Debido a la insistencia de los teatros de ópera y auditorios de música, se podría decir: “El barroco, ese contemporáneo.” Y es que la música barroca ha llegado para quedarse y persistir. Por el interés que genera en muchos directores de orquesta y de escena y que han sabido transmitir al público.

Antonio Hernández Nieto
19 noviembre 2024
Share Button

Javier del Real

Theodora de Händel llega al Teatro Real dentro de esta tendencia. La dirige musicalmente el anterior director musical del teatro, Mr. Bolton. Y escénicamente, una dama del teatro, Katie Mitchell, que también lo es de la puesta en escena operística.

El primero ha ofrecido una forma de dirigir más bien rutinaria. Suena tan igual de principio a fin, que se acaba produciendo un fenómeno de fatiga auditiva por el que se deja de escuchar. Excepto en el primer acto, donde da tal protagonismo a los instrumentos, sobre todo la percusión y el viento que se perciben demasiado sobre un fondo de cuerda monótono. Dio igual, han dicho que es bueno y bueno se queda para un público que le aplaudirá cuando salga a saludar. Una mirada complaciente o una mirada dirigida, verá las virtudes que Mr. Bolton tenerlas, las tiene. Pero una mirada crítica, la que deberían enseñarse en escuelas y a la que debería contribuir la musicología, el periodismo y la crítica, no la resiste al escuchar cómo las ha aplicado esta vez.

Sin embargo, es distinto con la dirección de escena. Katie Mitchell ha actualizado la trama, como suele hacer, de una manera que permita comprender de qué se habla en esta ópera. Porque es difícil entenderlo si se lee de forma literal. Es decir, ver cómo los bárbaros amenazan y ponen en riesgo la polis, donde se puede ejercer la política. Eso se debe a que los bárbaros ganaron y se han hecho con el relato. De tal manera que ahora es el relato de los vencedores.

Por cierto, los bárbaros en aquella época eran los cristianos que tenían costumbres que casaban poco y mal con las romanas. Por eso, al ser Theodora un oratorio para ser escuchado en las iglesias, Roma, su imperio y su república, son los malos de la película y el peor su embajador. Los buenos, son los buenos cristianos antioqueños que hacen de todo para salvar su cultura teocrática y cristiana del invasor. Y que encuentran la liberación en matar al embajador y a su sequito.

¿Cómo ha traslado Ms. Mitchell la obra? Ha presentado al embajador como un mafioso putero. Por supuesto, cocainómano. Por si faltase algún tópico. Que mantiene el poder y su tren de vida mediante leyes injustas y su servicio de seguridad personal que hacen sus trabajitos.

Y a Theodora y al resto de personajes, incluido el coro, como los cocineros y camareros que permiten mantener todo ese mundo de lujo y perversión en el que vive el embajador. Un proletariado que lucha por su libertad y la de su pueblo con todos los medios a su alcance. Todos son todos, incluido el magnicidio. Es decir, el asesinato de la máxima figura de un Gobierno o Estado.

Dejado todo en la antigua Antioquía, ni hubiera manchado. Se hubiera visto a los cristianos vencer frente a un invasor que quiere introducir la política en las relaciones humanas. Y la platea no hubiera rechistado. La educación recibida hubiera hecho su función. Pero la Mitchel ha ganado su puesto en el olimpo de la dirección de escena por saber cómo hacer que los clásicos hablen a los contemporáneos que los ven. Es decir, mostrando las contradicciones de la sociedad.

Según el cristianismo, matar está mal y habría que poner la otra mejilla, pero los cristianos de Theodora, con la protagonista  a la cabeza, solo se imponen matando al que viene de la polis, de la política. Una política que condena a muerte a los hombres que la ponen en riesgo y a las mujeres que hacen lo mismo las condena a una vida de esclava sexual. Es decir, que convierte a los hombres en mártires de la causa, y las mujeres (se pide perdón por la expresión) en putas. Así de claro lo deja el libreto de Thomas Morell, para quién lo quiera leer. Y así lo cuenta Mitchell con el resto del elenco.

Unos héroes rebeldes libertadores o terroristas liberticidas, según la lectura que se haga desde las butacas, que cantan como los ángeles. Empezando por el coro del teatro. Y siguiendo por Joyce Didonato, se lleva todos los aplausos. Se ajusta al canon excediendo las expectativas, lo que se esperaba, en cuanto a calidad técnica de canto.

Sin embargo, para todas aquellas personas que van a que le canten con individualidad, se agradece el esfuerzo de Julia Bullock. Un esfuerzo que tiene que ver con su posición política y en el que se pierde la brillantez técnica de la DiDonato, que ella también podría tener. Aunque no se sabe muy bien donde va con esa candidez que le sale de la voz y el cuerpo que le pone a Theodora.

Pero sobre todo se agradece la voz irregular de Iestin Davies como Didymus. El enamorado de Theodora, por la que estará dispuesto a morir y por la que no le importa travestirse para sustituirla en la cama del embajador romano. Una voz que permite el error, la variabilidad, la búsqueda y la contradicción de un personaje que ama, de forma bastante timorata y ciegamente, todo hay que decirlo. Que por un lado protege al diplomático y por otro quiere proteger a su Theodora. Su forma de cantar y de estar en escena tiene vida. Y lo vivo en teatro no tiene precio, aunque debido a la formación informal que se recibe, lo vivo no siempre se aprecia.

La historia anterior se ofrece en forma de cuadros vivientes. Ya sea en una cocina industrial, cuya distribución se asemeja al altar de una iglesia. Donde el inmenso extractor de humos al fondo del escenario no deja de recordar un retablo. Una impresión que se intensifica cuando la mesa de trabajo, la isla de la cocina industrial, se cubre con un largo mantel como ocurre en los altares de las iglesias católicas.

El espacio que se mueve lateralmente, saliendo de escena, como si fuera un travelling cinematográfico, para permitir que entren y se vean otras estancias de la embajada. La cocina industrial descrita. El gran comedor, de colores suavemente cálidos. El reservado privado de pool dance que antecede al dormitorio. En el que dos churris hacen lo propio, es decir, acrobacias de barra, entre trago y trago, entre raya y raya. Ambos lugares en intenso rojo de puticlub de lujo.

Todo esto produce que poco a poco se vayan vaciando las butacas. No de forma masiva, pero sí de forma suficiente para percibirlo. Haciendo mutis por el foro, en silencio. Sin escándalo. También las hay que están vacías desde un principio. Buenas noticias para todos aquellos menores de treinta y cinco que o bien amen la ópera o bien quieran iniciarse en ella porque pueden acudir a verla con descuentos de hasta el noventa por ciento. Así, podrán conocer de primera mano, lo que mayoritariamente se considera bueno o muy bueno en ópera en la actualidad. Además de comprobar que la ópera no es un espectáculo del ayer, ni rancio, que gustaba a sus mayores. Sino que es un espectáculo de hoy. Que trata de hablar de su día a día y de las noticias que lee en su red social favorita. Y darle suficiente alimento para el espíritu para que no se crea cualquier meme(z) que le llegue a través de la Red.

A excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, éste artículo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International Licencia.

Share Button