El texto plantea que la música no empieza con el sonido, sino con el gesto y el cuerpo del intérprete. En la práctica contemporánea, estos elementos transforman la escucha, que deja de ser solo auditiva para convertirse en una forma de atención y presencia.

Rebeca Santiago
2 marzo 2026
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Durante mucho tiempo pensé el gesto como algo secundario, casi inevitable, que acompañaba al sonido sin formar realmente parte de él. Sin embargo, el trabajo continuado con intérpretes y procesos de creación fue desplazando esa idea. En el ensayo, el gesto aparece antes de que suene nada. A veces incluso cuando no llega a sonar nada. El cuerpo ya está implicado.

Hay momentos en los que la música todavía no ha empezado y, sin embargo, algo ya está ocurriendo. Una respiración que se prepara, una tensión mínima en el brazo, un movimiento que se detiene antes de realizarse. Ese instante previo —difícil de nombrar— parece contener más información de la que solemos admitir. La escucha comienza ahí, aunque todavía no haya sonido.

En estos contextos, escuchar deja de ser una acción exclusivamente auditiva. El oído no funciona solo. Mira, anticipa, recuerda. El cuerpo del intérprete no aparece como un soporte neutral, sino como un espacio donde la música se manifiesta de manera frágil y cambiante.

En muchas prácticas contemporáneas, el gesto deja de ser consecuencia para convertirse en materia. En la música de Helmut Lachenmann, el esfuerzo físico, la resistencia del instrumento y el roce con el material no se ocultan. El cuerpo aparece con todo lo que implica: tensión, límite, desgaste. No se trata únicamente de producir nuevos sonidos, sino de exponer las condiciones que los hacen posibles.

Trabajando con intérpretes, esta fisicidad transforma la escucha. El sonido ya no se percibe como algo separado del cuerpo que lo genera. Pesa, cuesta, a veces se interrumpe. La música se vuelve vulnerable, y esa vulnerabilidad afecta directamente a la forma de escuchar.

En otras propuestas, como las de Georges Aperghis, el gesto adquiere una dimensión distinta. La voz, el movimiento y la acción no construyen un relato, pero tampoco funcionan como acompañamiento. El cuerpo se vuelve inestable, reiterativo, a veces absurdo. No explica la música, pero la tensiona. La escucha se desplaza: ya no busca sentido, sino atención.

En un ensayo, esta atención se vuelve muy concreta. Hay momentos en los que no importa tanto si algo “funciona” musicalmente como si el cuerpo logra sostenerlo. La presencia del intérprete modifica la percepción incluso cuando el sonido es mínimo o interrumpido. Escuchar se convierte en una forma de estar.

En el trabajo de Simon Steen-Andersen, acción y sonido aparecen casi como una misma cosa. El gesto no ilustra, ni el sonido justifica el movimiento. Ambos ocurren juntos. Esta equivalencia expande el campo musical y obliga a preguntarse qué es exactamente lo que se escucha: el resultado sonoro, la acción que lo produce o la relación entre ambas.

Como compositora, esta expansión no se presenta como una teoría, sino como una pregunta práctica. ¿Dónde empieza realmente la música? ¿En el momento en que suena algo, en el gesto que lo provoca o en la percepción de quien escucha? Componer deja de ser una operación abstracta y comienza a implicar al cuerpo: su aparición, su desgaste, la energía que atraviesa el gesto y la manera en que el sonido se hace presente. Estas decisiones no se toman desde la distancia. Aparecen en el trabajo diario, en el ensayo, en la repetición, en aquello que no termina de encajar. La escritura deja de ser un lugar previo y se convierte en una práctica situada, atravesada por el tiempo compartido con los intérpretes.

En algunas propuestas actuales, como las de Jennifer Walshe, el cuerpo se despliega como un espacio complejo donde voz, identidad, lenguaje y acción se superponen. El cuerpo no actúa solo como instrumento, sino como archivo y conflicto. La música se expande hacia territorios que no siempre resultan cómodos, ni para quien interpreta ni para quien escucha.

Esta expansión no garantiza una escucha más accesible. A veces ocurre lo contrario. El gesto puede abrir la percepción, pero también saturarla. Puede acercar, pero también producir rechazo. No hay una solución clara. La música contemporánea no propone un camino estable, sino un campo de tensiones.

En el trabajo pedagógico y de mediación, estas tensiones aparecen con claridad. Cuando se invita a escuchar atendiendo al gesto, al movimiento o al silencio activo, la experiencia cambia, aunque la obra sea la misma. El sonido no se transforma; lo que se transforma es la manera de estar frente a él.

No siempre sé si estas estrategias facilitan la escucha o simplemente la desplazan. A veces funcionan. Otras no. Pero insisten en algo fundamental: el cuerpo ya está escuchando antes de que intentemos comprender. En el trabajo cotidiano con intérpretes, estas preguntas no se resuelven. Vuelven. Aparecen en el ensayo, en el concierto, en la escucha posterior. El gesto no aclara nada, pero obliga a estar. Y quizá, al menos por ahora, eso sea suficiente.

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