El texto reflexiona sobre el diagnóstico del Trastorno del Espectro Autista (TEA) desde una mirada crítica y personal, cuestionando sus límites biológicos y sociales. A través de la investigación artística y la escucha, propone entender la “neurodiversidad” como una riqueza humana y no solo como patología, explorando las “sensibilidades extrañas” que todos compartimos más allá de categorías diagnósticas.

“Ser una persona significa no estar nunca seguro de lo que eres”
Tim Morton, El pensamiento ecológico[1]
Este escrito se presenta como una revisión del texto Amplificar la duda: exploraciones mediales sobre las sensibilidades extrañas, investigación artística parte del proyecto final para obtener el grado de Magíster en Artes Mediales de la Universidad de Chile.[2]
La investigación inició al haber recibido un diagnóstico tardío de Trastorno del Espectro Autista (TEA). Si bien muchos de estos rasgos me hicieron sentido, por lo que hasta hoy sigo una terapia ad hoc para lidiar con las dificultades que este diagnóstico conlleva, desde su aparición he mantenido escepticismo en torno a él. No porque crea que no exista o que sea erróneo, sino porque creo que es un concepto incompleto y altamente susceptible a condiciones materiales, históricas y sociales. A continuación, relataré parte de estas problemáticas y cómo la investigación artística y la escucha me permitieron navegar la complejidad que subyace a los diagnósticos de salud mental.
Actualmente el TEA es definido como un trastorno que afecta el neurodesarrollo, esto genera déficits en la interacción social, la comunicación y una tendencia a la realización de conductas repetitivas[3] . Es decir, tiene orígenes biológicos, ya que las redes neuronales tienen una variación en torno al cerebro “normal” desde fases embrionarias por causas genéticas, y se manifiesta muchas veces en dificultades en el lenguaje hablado y problemas para desenvolverse en entornos sociales. Las conductas repetitivas aparecen como falta de flexibilidad ante la alteración de las rutinas, llevando a que los intereses personales se manifiesten profundamente. Esta definición es validada por la Asociación Americana de Psiquiatría (American Psychiatric Association, APA), quienes en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and statistical manual of mental disorders, DSM-V) de 2013 indican que los rasgos deben aparecer en las primeras fases del período de desarrollo y afectar la vida social o laboral, siempre y cuando no sean casos de discapacidad intelectual[4] . Además, la percepción se ve alterada, ya sea como hiper o hiposensibilidad. Es común encontrar a personas TEA con dificultades para tolerar ciertos sonidos, y que al mismo tiempo tarden más en reconocer estímulos de dolor físico. Estos rasgos varían de persona a persona, por lo que en cada caso se pueden detectar distintos tipos de alteraciones a la “sensibilidad sensorial”.
Cabe destacar que esta definición lleva muy poco tiempo, hace no muchos años aún se hablaba que el Síndrome de Asperger correspondía a un trastorno distinto del autismo. Esta separación fue desestimada en el DSM-V debido a que consideraba que la distinción entre el síndrome y el trastorno correspondía a sesgos de los evaluadores y no a diferencias biológicas.[5] Pese al consenso científico con el que cuenta la definición desarrollada anteriormente, aún quedan algunos puntos ciegos sobre qué es exactamente el autismo. En primer lugar, si bien se entiende que hay un origen biológico, radicado en el desarrollo neuronal y de características hereditarias, aún no se localiza alguna alteración específica que permita detectarlo. Se han estudiado cerebros de personas autistas y no autistas, sin encontrar diferencias sustanciales entre ellos[6] . Además, el hecho de que el diagnóstico considere características sociales, sugiere que hay aspectos que están lejos de poder ser controlados por el individuo. Que una persona tenga problemas en la comunicación con sus pares, ¿no haría preguntarnos si la rigidez está en los grupos sociales para integrar a otros y no en los sujetos individuales que no encuentran formas de incorporarse? La dificultad social podría no ser inherente, sino que contextual. Finalmente, en torno a la sensibilidad sensorial, y en un mundo donde los estímulos visuales y sonoros colman cada segundo de nuestro día, ¿no será que los cerebros actuales no dan abasto ante tanta información?
A medida que socializaba la investigación era habitual escuchar como pregunta “¿Y no será que todos somos un poco autistas?”. Pese a lo incómoda e ingenua de la pregunta, es real que podemos encontrar comportamientos extraños en cada uno de nosotros: rasgos de dificultades sociales, obsesiones y sensibilidades sensoriales alteradas. En esa línea, este proyecto busca explorar esa pregunta, pensando en compartir esas características extrañas y particulares de cada persona, independiente de si esos rasgos ameritan un diagnóstico. Para esto, trabajé con herramientas de escucha atingentes a mi práctica artística.
Para iniciar, me gustaría comentar ciertos aspectos históricos. Desde finales del siglo XIX y hasta los años 90 la conversación sobre los sujetos denominados como “extraños” estaba dominada por la psiquiatría. Emil Kraepelin, considerado el padre de esta disciplina, fue un investigador alemán obsesionado con dividir y clasificar los trastornos mentales, con foco en la “herencia, severidad, desarrollo e implicancias a lo largo de la vida”[7] . Se sugiere que éste estaba fuertemente inspirado en el trabajo de Francis Galton, creador de la Eugenesia: pseudociencia que buscaba el mejoramiento de la raza y que en su grado más extremo motivó los exterminios realizados por los nazis. Uno de los discípulos de Kraepelin, Eugene Bleuler, sugirió en 1911 el término “autismo” para referirse a uno de los cuatro síntomas de la esquizofrenia, y cuya investigación dio insumos a psiquiatras como Hans Asperger para que publicaran sus observaciones en la Austria dominada por los nazis[8] , las que conforman parte del cuerpo de lo que hoy entendemos por TEA. Hans fue parte de organismos simpatizantes con el régimen, y su trabajo ha sido recientemente criticado por su participación en la eutanasia de niños con trastornos mentales durante la guerra[9] . Este periodo es denominado como el del “paradigma patológico” por Robert Chapman, quien lo define como el momento donde se buscaba constantemente la categorización de los grupos humanos según sus habilidades mentales, y la búsqueda por potenciarlas en favor del régimen económico.[10] En ese sentido, lo patológico o anormal en una persona no tiene que ver con una cualidad inherente, sino con su relación con los entornos productivos.
Este paradigma patológico sigue vigente, pero también se ha solapado con uno de carácter político. En los 90 y gracias a internet, nerds y geeks, personas socialmente extrañas o diagnosticadas como autistas, asperger, depresivas y/o ansiosas comenzaron a encontrarse en foros de discusión para dialogar sobre su experiencia. Personas que anteriormente vivían condenadas al aislamiento, comenzaban a darse cuenta que no eran las únicas en ese estado, y que esa distancia no era tal si encontraban espacios donde sentirse cómodos. Esta comunidad que utilizaba a la tecnología cibernética como prótesis social, dio pie a que investigadores como Judy Singer y Harvey Blume propusieran cruces entre estas comunidades digitales y los movimientos por los derechos de las “minorías”. Singer, propuso el concepto de “neurodiversidad” en base a sus diálogos con Blume en su tesis de Licenciatura en Ciencias Sociales; publicado posteriormente en 2017.[11]
Este texto hace un paralelo con la biodiversidad, proponiendo que la variedad de cerebros y modos de pensar enriquecen a la sociedad. Dentro de este marco aparece el concepto de “neurodivergente” para denominar al sujeto anormal, en contraposición a un “neurotípico”, el que responde a los modelos circunstanciales de normalidad, o que carece de características ligadas a la discapacidad mental. En ese sentido, ella propone que debiera surgir un nuevo movimiento de derechos civiles que procure desarrollar una sociedad “ecológica”, donde no solo se preserve lo “natural”, sino que también la neurodiversidad se celebre y proteja.[12]
En una perspectiva política, Robert Chapman sugiere que la línea entre neurodivergentes y neurotípicos cambia constantemente en relación a las lógicas productivas, y bajo las condiciones de explotación dadas por el neoliberalismo. Cualquier persona aparentemente sana puede terminar dañada y llevada a la neurodivergencia,[13] en forma de depresión, ansiedad, crisis de pánico o burnout. En vía de resolver esta fractura, ciertas voces sugieren modelos integrados e interdisciplinares que consideren lo biológico, lo social y la experiencia propia de las personas.[14]
Las prácticas del arte sonoro, que parecen siempre navegar entre disciplinas sin adscribirse a ninguna específicamente, nos podrían ayudar a explorar este campo. En este caso, mis acciones de escucha fueron llevadas a un proyecto expositivo, del que daré cuenta a continuación.
Basado en prácticas del arte de la escucha, donde se invita a evidenciar que la experiencia auditiva de un artista es un objeto “tangible y digno de atención”,[15] me propuse a acceder al problema de la neurodivergencia desde el oír y de un enfoque no diagnóstico ni categorizante, considerando incluso a personas que no se conocen ni se identifican con ese concepto. Me interesa generar diálogo en torno a los gestos sin juzgar positiva o negativamente, sino que explorar esos rasgos que nos van conformando como persona. Para eso, sugerí el concepto de “sensibilidad extraña”; lo “sensible” surge inherentemente en las personas, quienes poseen percepciones y afecciones provenientes de sus entornos y experiencias. En el caso de “lo extraño” proviene del concepto strange strangers prestado de Tim Morton, quien sugiere que para entender lo humano deberíamos mirar tanto a nuestra relación con los extraños de ahí afuera como con nosotros mismos,[16] y que en este proyecto, busca conectar con esos gestos que no sabemos por qué, pero que tenemos y nos caracterizan.
Para la exposición,[17] las anotaciones fueron dispuestas aleatoriamente sobre un lienzo impreso donde los sujetos de las oraciones fueron reemplazados por un símbolo de punto medio (·), y además se eliminaron los espacios entre las palabras, conformando un texto denso y “ruidoso”, donde aparecen experiencias que buscan hacer al espectador resonar y generar preguntas sobre su distancia ante esos rasgos aparentemente extraños. Algunos fragmentos de las grabaciones también fueron reproducidos a través de ensamblajes construidos con discos duros hackeados, atriles de micrófono y lupas, los cuales proponían generar extrañeza sobre los medios que se emplean para acceder a estas memorias.
Un elemento fundamental en la muestra, y que buscaba ampliar la noción de lo sensible, fue la inclusión de una invitación a la entrada de la exhibición sugiriendo recorrerla en compañía de una pequeña piedra, las que fueron seleccionadas previamente según su tamaño y textura para que fueran cómodas para tomar con una mano. Teniendo en consideración que en las exposiciones se evita la manipulación o el tacto de las obras, mi objetivo fue invitar a las personas a que tuvieran este objeto en sus manos para canalizar aquella energía clausurada en estos espacios exhibitivos. En ese sentido, la piedra buscaba amplificar la pregunta por lo extraño en aquellos contextos donde nos movemos: ¿por qué recorrería una exposición con una piedra en la mano?
Si bien el proceso académico ya fue terminado, el proyecto aún sigue en curso. En este texto se incorporaron referencias que no fueron consideradas en el texto completo, y los procesos de escucha continúan, ya que al dejar de pensarnos como listas de rasgos que corresponden a categorías diagnósticas, sino que a considerarnos personas (con toda su complejidad y extrañeza), motiva a conseguir escuchando y observando atentamente a las sensibilidades extrañas de ahí afuera.

Invitación a recorrer la muestra con una piedra en la mano, 2024 Obra y registro fotográfico de Matías Serrano.

Bastidor con notas de escucha, 2024 Obra y registro fotográfico de Matías Serrano.

Vista general de exposición, 2024 Siete ensamblajes hechos con discos duros, atriles y lupas, y al fondo el bastidor con notas de escucha Obra y registro fotográfico de Matías Serrano.
Matías Serrano Acevedo
Es artista sonoro, nacido y radicado en Santiago, Chile. Magíster en Artes Mediales (2024) y Licenciado en Artes mención Sonido (2016), ambos de la Universidad de Chile. Co-gestor desde 2019 del sello Archivo Veintidós, y forma parte desde 2023 del Núcleo de Artes Sonoras del Departamento de Artes Visuales de la U. de Chile. En su práctica artística utiliza técnicas de fabricación electrónica, hackeo, prácticas de escucha y ensamblaje de objetos para reflexionar sobre la experiencia del sonido desde aproximaciones atmosféricas. Creó la Colectiva 22bits en 2015 junto a Bárbara Molina, y ha presentado su trabajo en diversos espacios, exposiciones y festivales en Chile y latinoamérica, además de haber publicado varios álbumes bajo el pseudónimo de “misaa”. Actualmente se desempeña como docente de electrónica y medios en carreras de artes visuales en UNIACC, UDP y U. de Chile.
Proyecto Financiado por Fondart Regional, convocatoria 2023.
[1] Timothy Morton, El pensamiento ecológico (Barcelona: Paidós, 2018)
[2] Matías Serrano Acevedo, Amplificar la duda: exploraciones mediales sobre las sensibilidades extrañas, 2023, https:// repositorio.uchile.cl/handle/2250/198291.
[3] María J. Portella, Autismo. Una inmersión rápida (Barcelona: Tibidabo, 2022), p. 22.
[4] American Psychiatric Association y American Psychiatric Association, eds., Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders: DSM-5, 5th ed. (Washington, D.C: American Psychiatric Association, 2013), p. 50.
[5] Portella, Autismo. Una Inmersión Rápida, p. 67
[6] Ídem, p. 132.
[7] Robert Chapman, Empire of Normality: Neurodiversity and Capitalism (London Las Vegas: Pluto Press, 2023), p. 55.
[8] Ídem, p. 53.
[9] Herwig Czech, “Hans Asperger, National Socialism, and `race hygiene´ in Nazi-era Vienna”, en Molecular Autism 9, Nº 1 (19 de abril de 2018) p. 29, https://doi.org/10.1186/ s13229-018-0208-6.
[10] Robert Chapman, Empire of Normality, p. 63.
[11] Judy Singer, NeuroDiversity: The Birth of an Idea (Lexington: Judy Singer, 2017).
[12] Robert Chapman, Empire of Normality, p. 126.
[13] Ídem, p. 155.
[14] Jo Bervoets y Kristien Hens, “Going Beyond the Catch-22 of Autism Diagnosis and Research. The Moral Implications of (Not) Asking `What Is Autism?´”, en Frontiers in Psychology 11 (10 de noviembre de 2020), https://doi.org/10.3389/ fpsyg.2020.529193.
[15] 15. Daniel Scott-Cumming, The Listening Artist: On Listening as an Artistic Practice beyond Sound Art (phd, University of the Arts London, 2017), p. 5. https://ualresearchonline.arts.ac.uk/id/ eprint/14284/.
[16] Timothy Morton, El pensamiento ecológico, trad. Fernando Borrajo (Barcelona: Paidós, 2018), p. 143.
[17] Más información de la exposición, con fotografías, texto y registro audiovisual puede ser accedida en “misaa - amplificar la duda”. misaa.cc, 2024. http://misaa.cc/projects/ amplificarladuda.html.
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