El Teatro Real acaba de poner en escena un programa con dos monodramas y un intermedio. La voz humana de Poulenc y La espera de Schönberg, separados por un entremés poético-musical.

Antonio Hernández Nieto
2 abril 2024
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Javier del Real

Un espectáculo que al lado de dos sopranos como Ermonela Jaho y Malin Byström ha puesto una actriz con antecedentes almodovarianos y de cantante pop, Rossy de Palma, que lleva en los últimos tiempos defendiendo propuestas musicales. La última conocida en España fue la opereta El cantor de México que venía de Laussane y pasó por el Teatro de la Zarzuela de Madrid y por Les Arts de Valencia. Y con ella llegó el escándalo

Un escándalo que ha consistido en una sucesión de canciones pop cantadas por Rossy de Palma a capella. Comenzando con el popular Vorrei Che Fosse Amore de Mina que, curiosamente, el dramaturgo y director de escena Pablo Messiez ha usado recientemente en su obra Los gestos y continuando por el Ne me quitte pas de Edith Piaf. Una sucesión interrumpida por reflexiones en voz alta sobre el amor. Reflexiones propias y de otros autores como Wilde que tratan de poner en contexto contemporáneo las otras dos composiciones musicales a las que acompaña.

Dos monodramas que dibujan un arco dramático que iba desde la sumisión hasta la extenuación para no dejar de escuchar a la persona amada en La voz humana, hasta la actitud agresiva de acabar con lo amado de La espera. Ambas son esperas y, como se suele decir en el saber popular, quien espera desespera. Una desesperación que lleva al suicidio a la protagonista del primer monodrama y al asesinato a la que protagoniza el segundo. Al menos desde el punto de vista de Christof Loy, el director de escena.

Un intermedio que no se ha acabado de entender por el público operístico. Ya sea por la escasa música que se usa. Ya sea por la seriedad de los monodramas y su calificación de alta cultura. En esa percepción puede influir que está construido al más puro estilo de cabaret o, ¿por qué no?, revista o café-cantante. Con sus bromas y con la interpelación al público sobre su experiencia amorosa.

Eso sí hecho de forma elegante, ejemplificado por esa larga cola, una cola etérea, que arrastra Rossy en su atravesar el escenario de lado a lado. Porque las cosas del querer “traen cola”. Que, independientemente de estar de acuerdo o no con este intermedio, hay que reconocer que es pura belleza escénica. Y, por tanto, hay que ver en el teatro. Como ese collar de perlas que lució en el espectáculo unipersonal Resilienzia d’amore. Obra plagada de música popular que estrenó en el Piccolo Teatro de Milán y luego giró.

Intermedio que le sirve a Christof Loy para hablar del amor en términos más coloquiales, más cercanos al espectador actual y de la perspectiva de hoy. Sin la exaltación romántica o mitificación del amor de las dos composiciones musicales. Según las cuales, amar es una tragedia por la que hay que sufrir primero, y, luego, matar o morir.

Y el director, con la colaboración de la actriz, se pregunta si frente a las propuestas de Poulenc y de Schönberg y sus libretistas, el admirado Cocteau y la médico poeta Marie Pappenheim, muy apreciada por el escritor vienés Karl Krauss, existe otra forma de amar. Su respuesta es afirmativa. Y es no confundir con querer a toda costa al otro con amar al otro. Lo primero es un sentimiento que lleva a matar o a la muerte de lo que se dice amar. Lo segundo lleva a cuidar lo amado. Y, para lo segundo, hay que empezar por amarse, es decir, cuidarse una/o mismo.

Porque en La voz humana y en La espera, sus protagonistas se cuidan poco de sí mismas. Se aman tan poco, que solo son capaces de apreciarse en presencia del otro. La ausencia, real o posible, del otro las desdibuja como personas, hasta sentirse desaparecer porque el otro ya no las habla ya no las mira. Que habla y mira a otra. Y ¿eso es querer o es amar? ¿Y eso es amarse? En estos tiempos en que el amor sigue siendo amor romántico del estilo que se ve en escena, a pesar de las críticas, sobre todo feministas, que se le hacen, parece que la respuesta es que no.

Sin ese intermedio, La voz humana sería una representación correcta en lo musical. Y, quizás en lo escénico, demasiado movida o agitada. Pero es que hay que llenar el gran escenario del teatro Real y se le pide a Ermonela que se mueva de un lado a otro mientras canta. Y La espera, destacaría más tanto en lo musical como lo escénico, sobre todo porque se la representado menos y se la oído menos. No como La voz humana, que tanto en su versión original, como obra de teatro, como en su versión de ópera, al menos en Madrid, se ha visto varias veces y en distintos formatos. A lo que se añade el famoso corto de Pedro Almodovar que protagonizó la actriz Tilda Switon con el que volvió a llenar los cines españoles.

Lo mismo ocurriría con las cantantes. Ermonela está en La voz humana cómo se espera. No hay sorpresa. La calidad vocal de siempre. La sorpresa la da Malin Byström en La espera, que se ha prodigado menos por estos lares. Y tras esta obra, que es tan demasiado corta como exigente, apetece oírla mucho más. Quizás, las dos están algo sobre actuadas. Lo que se entiende menos en el primer caso, pues es un papel más contenido, que la procesión va por dentro. Y se entiende más en el segundo pues el personaje poseído por el mal va a llevar a cabo un acto criminal.

Y con esos dos párrafos sería suficiente para hacer una crítica o una crónica. Lo que adensa a las dos obras musicales. Lo que permite verlas en lo que tienen que contar a los espectadores actuales, tiene que ver con ese pequeño escándalo que se introduce en medio. Que, con sentido y sensibilidad, critica la forma de entender y vivir el amor que tanto se prodiga y se pone como ejemplo en los cosos operísticos. Y es que de una u otra manera, la ópera es un género romántico y, por tanto, trágico en el que siempre muere la soprano. Ya lo contó Wagner en Tristán e Isolda por mucho que su bisnieta Katharina quisiera mostrarlo de otra manera en Bayreuth.

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