La muestra, comisariada por Bernat Cabré y Helena Martín-Nieva, profundiza en la vida, obra y legado intelectual de uno de los compositores catalanes más singulares y poco conocidos del siglo XX

Barcelona, 4 de febrero de 2026.— Esta mañana, el Museu de la Música ha acogido un encuentro-desayuno-coloquio en torno a la exposición Josep Cercós. Rara avis, que puede visitarse desde el pasado 26 de febrero hasta el 17 de mayo.
La sesión ha estado a cargo de Bernat Cabré, comisario junto con Helena Martín-Nieva de la exposición y de la conmemoración oficial del centenario del nacimiento del compositor, y de Jordi Alomar, director del Museu de la Música-Centro Robert Gerhard, con la participación del actor Jordi Jané, que dio voz a un fragmento literario dedicado al músico. Jané leyó un pasaje de la novela Los ojos de los hombres mentirosos (Editorial Comanegra), de Jordi Coca, en el que se recrea, en clave de ficción, una escena protagonizada por Josep Cercós y que a su vez ofrece un retrato fiel del carácter, la intensidad y la complejidad humana del compositor.
El encuentro ha querido ser un espacio distendido pero riguroso para profundizar en una figura clave y todavía poco conocida del panorama musical catalán del siglo XX.
¿Quién fue Josep Cercós?
El genio incómodo
Josep Cercós i Fransí (Barcelona, 1925–1989) es una de las figuras más relevantes y, al mismo tiempo, más invisibilizadas de la música catalana contemporánea. Pianista excelente y compositor de una extraordinaria ambición intelectual, su trayectoria estuvo marcada por una doble incomodidad: política y estética.
Incomodidad política: el silencio
Cercós fue un declarado antifranquista en un contexto en el que muchos creadores optaban por la discreción o el silencio. Colaboró con la revista resistente PRESENCIA de Girona, formó parte del núcleo de izquierdas de la Enciclopedia Espasa-Calpe junto a figuras como José Corredor-Matheos y Ángel Carmona, y firmó cartas públicas contra el régimen.
En 1970 participó, junto a su compañera, la bailarina Carme Calvet, en el cierre de intelectuales de Montserrat contra el Proceso de Burgos. Esta postura le supuso evidentes dificultades de proyección pública y su exclusión de eventos como el Festival Internacional de Música de Barcelona organizado por Juventudes Musicales y el Ayuntamiento de la época.
Cuando Franco murió, Cercós tenía cincuenta años: su juventud y primera madurez habían sido, en gran parte, silenciadas.
Incomodidad estética: a contracorriente
Pero Cercós también fue una presencia fundamental, y también incómoda, dentro de los círculos vanguardistas.
En 1956 se convirtió en el primer compositor catalán en formarse con la vanguardia europea en Gravesano (Suiza), estudiando con figuras como Luigi Nono y Hermann Scherchen. Posteriormente viajó a París y Ginebra, situándose en la primera línea de la modernidad musical.
Sin embargo, a finales de los años sesenta se distanció abiertamente de la deriva vanguardista. Para Cercós, la música no era un juego: era una manifestación inteligente, profunda y radicalmente seria.
Gran admirador de la tradición germánica —de Bach a Brahms, de Chopin a Hindemith y Scriabin— Cercós intentó integrar tradición y modernidad en un lenguaje propio. Su obsesión era establecer un sistema personal de composición, un sueño que le acompañó hasta el final.
Su Sonata en si menor para piano es considerada una de las piezas más sólidas y relevantes del piano catalán del siglo XX. Al mismo tiempo, escribió música incidental vinculada al ballet —impulsado por Carme Calvet— como La utilidad de las flores, Piano-ballet o Escenas de un circo, que revelan una faceta más lírica.
La exposición: objetos, contexto e intimidad
La exposición Josep Cercós. Rara avis propone un recorrido que va mucho más allá de una simple cronología. En palabras de Bernat Cabré, comisario junto a Helena Martín-Nieva y sobrino del compositor, en la muestra se puede encontrar “todo un repertorio de objetos relacionados con su vida y su proceso creativo como compositor e intelectual. Programas de mano originales, manuscritos de partituras, artículos publicados por él mismo, discos y grabaciones dialogan con obras de arte estrechamente vinculadas al compositor”.
Entre las piezas destacadas se incluyen un Tàpies original y un Modest Cuixart recientemente aparecido, así como un manuscrito de una sinfonía milagrosamente salvado por Joan Brossa, después de que Cercós, enfadado, lo hubiera arrojado a la papelera.
El conjunto se articula cronológicamente, especialmente en lo que respecta a su evolución estética, e “incorpora ejes transversales fundamentales: su compromiso político antifascista, su labor como intelectual y divulgador, y la relación con otras disciplinas artísticas, especialmente el teatro y el ballet”.
La exposición incluye también una cápsula que recrea su ambiente íntimo —la mesa de trabajo, la máquina de escribir, los cuadernos— permitiendo al visitante acercarse no solo a la obra, sino a la persona que había detrás.
El recorrido se completa con un reportaje audiovisual realizado específicamente para la ocasión por Carme Puche, que dialoga directamente con el contenido expositivo y amplía la mirada sobre el compositor.
Una oportunidad para redescubrirlo
Enmarcada dentro del Año Cercós, la muestra representa una oportunidad excepcional para redescubrir a un creador que nunca buscó la comodidad ni el reconocimiento fácil. Su coherencia radical —política y estética— lo dejó a menudo al margen, pero es precisamente esta integridad la que hoy lo convierte en una figura fascinante e imprescindible en la historia reciente de la música en Cataluña. Paralelamente a la exposición, se desarrollará un programa de actividades a cargo de los comisarios junto con especialistas invitados.
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