s difícil no pensar en el presente cuando se ve la nueva producción de Nabucco de Verdi que acaba de estrenarse en el Teatro de la Maestranza de Sevilla que dirige escénicamente Christiane Jatahy. El coro parece sacado del propio patio de butacas. Bueno, más que del patio, de la calle. De esos sevillanos a los que no les llega el salario o el subsidio nada más que para sentarse solo, sola, con los amigos o con la pareja al borde del Guadalquivir. Tal vez, con una lata de refresco o de cerveza, un helado o una bolsa de patatas fritas, traídas de casa o compradas en un chino o en un super.

Antonio Hernández Nieto
18 junio 2024
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Es ese coro del que se ve salir a los personajes principales de esta ópera a cantar. La masa como madre de aquellos que han de gobernar. Por supuesto que en esa masa, fiel a la diversidad, hay negros con su pelo a lo afro y con sus rastas. Blancos con apariencia y gustos en el vestir parecidos a los que se usan en el este de Europa. Mujeres que se cubren el cabello y visten recatadas como si fueran musulmanas. Y, por supuesto, hombres y mujeres, la mayoría, que se parecen a los que predominan en las calles alrededor del teatro y en el propio teatro.

Personas de apariencia melancólica que cantan ¡Vuela, pensamiento […], el famoso Va pensiero. Dejando que su pensamiento vaya hacia a esa tierra que dejaron atrás y que de alguna manera tienen mitificada. En el caso de los hebreos de la ópera, forzados por los babilónicos, el poder de su momento. En el caso del coro que ha creado Jatahy, seguramente los poderes económicos y/o políticos.

Un coro, una masa, de la que el público forma parte al ser subido a escena de manera muy particular. Mediante unos espejos que colocados al fondo del escenario refleja toda la sala del teatro, además de servir para ofrecer unas imágenes impactantes. Como cuando se refleja la gran falda de una de las cantantes, adquiriendo apariencia de un gigantesco rosetón de un grandioso templo o palacio de aquella época.

Unos espectadores que en varios momentos de esta producción estarán acompañados por componentes del coro, e incluso por los cantantes, que aparecerán sentados a su lado, para su sorpresa, o bajan al patio de butacas a cantar.

La directora busca una identificación entre el público y ese coro diverso. Su intención parece ser el decirles que esto no habla de un tiempo pasado, batallas históricas, conflictos de otro tiempo. Habla del presente de los asistentes a la función. No se es un clásico si no tiene presente, si no es contemporáneo.

Habrá quién se pregunte qué presente tiene la historia de la persecución del pueblo hebreo y la destrucción de Jerusalén por los babilónicos. Qué tiene que ver este conflicto excepto el ser un dato histórico.

Pero en esa actualización de vestuario y de espacio escénico, es difícil no ver que donde hubo hebreos desplazados de su territorio por la guerra y asentados en lugares lejos de sus casas, ahora hay desastres humanitarios con grandes desplazamientos y la aparición de los campos de refugiados. Campos pensados para la temporalidad que las circunstancias actuales están convirtiendo en permanentes.

Y que esos conflictos se deben a formas de ejercer el poder. Un poder basado en la fuerza y ejercido a la fuerza. Nabucco destruyendo a los hebréos. Zaccarías, el sumo sacerdote hebreo chantajeando a Nabucco al tener secuestrada a su hija pequeña, Fenena. Abigaille, la hija mayor de Nabucco, usurpando el trono con mentiras, la de su origen, pues es hija de una esclava, y la de la muerte de su padre.

Un mundo de guerra, destrucción y represión en el que sucede la vida. La vida no es otra cosa que el amor por otra persona, el diferente. Que aparece y fructifica en cualquier lado. Que no entiende de diferencias ni de fronteras.

En este caso, el de Fenena, la princesa babilónica, por Ismaele, el guerrero hebreo que la custodia. Un amor por el otro que como siempre es una fuerza transformadora. Capaz de convertir en iguales a los diferentes.

Algo que el poder de la fuerza y a la fuerza no permite. Pues toda transformación supone cambio y todo cambio supone cambio de poder y de su ejercicio. Y, los poderosos, como Nabucco están ensoberbecidos. Tanto que se creen dioses, nuestros dioses, y piden ser no solo obedecidos, sino adorados.

Pero ojo, que ese poder dimana de un pueblo. Sale del coro. Y de esa masa de público que se ve reflejada en el grandísimo espejo que ocupa el escenario. Un público que tiene la sensación de que canta con el coro cada vez que este ocupa el patio de butacas y la platea.

Coro que no lo hace mal, y que, siguiendo las indicaciones del director musical, alarga suave y susurradamente el final de “Va pensiero”. Aunque no llega a provocar ni emoción ni la intensidad en el público, siendo de lo menos aplaudido del espectáculo, cuando los espectadores se han mostrado dispuestos a aplaudir casi cada número durante la función.

Y, es que por mucho que digan las críticas locales, más focalizadas en analizar las voces que otra cosa y en desdeñar el montaje por moderno (¿quizás también por político?), el elenco tiene las cualidades necesarias para cantar esta ópera en el Maestranza y en cualquier otro gran teatro que se lo pida. Al menos el primer reparto que es al que pertenece esta crónica. Cosa que hacen con solvencia actoral.

Interpretes a los que acompaña una orquesta de la que uno se olvida por lo bien que suena bajo la dirección del director musical Sergio Alapont. Dotando a la producción de la alegría y la ligereza del bel canto a pesar del tema que trata. Una orquesta que no reclama la atención por encima de todo, sino que se hibrida con el resto del espectáculo, de una manera que cuesta separarlos para analizarlos.

Quizás lo más flojo sea el coro. Es bueno, pero hay algo que no les deja traspasar esa barrera que supera la proyección de sonido y la técnica vocal para convertirse en otra cosa, en un no sé qué en el oído de quién los escucha. El ejemplo, como ya se ha dicho es el “Va pensiero” que ni si quiera es capaz de atrapar en el bis que se añadido al final del espectáculo.

Después de todo esto, ¿con qué quedarse de esta nueva producción? Con lo más importante. Lo que siempre tuvo esta ópera. Su dimensión política que tan bien ha sabido trasladar Jatahy y su equipo a nuestra contemporaneidad, más allá del uso de la hipervigilante tecnología y la steadycam.

Si en el pasado, esta ópera fue adoptada como la ópera que cantaba a la unión de una Italia que fragmentaban y explotaban los distintos emperadores y reinados europeos, ahora se muestra como la ópera que canta a la unión de la raza humana en su diferencia y diversidad, a la que arruina y explota los líderes de un capitalismo salvaje y conflictivo.

Unos humanos que debería aprender a elegir a sus líderes. Y unos líderes que deberían basar su gobierno en el poder del amor, antes que en el poder de la fuerza. Puede que tras las elecciones europeas muchos vean oportunismo en el montaje, donde los discursos imponerse por la fuerza van ganando posiciones, urbi et orbi, no solo en Europa. Pero esta producción fue estrenada en 2023, hace un año. Es lo que tienen los buenos artistas, tienen visión. Y saben contársela al público de una forma que puedan entenderla.

Una vez dicho esto, ya queda en su terreno el qué hacer con lo que han visto y oído. Llevarse esa obra artística puesta. Y decidir, como parte de coro que es, qué tipo de poder quiere promover o favorecer. El poder del amor o el poder de la fuerza. Cada uno de ellos puede dar el do de pecho, pero la tonada va a ser muy diferente.

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