Nos ocupamos en esta ocasión de una artista multifacética, Alba Morín. Presente en la improvisación, el documental, la performance, la fotografía, la poesía,  además de otras facetas caracterizan una personalidad muy especial que entiende el arte como una forma de expresión abierta. Conversamos con ella y mostramos muchos de sus trabajos, algunos de ellos muy premiados.

Sergio Blardony
7 noviembre 2024
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Alba Morín es un paragdima de la artista multidisciplinar. Improvisadora (violinista), cineasta -sobre todo en el plano del documental de investigación creativa-, performer, fotógrafa, poeta... y quizá todo lo que tenga que ver con la experimentación en el arte. Nacida en Ibiza y Licenciada en Filosofía, se ha formado también como musicoterapeuta y trabaja con grupos en el área de salud mental. Es decir, un ejemplo de inquietud hacia lo que hoy nos rodea y con la acción artística como vía de estar en la vida. Trabaja con múltiples artistas en diferentes ámbitos. Como improvisadora que es, ha realizado multitud de conciertos con grupos más grandes u orquestas de improvisación libre. Actualmente es muy importante su faceta en el cine documental, donde intenta dar una visión, a través del documento visual de cómo se va generando la creación y los procesos artísticos. Charlamos con ella e intentaremos dar una visión lo más objetiva posible de sus ideas sobre el hecho artístico actual.

1# | Tener o no tener

"Mi documental Tener o no tener, que parte de la pregunta que me rondaba ese año (2020) "¿por qué tener o no un hijx?"dura 90 minutos pero iba a ser un corto. Se fue de madre la cosa. Yo había realizado varias obras de videarte (o videocollages) y mi forma de trabajar es asociar unas imágenes con otras, viendo esas conexiones que funcionan en el proceso de montaje, juntando planos de forma bastante extática. La  improvisación libre la vivo con mucha intensidad también porque disfruto de tomar decisiones en el momento presente, muchas de forma inconsciente. El documental no se parece a ninguna pieza que hubiera hecho antes, pero he descubierto con él una manera de editar –componer- muy personal, conectando los diálogos entre las personas que forman parte creando un todo (un hijx) con vida propia. El nuevo documental en el que estoy trabajando ahora va también en esa línea: gente que reflexiona sobre un tema que les (y nos) interpela, y se van encontrando las conexiones necesarias que los unen, que nos unen."

Sergio Blardony: Me rondaba la pregunta que tú misma has esbozado en el comentario: ¿consideras la improvisación como una forma de trabajo que puede ser vivida desde cualquier espacio artístico? Háblame un poco de esto.

Alba Morín: ¡Por supuesto! En todos los ámbitos artísticos en los que trabajo necesito que haya un espacio en el que me pueda sorprender y crear algo desde ahí. A mí, en música, no me interesa mucho improvisar sola, me gusta improvisar con más gente –de hecho, en general, prefiero tocar con más de dos personas- y me he dado cuenta de que, aunque esté yo sola grabando, no tiene nada que ver con el ejercicio de estar sola con mi violín, porque al grabar imágenes que me interesan en diferentes sitios estoy improvisando con múltiples elementos de la realidad...infinitos. La música que sale de unx mismx, del propio instrumento, -tocando sola, me refiero- es también infinita pero ahí no hay tal choque con lo Otro. En poesía eso es diferente; en mi caso los versos salen de un lugar donde ese material estaba escondido y yo me encuentro con él, sale a la luz y cumple una función para mí. Tiene también mucho de improvisación, y también de trabajo de composición en el tiempo, en unos casos más que en otros. Pero ahí con quien trato de improvisar es con una parte de mí que me cuenta cosas que desconocía.

S.B.: ¿Cómo abordaste este proyecto?

Me gusta grabar yo misma lo que luego voy a editar -aunque en Tener o no tener también Roberto Gutiérrez grabó a bastante gente-, y para mí grabar es absolutamente un ejercicio de improvisación entre las imágenes, la luz, y cómo yo percibo lo que acontece a través de la cámara. En el caso del documental es aún más intensa esta vivencia porque se une la presión (que busco yo misma encantada) de ir decidiendo sobre la marcha las preguntas que voy haciendo, buscando siempre la naturalidad y que sea un diálogo vivo mientras estoy pendiente a la vez de aspectos técnicos, como que el plano esté funcionando bien, que no se vaya el foco, etc. Es una locura pero me encanta esa sobredosis de instante... que la encuentro también en la música a través de la improvisación libre. También me resulta una experiencia muy potente grabar planos que me encuentro –porque siempre me los encuentro, o estoy en la disposición de encontrármelos si voy a tal o cual sitio, nunca los busco- planos que muchas veces no van a parar a ningún sitio pero otras tantas acaban formando parte de alguna pieza en la que encajan, puede que años después. En estos casos para mí no deja de ser un diálogo con la vida recreándola, pero en el caso del documental, al entrar en juego las palabras y el discurso de otra persona que está ofreciendo generosamente su tiempo y sus ganas, y que su subjetividad está conformando la obra, siento mucha responsabilidad de encontrar las palabras justas sin que pierda inmediatez y verdad. En el fondo, lo que más me importa, a pesar de que el discurso es el hilo conductor de quienes aparecen en el documental, de por qué aparece tal persona en tal momento y no otra, es reflejar la vida en múltiples formas, y creo que eso se transmite porque, más que una grabación, se vivió como una conversación.

S.B.: Sobre lo que dices, en realidad con el hecho improvisatorio estamos buscando un momento preciso donde imaginamos una realidad que podemos mostrar al otro (y que consideramos que merece ser mostrada). La vuelta atrás, en una improvisación real, no sería posible…

A.M.: Más que buscar, como te digo, estoy abierta a que aparezca algo –tanto de fuera como de mí misma-, que se va esbozando o dejándose entrever y sobre lo que ir construyendo poco a poco algo más preciso (una idea visual, sonora, etc.). Aunque haya muchísimo de improvisación en las grabaciones, no entra todo lo que se graba (incluso –pocas veces- gente que se grabó no entró en la película porque no funcionaba en el conjunto, o no me convencía el plano). Esa elección de qué acaba finalmente entrando en el documental y qué no, y de qué manera, puedo relacionarla con la improvisación pero también con la composición. En el proceso de edición hay en mi caso mucho de improvisación porque hay muchas decisiones inconscientes fruto de la intuición, pero, también hay mucha prueba y error, y el límite de tiempo para terminar la obra me lo pongo yo. Cuando improviso con otros músicos... en realidad también hay prueba y error. Y creo que así debe ser, para que sea verdaderamente libre la improvisación libre. Aunque nada sea un error, solo cosas que funcionan mejor o peor.

S.B.: ¿Y en el montaje y la edición? El montaje parece que exige el rigor de lo formal, un hilo conductor, una visión clara de lo que tienes que hacer…

A.M.: La técnica sin duda es fundamental para poder contar mejor lo que quieres, pero es curioso que, con el violín huía de los ejercicios de técnica y la aprendía tocando obras que me gustaban, y con la edición, he aprendido los aspectos técnicos sobre la marcha para sacar diferentes obras adelante. La técnica es necesaria, pero yo tiendo a aprenderla cuando la siento necesaria -valga la redundancia-, para poder expresar algo. En el proceso de edición de vídeo –o de composición, de escritura- tienes todo el tiempo (en el mejor de los casos) para decidir qué finalmente quieres contar, y solo es cuando ha pasado un tiempo, cuando vuelves a ver, escuchar, releer, cuando vuelves a ver “errores”. Creo que los errores son parte de la vida, y a mí, como espectadora cuando voy a un concierto de improvisación libre, me gusta ver gente que arriesga y se atreve a encontrarse abiertamente con discursos propios y ajenos.

S.B.: Cuando compongo, muchas veces estoy trabajando con el caos, con lo azaroso, con una electrónica que varía muchísimo en función de un procesamiento u otro y va a condicionar lo que ha ocurrido y lo que va a ocurrir. Lo que pasa es que, al final, todo acaba en papel (o en el audio de la electro que lo acompaña), casi siempre bien fijadito. En el montaje de una película supongo que también se dan decisiones no tan meditadas, y que responden a impulsos. Imagina: un corte se "ha colado" entre otros en la edición y, de repente, esto supone la responsabilidad de que, al tiempo que te gusta, ha sido azaroso e incluso tú lo has podido mover para ver que pasa (ahí empezaría la improvisación, en ese movimiento).

A.M.: Esto me ha pasado algunas veces, en piezas de videoarte (o algo parecido). Planos que acabaron colándose en sitios en los que probablemente o no con tal o cual transición o retoque de color, etc. El videoarte también en mi caso hace más fácil ese juego del azar porque me gusta probar cosas de forma muy visceral y un poco a lo bruto, como el impulso de pintar un lienzo sin pensar en qué va a salir.
Con el documental, como te digo, siento mucha más responsabilidad, pero no me preocupa en absoluto si algo ha llegado a un lugar de forma azarosa. Además de por el documental y la gente que forma parte, tengo mucho respeto por el azar. Me ha pasado: algún plano sin querer se me movió y funcionaba mejor así. No tengo claro si la impro empieza en el movimiento prueba-error, o si algo se cuela por azar. O simplemente desde que abres el programa de edición.

2# | Parcas

"Parcas es un trío formado por Luisa María Álvarez Armesto al arpa, Mariana Carvalho al piano, y yo misma al violín. Aunque llevamos tiempo sin tocar (Luisa María vive en Bruselas, Mariana en Berlín y yo en Madrid), es un proyecto muy único que tenemos que seguir desarrollando, porque las tres tenemos muy presente el papel del cuerpo en escena y nos metemos fácilmente en un ámbito más performático y surgen ideas entre nosotras con mucha facilidad. El nombre de Parcas surgió porque Mariana utiliza el hilo en sus performances sonoras experimentando con la vibración, y nos acordamos de las tres Parcas o Moiras de la mitología griega. Las tres trabajamos con cuerdas en nuestros instrumentos de una forma poética que va más allá del sonido."

S.B.: Fíjate que esto que comentas me ha recordado un proyecto que hicimos en 2012 con música, poesía y escena que utilizaba precisamente hilos alrededor de una estructura cuadrada llena de hilos en todas direcciones por donde se movía una actriz que los manipulaba en una coreografía medida (enredándose en ellos, soltándolos, estirándolos…), al tiempo que iba diciendo los textos. Sin embargo, el trabajo de montaje –que afortunadamente fue muy extenso- sí tuvo un carácter muy improvisatorio, aunque después fuera fijado. Fue idea de la artista visual Marta Azparren (que seguro que conoces), y que se le ocurrió esta idea escenográfica que es uno de los proyectos de los que estoy más contento. Esto lo digo porque el hilo es una representación del vínculo pero también, en su ruptura, de la pérdida, de la muerte si pensamos en las diosas griegas: del destino, al fin y al cabo. Y esto da muchísimo juego. En las Parcas, creo que está también esa decisión del destino: una hila, la otra mide el tiempo de la vida y la tercera decide cómo será su muerte. Cuéntame un poco cómo habéis llevado todo esto y, sobre todo, lo que decías, más allá del sonido.

A.M.: ¡Me hubiera encantado verlo! Con Parcas surgen momentos muy delicados y sutiles y momentos muy explosivos, simbólicos y cargados de tensión. Las cuerdas vibran de un modo muy particular en este proyecto y los cuerpos son también instrumento, el instrumento extensión de los cuerpos, que se conectan a través del hilo. Aunque Mariana trabaja mucho sola con el hilo y el piano, en este caso la intervención con él es grupal. A veces lo enredé con el violín y nuestro cuerpo, creando una imagen muy intensa que también se reflejaba en el propio sonido que salía y que parecía el mismo violín queriendo huir de la situación. Me gusta mucho la sensación de poder jugar y experimentar en plena actuación y, sobre todo, cuando no hay nada preparado o se acaba haciendo algo que no se parece nada a lo acordado. Con ellas he sentido esa libertad. Se puede ver lo que hacemos en el enlace una improvisación que hicimos en el Aula de Músicas en Madrid en 2019.

S.B.: Como te decía antes, nosotros tuvimos un tiempo precioso (nunca he tenido un tiempo tan extenso para montar algo) para trabajar. Aunque lo que te he contado tenía un resultado muy preciso (o bastante, porque también había improvisación), se podría decir que era una obra escrita. Sin embargo, con la improvisación o la performance, siempre se entiende que son gente que llega a un sitio y se pone a hacer algo que –aunque sepa hacerlo- no tiene preparación. ¿Hay realmente preparación?

A.M.: En general creo que no se pone en valor en el ámbito de la performance el momento en el que una idea nace: no suele haber espacios en los que el público pueda ver ese proceso que surge a través de una improvisación, sino que las performances se muestran cuando ya se han pulido, tanto las ideas como el trabajo corporal con los objetos. En música el público disfruta la improvisación libre y entiende que la/el improvisadorx experimentadx lleva mucho trabajo encima para poder hacer lo que hace, pero no entiendo por qué no ocurre nada parecido en performance. En la improvisación, ocurre generalmente que es algo privado que no se debe aún mostrar, es un momento necesario para llegar a otra cosa, a la obra final, terminada. Creo que el momento en el que nace una idea visual es de una belleza enorme, que incluso algo se pierde cuando se va perfeccionando el trabajo aunque por supuesto gane en su conjunto con la ejecución más elaborada. Considero necesarios más espacios de libertad para mostrar los procesos en performance y poner en valor esa creación con las ideas visuales, con los objetos –pueden ser los propios instrumentos y los materiales que ya hubiera en la sala en que tocamos-, involucrando o no el aspecto sonoro. En este caso, con Parcas, con la confusión cuerpo-instrumento-sonido las dimensiones de escucha y de creación se amplían. La vibración se amplifica a través de los cuerpos... y los sentidos también.

Es curioso que volví a utilizar el hilo en una performance que propuse para intentar salvar de la tala un parque de mi barrio, Palos de la Frontera…

S.B.: No estuve (lo siento, no pude) pero sí recibí mucha información sobre estos actos y esa reivindicación tan justa…

A.M.: Participó mucha gente, vecinxs del barrio, después de una manifestación, para conectar todos los árboles con un hilo rojo sangre: era un modo de decir que personas y árboles éramos parte de lo mismo, la misma vida, y que nos estábamos defendiendo. Después varios poetas leímos allí poemas relacionados con los árboles. Finalmente el Jardín de Palestina, que así se llamaba, se salvó. Nunca sabremos qué parte tuvo que ver esta acción. Ahí me di cuenta, junto con otras acciones relacionadas el verano pasado (2023) por los mismos motivos, de que me mueve que el arte de acción tenga un poder transformador real y con un alcance que vaya mucho más allá del placer (o no) visual. En música, sin embargo, me basta con que esa intensidad se limite a lo que dura el concierto.

S.B.: Eso fue que la última parca no cortó el hilo de la vida… por lo menos todavía… La acción política está en el arte, y creo que seguirá estándolo. Esperemos.

S.B.: Una cosa, al hilo de lo que decías sobre que lo más privado, la idea inicial de donde puede partir una improvisación, nunca se muestra. Siempre está mediada por el montaje. Eso es componer. Sin fijar en una partitura pero componer al fin y al cabo. Cuando trabajo con electrónica es exactamente así. Pero creo que es un asunto irresoluble porque no puedes dar al público algo que sólo el azar hace que sea algo valioso. El riesgo –permíteme que lo diga así de crudo- es lo que hemos llamado desde hace mucho tiempo “improvisación libre”, y eso está en las manos de muy, muy pocos; e incluso, esos pocos, también podían fallar…

Ya como pregunta final: ¿Cómo ves este asunto? ¿Crees que estamos tan lejos los compositores (sobre todo los que trabajan de forma intensa con los intérpretes) de los improvisadores?

A.M.: Creo que un improvisador puede salir a dar un concierto y no sentir riesgo porque no arriesga nada si hace lo que siempre hace. Tal vez cuando algo “falla” se abre una posibilidad para improvisar y sentir riesgo de verdad.

S.B.: Pero ese es uno de los problemas de la improvisación –desde mi punto de vista-, que en ese “hace lo que siempre hace” que comentas, hay muchas veces demasiados patrones o clichés… Conste que no estoy atacando a la actividad improvisatoria, no hay más cosas que los clichés y los modos ya manidos. Pero sí, en la experiencia (quizá lo escucho de forma equivocada), hay gente que sale –gente con mucho prestigio- y te da la impresión de que siempre hace lo mismo, a eso me refería. Insisto: hay compositores que también hacen lo mismo siempre, no esto confrontando modelos sino intentando encontrar el porqué nos basamos quizá demasiadas veces en los mismos modelos. Algunos llamarían a esto “estilo”.

Y sobre que el compositor tiene la posibilidad de crear algo más arriesgado en un momento dado, no sé si estoy muy de acuerdo. Tenemos casi todos las mismas posibilidades (me refiero a los campos artísticos). Un compositor con una buena técnica y gran imaginación no tiene por qué tener más opciones de riesgo que un improvisador con las mismas características…

A.M.: No entiendo bien el papel tan importante que le das al azar... lo tiene, pero creo que en lo que llamas azar yo también incluiría, o lo llamaría, trabajo inconsciente de creación.

S.B.: Quizá me he expresado mal. Me refiero, más que al azar, a ese momento mágico donde, de repente, ha ocurrido algo nuevo, algo que te conmueve y no sabes por qué. Aunque sea un momento fugaz (luego viene el juicio sobre el conjunto), el oyente, en el caso de la improvisación sonora, capta algo que le abre una ventana, una luz. Y eso no es nada fácil y probablemente no se logra en un montaje (o sí). El compositor tiene la ventaja de que puede escribir quizá con mayor precisión algo que haya ocurrido en un montaje y haya detectado que puede constituir ese momento mágico. Es complicado.

3# Improvisaciones con video y performance sonora (Diferencias improvisación-Composición)

"Como venimos hablando, cada vez me resulta más difícil trabajar solo con el aspecto sonoro y desvincularlo de lo visual (no me refiero necesariamente a la presencia o el gesto, sino también a lo audiovisual). En la performance sonora en P.E.P.A. (Pequeño evento de Performance Art), el proceso creativo fue muy diferente a como suelo trabajar: quizá es la vez que más composición ha habido (en lo visual, no en lo sonoro). Iba añadiendo finales que poco a poco conformaban la idea. Me pareció interesantísimo hacer ese trabajo pero también creo que donde realmente me siento cómoda y disfruto es improvisando. Podría probar en algún momento a componer algo que saliera de improvisaciones (no sé por qué no lo hago, de hecho). Con el cine, como te digo, eso sí me motiva. Creo que es porque vivo la improvisación como algo que hace una función de descarga y disfrute del presente. Quién sabe si más adelante me dé por la composición... ¡ahí te podré responder mejor!

Cuando me han encargado tocar sobre alguna pieza de vídeo –por ejemplo sobre la obra Meshes of the afternoon de Maya Deren en el ciclo “Unseen Zinema”, o en uno de los Retratos en mi ventana de Ana Matey, el propio proceso de creación de la música creo que va marcado por cómo es en muchos aspectos la obra con la que tienes que trabajar. También, desde luego, si se trata de grabar esa música o tocarla en directo mientras se proyecta. En realidad en ambos casos: primero hay un trabajo de ver qué sensaciones te transmiten cada momento de la pieza escuchándola sin sonido, y no sabría decirte si puedo oír en mi cabeza algunos sonidos en ese momento o necesito estar con algún instrumento mientras veo la pantalla. Creo que, como improvisadora, tiendo más a “entrar” directamente en las imágenes tocando encima, y en mi caso no cambió demasiado que tuviera que grabarlo o tocar en directo: tenía un esquema abierto de cómo tenía que sonar cada parte a grandes rasgos, pero siempre me sorprendo tocando cosas nuevas incluso si tenía en mente tocar algo que ya había probado y funcionaba. En los dos casos de los que hablo los planos eran más poéticos que narrativos, y el proceso de meterte dentro de las imágenes y sentir cómo suenan, darles voz, es un experimento que recomiendo, entre la improvisación y la composición. Yo casi me atrevería a decir que no veo tanta diferencia entre ambas."

S.B.: Claro, aquí me hablas de un contexto audiovisual, que cambia enormemente las cosas. A mí también me pasa que la presencia de algo que tiene una narración (la que sea, puede ser totalmente abstracta), te va conduciendo hacia una especie de –diría yo- un juego de extremos: por una parte, pegarte a ellos de alguna manera; por otra, un rechazo a que se impongan. Esto me ha pasado a veces, no siempre, pero creo que es algo a tener en cuenta. Y una pregunta que me pasa por la cabeza últimamente en demasiadas ocasiones. ¿No crees que estamos abusando algo de lo visual y lo sonoro está quedando como un fondo “necesario” pero que no acaba de encontrar esa fusión a la que aludes?

A.M.: Totalmente. Está tan de moda la interdisciplina y el exceso de estímulos... A veces lo que se encuentra en este tipo de improvisaciones y obras transdisciplinares es que una acompaña o ilustra o se adapta a la otra, en vez de ser un verdadero baile o diálogo. La música debería ser presencia en sí misma al margen de que se encuentre o no con otras artes.

S.B.: Hay un aspecto que me intriga y del que me gustaría preguntarte aunque tiene mucho de reflexión propia: en sobre el teatro, también en el más alternativo, aunque voy más hacia al llamado “de texto”. Tradicionalmente, en los créditos –salvo raros casos- se indica siempre “diseño sonoro: fulanito”. Desde mi punto de vista, en realidad son músicos o artistas sonoros (no sé si hay demasiadas diferencias ahora, aunque esa sería una cuestión para otra entrevista), algunos muy buenos, que procuran mover la obra en la dirección que al director le interese, incluso con intervenciones muy breves. Y siempre me he preguntado: ¿por qué se da tanto valor a esta faceta artística en el teatro, y tampoco al que la realiza, cuando se podría experimentar muchísimo en este campo? A mí, además de teatro musical al uso (lo que algunos algo retrasados siguen llamando “ópera” o, como mucho “ópera de cámara contemporánea”), me encantaría trabajar en un montaje de teatro donde el sonido tuviera un papel fundamental y muy ligado a una dramaturgia, un vestuario, la iluminación, una coreografía, por supuesto, el texto… (incluso figurando como “diseñador sonoro”). ¿Cómo ves esto desde la impro? ¿Piensas que se podría hacer algo así en el campo del llamado teatro de texto (entiendo que en el campo de las llamadas ahora “artes vivas” ya se hace)?

A.M.: En realidad, no tengo mucha experiencia en teatro. En dos ocasiones participé con el violín y en ambas improvisaba: la primera en 2013 en un montaje adaptado de La metamorfosis de Kafka que no tenía texto, y a través de mi música se expresaban las sensaciones y emociones de Gregorio Samsa mientras se retorcía en escena. La segunda fue hace dos años en una obra llamada Lo_Cura que dirigió Rocío Herrera, en la Sala Pradillo. Allí interpreté un personaje, lo disfruté mucho. Cuando intervenía con el violín también daba sonido a una escena en la que una enfermera de la planta de psiquiatría de un hospital se ponía a bailar con un paciente con mutismo. El violín no solo era la banda sonora de ese baile sino que se podía interpretar como que era la propia energía sonora que surgía del encuentro entre los cuerpos, de un modo parecido a la idea del montaje de La metamorfosis. La música improvisada como extensión en otro plano de los cuerpos en escena me parece un tema interesante que quiero seguir explorando, en performance, y, por qué no, en teatro. Me molesta bastante ciertas visiones cerradas de lo que debería ser una performance. Creo que es interesante que ambas disciplinas puedan acercarse más, y el sonido puede ser también un vehículo para romper los límites de la representación y del texto.

S.B.: Pues creo que estamos bastante acuerdo en esto último. Muchísimas gracias por tu tiempo, ha sido una charla muy agradable y enriquecedora.


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