, sino a todo el equipo. Pues sin equipo difícilmente se hubiera podido empatizar tanto con estas tres reinas. Gracias a ellos se entiende que se pierde mucho más la vida cuando se pierde a la persona amada que cuando es una misma la que muere o se le anuncia que va a morir.

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