La llegada de la ópera Orgía al Gran Teatre del Liceu de Barcelona causa cierta expectación tras haberse estrenado el año pasado en el Teatro Arriaga de Bilbao. Lo consigue porque se basa en una obra de teatro de Pasolini que Calixto Bieito ha convertido en libreto y al que le ha puesto música Héctor Parra. Un buen equipo artístico que seguro que volverá a atraer a la audiencia en en el veraniego Festival de Perelada donde se repondrá.
¿Ha cubierto expectativas? Más bien no. Los motivos son varios. El primero es que la historia que cuenta está más que manida. Es decir, que la burguesía no es lo que aparenta. Y esta modélica familia, comme il faut, esconde grandes secretos. Sobre todo, grandes perversiones sexuales y una tendencia al asesinato, la famosa psicopatía de American Psycho de Bret Easton Ellis de los años noventa del siglo pasado.
Quizás, la razón se encuentre en que Calixto ha sometido la obra original a una reducción importante. De tal manera, que se haya ido de frenada y esquematizado demasiado la historia. Así, desde la butaca tanto la anécdota como lo que parece que pretende contar se ve muy ingenua.
A saber, un hombre se ha suicidado vestido de mujer. Y desde ese momento asistimos a un flashback en la que se cuenta que él quiso ser un modelo de hombre y no el hombre que era. Cosa que canta primero colgado, a la vez que la palma, y luego mientras se desviste de mujer y se viste como un hombre por los pies. Ese modelo incluía el matrimonio y tener descendencia.
Toda esa represión de lo que se es frente a lo que se aparenta ser, lo público frente a lo privado, tiene que salir por algún lado. Y su salida es, como en la novela citada, por medio del sexo extremo y el asesinato.
Lo primero, se manifiesta sometiendo a su mujer a una orgía con desconocidos. Una mujer que también canta su complejo de Electra. Es decir, sentía atracción por su padre. Un padre que se ponía nervioso y tenía alguna que otra reacción más intensa por lo que él evitaba quedarse a solas con ella, como en la aclamada película Creatura de Elena Martín Gimeno. Y lo segundo, lo del asesinato, matando hasta al apuntador y a sí mismo.
Tampoco es que la música de Hèctor Parra acompañe. Al menos como la dirige Pierre Bleuse. Los instrumentos suenan, la música no, aunque se intuye que tiene interés. Una partitura que, en algún sentido, parece tener un espíritu similar a la de Antony & Cleopatra de John Adams. Ópera que también se ha podido ver y oír en este teatro esta temporada. Es decir, que no se encabezona en una idea musical o teoría, y se deja contaminar más por la tradición melódica y romántica. Pero sin pasarse, pues sonar, suena rara, como todo lo contemporáneo.
¿Tiene aciertos? Pues sí los tiene. El primero, el que Calixto Bieito plantee todo esto como un drama doméstico con ideas vintage. De ahí que la escenografía tenga muebles como los de la abuela, con mucha madera noble, dibujando las distintas estancias de la casa. Una entrada con su espejo para mirarse, un comedor, un saloncito, el dormitorio principal y el de los niños. Una casa de paredes blancas. Entornos de intimidad y de seguridad en la que poder expresar y ejercer estas psicopatías.
También, la idea de exponer todo como un flashback. Desde el suicido al inicio de la historia para después seguirla de forma lineal, con su nudo y su desenlace, hasta que el protagonista decide quitarse la vida y pasar, con sus asesinados, a mejor vida.
En general, se podría decir que la propuesta se mueve dentro de la corrección política operística contemporánea. Sin nada que destacar, excepto el que se haya estrenado una ópera compuesta hoy en día y el haber dado oportunidad a un compositor a trabajar, en este caso una vez más, en este género que, al menos desde el punto de vista de lo que quiere público masivo de ópera, está apalancado en la ópera italiana.
Estilo de ópera que le sonará a las personas que han visto esta propuesta, ya que está escrita y cantada en italiano. Cosa que también se hace raro pues en concepción, tanto musicalmente como de puesta en escena, se acerca más a la ópera alemana. Y su argumento más a las anécdotas de los libros y las películas norteamericanas que otra cosa con el permiso de Pasolini o de Haneke, ambos bien europeos.
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