El auge de la tecnología y la interdisciplinariedad ha transformado el papel del intérprete actual. Surge así la figura del intérprete extendido, para quien resulta cada vez más común integrar y estar familiarizado con la gestualidad escénica, la tecnología, los medios audiovisuales y la interacción con el espacio y el público como parte de la propia práctica interpretativa. En este contexto, el intérprete se ve obligado a desarrollar un pensamiento crítico sobre su propia acción artística, y el virtuosismo deja de definirse únicamente por la destreza técnica para centrarse en otras capacidades que tienen que ver con el sonido, el cuerpo o la imagen.

En las últimas décadas, el desarrollo de la tecnología, junto con el auge de prácticas inter y multidisciplinares, ha transformado de manera profunda el panorama artístico. En el ámbito musical, esta transformación se ha visto acompañada por una presencia cada vez más significativa de elementos procedentes del arte dramático, la performance y las artes visuales, generando nuevas corrientes estéticas y formas de creación difícilmente enmarcables dentro de las categorías tradicionales.
La concepción de obra (también del formato de concierto) ha sufrido en algunas corrientes serios cambios: el auge de lo visual en la cultura contemporánea y la hibridación de lenguajes han modificado de forma sustancial la experiencia musical. La música ya no se percibe únicamente como un fenómeno acústico, sino como un acontecimiento escénico complejo, en el que convergen sonido, cuerpo, espacio, imagen y tecnología, y donde el cuerpo del intérprete adquiere un protagonismo ineludible.
En este marco, resultan especialmente pertinentes las palabras de Sergio Álvarez (2020): “Cuando los compositores comiencen a escuchar los cuerpos -no ya los de los intérpretes amortajados, en sus trajes y vestidos, sino los de los oyentes emergidos de sus butacas y transformados de espectadores en partícipes-, incluso ellos comprenderán que la música del siglo XXI es, ya para siempre -y necesariamente- instalación, performance, concepto” (p. 64). Esta afirmación no apunta únicamente a un cambio estético, sino a una transformación profunda del rol del intérprete y de su relación con el público, que comienza a demandar una figura distinta de la tradicional, difícilmente explicable desde los parámetros heredados del virtuosismo instrumental.
Durante gran parte de la historia de la música occidental, la figura del virtuoso ha estado asociada a una idea bastante concreta: dominio técnico, control absoluto del instrumento y una destreza sonora capaz de llevar al límite las posibilidades de la escritura musical. En ese “llevar al límite”, quiero pensar que también se ha entendido la propia expresión musical, el fraseo y la atención a la música en su sentido más profundo, y no únicamente la exhibición de una habilidad técnica extrema. Digo “quiero pensar” porque lamentablemente creo que en raras ocasiones se ha empleado el término virtuosismo más allá del dominio técnico instrumental.
Entre las nuevas aptitudes que debe adquirir el músico del siglo XXI, y a las que nos referiremos más adelante, el dominio de la gestualidad se perfila como una de las más destacadas y complejas. Nos centraremos inicialmente en ella, tanto por su importancia en la práctica interpretativa actual como por la sorprendente falta de atención que recibe en los programas formativos de interpretación.
El cuerpo del intérprete nunca estuvo ausente: formó parte del acto musical como soporte técnico, como vehículo expresivo y, en muchos casos, como recurso para intensificar la comunicación con el público. A estos gestos necesarios para la producción del sonido se sumaron otros de carácter expresivo, destinados a reforzar el fraseo, el carácter o la intensidad emocional de la música, y que con frecuencia contribuían a hacer la interpretación más convincente, e incluso más espectacular. Sin embargo, estos movimientos rara vez fueron pensados como material musical en sí mismo. El gesto acompañaba, amplificaba o dramatizaba el sonido, pero no solía formar parte explícita de la escritura ni del discurso compositivo. Es precisamente en este punto donde el acto interpretativo comienza a expandirse, afectando no solo al gesto, sino al conjunto de la práctica performativa.
Cuando hablamos de gestualidad en este contexto, conviene precisar que no nos referimos al gesto musical entendido como articulación o fraseo, sino a la expresión física del intérprete: el movimiento del cuerpo en el espacio y su acción escénica. Esta dimensión corporal, lejos de ser un añadido superficial, ha sido reconocida desde hace tiempo como un elemento fundamental de la expresión artística. Ya a comienzos del siglo XX, Émile Jaques-Dalcroze subrayaba que “el cuerpo humano es un instrumento musical de gran riqueza […] a través de la gestualidad, es posible expresar significados que van más allá del sonido mismo” (Dalcroze, 1920).
La relación entre música y movimiento no es nueva. A lo largo de la historia, la interpretación musical ha estado estrechamente vinculada a gestos expresivos que facilitan la comunicación entre músicos y público, y que en muchos casos contribuyen a construir la identidad del intérprete. Sin embargo, en buena parte del repertorio contemporáneo esta gestualidad deja de ser espontánea o secundaria para convertirse en un elemento explícitamente integrado en la composición. El gesto ya no acompaña a la música: forma parte de ella.

Figura 1. Fotografía durante la interpretación de Between me and myself V de Andreas E. Frank. Museo Neomudejar, Madrid © Vejabalbán 2015.
Este ensanchamiento de la práctica interpretativa ha sido conceptualizado en los últimos años bajo la noción de intérprete extendido, una figura que no se define únicamente por la incorporación del gesto escénico, sino por una transformación más profunda del acto de tocar.
Conviene, no obstante, evitar una lectura reduccionista de este fenómeno. Aunque la creciente presencia de la gestualidad escénica sea uno de los rasgos más visibles del repertorio contemporáneo, la noción de intérprete extendido no puede entenderse únicamente en términos de gesto o teatralidad. Se trata, más bien, de una forma ampliada de tocar el instrumento, en la que la extensión afecta al conjunto de la práctica interpretativa: a la relación con el sonido, al uso del cuerpo, a la interacción con la tecnología, al espacio escénico, a los medios audiovisuales e, incluso me atrevería a afirmar, a la manera de entender y pensar el arte. Definitivamente, esta ampliación del acto interpretativo tiene consecuencias directas sobre la figura del intérprete y sobre las competencias que se le exigen en la práctica artística de nuestro tiempo.
Uno de los aspectos más relevantes de esta transformación estética es su impacto en la percepción del público. Diversos estudios han puesto de manifiesto hasta qué punto el componente visual influye en la forma en que juzgamos una interpretación musical. La conocida investigación de Chia-Jung Tsay (2013) mostró que, en determinados contextos, los oyentes tienden a valorar una interpretación más por lo que ven que por lo que oyen. Por tanto, es crucial ser cautelosos en el uso de la gestualidad, ya que puede conducir a la común sobreactuación y distorsión del mensaje musical a través del gesto.
Como advierte Alberto Bernal, cuando lo visual se sitúa en el mismo plano que lo sonoro, se abre la posibilidad de reformular la relación entre ambos, pasando de “ver para no escuchar” a “ver para escuchar mejor” (Bernal, 2020, p. 18). El problema surge cuando el gesto, el vídeo o cualquier tecnología se utiliza de manera acrítica, como simple recurso efectista. Los clichés gestuales -los giros exagerados, las miradas impostadas, la sobreactuación-, tan habituales en ciertos contextos, no garantizan en absoluto una mayor expresividad musical. Como señalaba ya Denis Levaillant, estos gestos pueden convertirse en fórmulas vacías que poco aportan al resultado sonoro (Levaillant, 1998).
La cuestión, por tanto, no es si la gestualidad o lo multimedia debe estar presente o no, sino cómo y para qué se integran en el discurso musical. Cuando estas herramientas están pensadas de manera coherente, puede reforzar parámetros fundamentales de la expresión musical, y contribuir de forma decisiva a la comunicación con el público (Galiano, 2017).

Figura 2. Fotografía durante la interpretación de P.O.V. de Óscar Escudero. Festival Facyl, Salamanca © 2020.
Estas transformaciones encuentran una concreción especialmente clara en determinados repertorios instrumentales. El repertorio contemporáneo para saxofón (el cual analizaremos en la segunda parte del artículo) constituye un terreno especialmente fértil para observar este fenómeno y para analizar cómo estas transformaciones se concretan en la práctica interpretativa actual. Como instrumento históricamente situado en los márgenes del canon clásico, el saxofón ha sido adoptado por numerosos compositores como espacio de experimentación escénica.
Este tipo de repertorio exige un perfil de intérprete distinto al del virtuoso tradicional. En este marco emerge la figura del intérprete extendido (extended performer), entendida como una redefinición del papel del músico dentro de la práctica artística contemporánea. Esta corriente surge en diálogo con las experiencias del teatro musical, donde el intérprete deja de ser un mero ejecutante para convertirse en parte activa de la escena y, al mismo tiempo, en objeto de estudio. Tal como señala Haize Lizarazu (2018), el performer es un intérprete preparado para cualquier tipo de manifestación artística, que incorpora al público como un elemento esencial dentro de la acción.
Desde esta perspectiva, el intérprete extendido amplía su hacer y su saber no como una suma de competencias externas al acto instrumental, sino como una transformación de la propia práctica de interpretación, en interacción con las tecnologías, los espacios y los medios audiovisuales, integrando el cuerpo, la voz, el gesto y la presencia como componentes inseparables del discurso musical. La práctica performativa se convierte así en un espacio de pensamiento, donde las fronteras entre interpretación, composición y escenificación se desdibujan en favor de la interdisciplinariedad y de formas de creación compartida.
Entiendo al intérprete extendido como aquel cuya práctica se despliega más allá de la ejecución instrumental, incorporando como parte constitutiva de la interpretación la mediación tecnológica, la dimensión visual y la gestualidad escénica. Esta extensión no se limita a un aumento de capacidades técnicas, sino que implica una redistribución de funciones entre cuerpo, instrumento e imagen. A menudo, el gesto transforma la percepción del sonido, la tecnología condiciona la presencia física en escena y el vídeo introduce un desdoblamiento performativo que obliga al intérprete a habitar simultáneamente varios planos escénicos. Esta condición expandida convierte al intérprete en un agente crítico capaz de intervenir en la construcción del discurso artístico, cuestionando desde dentro las relaciones entre medio, percepción e identidad escénica.

Figura 3. Estructura para el ambiente sonoro de Disappeared Quipu[s]. Fotografía tomada durante el ensayo para el estreno por el autor. Fundación Amelia Moreno, 2023.
Esta nueva manera de virtuosismo plantea importantes retos pedagógicos. La formación musical ha privilegiado históricamente el trabajo técnico-sonoro, relegando el cuerpo a un segundo plano. Sin embargo, la creciente presencia de la gestualidad y la tecnología en el repertorio contemporáneo hace evidente la necesidad de una preparación específica. Desde esta perspectiva, familiarizarse con determinados dispositivos, programas y controladores, junto con el trabajo del movimiento, el desarrollo de la conciencia corporal y el aprendizaje de cómo habitar el espacio escénico, se convierten en competencias fundamentales para el músico actual.
Para muchos intérpretes que trabajamos de manera habitual con este tipo de repertorio, la práctica musical implica hoy enfrentarse a exigencias que van mucho más allá del dominio tradicional del instrumento. Cada obra nueva demanda, con frecuencia, aprender a tocar de una manera novedosa (no sólo descubrir y añadir a tu lista de destrezas nuevas técnicas extendidas), incorporar otros instrumentos, combinar técnicas instrumentales con acciones corporales o coreografías, y manejar materiales tecnológicos que forman parte del discurso artístico. A ello se suma la necesidad de mantener un alto nivel de control técnico en el sentido más tradicional, al tiempo que se permanece en un proceso constante de investigación y aprendizaje de lenguajes que, en muchos casos, son específicos de cada obra.
En este contexto, la noción de virtuosismo heredada del siglo XIX -centrada en la exhibición de destreza instrumental y aun fuertemente presente en determinados ámbitos- parece quedar progresivamente desplazada por otras formas de excelencia interpretativa, no menos exigentes desde el punto de vista técnico o musical, pero más ligadas a la capacidad de adaptación, a la reflexión crítica y a la integración consciente de cuerpo, sonido y tecnología en la experiencia escénica contemporánea.
La pregunta que da título a este texto -si el intérprete extendido es el nuevo virtuoso- no busca una respuesta definitiva, sino abrir un debate. Lo que parece claro es que, en la música de nuestro tiempo, la excelencia interpretativa ya no puede medirse únicamente por lo que se oye. El cuerpo del intérprete, lejos de ser un mero soporte, se ha convertido en un lugar lleno de significado. En ese cruce entre sonido y gesto, en un contexto atravesado por la tecnología, la escena y la interdisciplinariedad, el músico actual encuentra no solo nuevas exigencias, sino también nuevas posibilidades expresivas.
Referencias
Álvarez, S. (2020). La música en el siglo XXI: Nuevas perspectivas y desafíos. Círculo Rojo.
Bernal, A. (2020). La obra musical en la época del iconocentrismo. En P. Alcalde & M. Hervás (Eds.), Terremotos musicales (pp. 13-24). Editorial Antoni Bosch.
Dalcroze, É. J. (1920). Rhythmic Gymnastics: The Basis of Education by Movement. G. Allen & Unwin.
Galiano, J. (2017). El gesto en la dirección musical. Editorial Síntesis.
Levaillant, D. (1998). La musique du geste. Éditions L'Harmattan.
Lizarazu González, H. (2018). Extended performer: evolución y cambio de rol del intérprete musical: hacia una música expandida. Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas 14 (1): 115-127. http://doi.org/10.11144/javeriana.mavae14-1.epey
Peñalba, M. (2010). Nuevas relaciones gestuales del intérprete. Revista Trans, 15, 1-14.
Tsay, C.-J. (2013). Sight over sound in the judgment of music performance. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(36), 14580-14585. https://doi.org/10.1073/pnas.1221454110
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