Mercedes Zavala es una de las compositoras más sobresalientes del panorama español actual, con una proyección nacional e internacional indudables. Hablamos con ella para desgranar algunas cuestiones sobre su pensamiento musical.

Carmen Pineda Jorro
11 julio 2024
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Carmen Pineda Jorro: En primer lugar agradecerte que hayas aceptado nuestra invitación y nos concedas tu tiempo para responder a esta entrevista. Comencemos con tus primeros pasos en la composición. ¿Qué te llevó a explorar este arte y cuáles son algunas de las influencias que han dado forma a tu estilo musical único?

Mercedes Zavala: Escribía en sus memorias Luis Buñuel que la memoria “no está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día”. Aunque yo no tuve formación musical temprana, hubo un momento concreto en que me di cuenta de que la música era absolutamente necesaria y crucial en mi vida, y decidí que iba a dedicar todo mi esfuerzo a sumergirme en ella. Esto lo sitúo en torno a los 17 años, pero lo que haya de real o de construido en este recuerdo ya soy incapaz de desentrañarlo.

Después tantos años me resulta difícil resaltar influencias concretas, a no ser que lo hiciese exhaustivamente, porque son cambiantes en cada etapa, y se van acumulando. Puedo decir que intento aprender de todo, incluso de lo que no me interesa; pero también que cuando compongo todo ese bagaje pasa a segundo plano y pongo todos los recursos acumulados al servicio de la idea musical que quiera realizar en ese momento.

En los comienzos se necesitan modelos concretos, se emulan obras o estilos que nos hayan impactado, frecuentemente se busca encontrar pertenencia a una escuela o etiqueta (aunque no fue nunca mi caso) pero según pasa el tiempo todo eso se desdibuja. Creo que esta es la respuesta más sincera que puedo dar hoy en día, si lo tengo que hacer brevemente. Puedo añadir que lo que me impulsa a seguir escribiendo música se nutre casi en igual medida de influencias musicales como literarias, artísticas o vitales.

C.P.J.: Tu carrera no solo se ha centrado en la composición, sino también en la docencia y la investigación. ¿Cómo has logrado equilibrar estas diferentes facetas y qué consejos tienes para aquellos que aspiran a seguir un camino similar en el mundo de la música?

M.Z.: Nunca me he considerado una investigadora, simplemente me he esforzado en aumentar mis conocimientos, a veces con pasión monográfica por un tema, que es como yo mejor trabajo, y eso siempre me ha aportado muchísimo personal y musicalmente. Después, he sentido la necesidad de compartir, o si se prefiere, divulgar esa información y su valoración, lo que a veces me ha llevado también a la gestión.

Y respecto a la docencia y la actividad propiamente musical, sinceramente, siempre han estado en un equilibrio precario, y ha habido algunas renuncias. Porque compaginar la docencia con la actividad musical en España suele estar penalizada en vez de recompensada. Hay excepciones, pero son escasas.

Consejos a terceros no me atrevo a dar, porque las elecciones dependen de las circunstancias vitales de cada cual. Salvo que se tenga un importante respaldo familiar y/o económico habrá que batallar entre “la realidad y el deseo”. Pero siempre merece la pena una dosis -razonable- de riesgo y de esfuerzo para trazar el camino que se quiere seguir.

C.P.J.: Como compositora y profesora comprometida con la igualdad de género en este campo, ¿podrías compartir con nosotros tus reflexiones sobre los desafíos y las oportunidades que enfrentan las mujeres en la industria musical?

M.Z.: La industria musical no es mi ámbito, mi opinión no es autorizada; pero sí detecto un cierto cambio de paradigma, una preocupación social real encaminada a que las mujeres hagan presente su trabajo en la vida pública y obtengan reconocimiento. Sin embargo, los clichés sobre qué es y qué tiene que ser una mujer son igual o más poderosos que nunca, porque son los que siguen funcionando para hacer caja o para tener éxito en una sociedad hipersexualizada. Para mí eso implica que tales avances no están interiorizados, muchas veces tampoco por las propias mujeres. Y eso sí me preocupa.

C.P.J.: ¿Cómo has incorporado tu compromiso con la igualdad de género en tu propia práctica artística y pedagógica?

M.Z.: Mi música es fundamentalmente abstracta, incluso cuando tiene referencias extra musicales. No obstante, he compuesto algunas piezas que inciden directa o indirectamente en la temática de género. La mayoría son obras con elementos escénicos y gestuales. Teatro y música las he comprendido siempre como artes íntimamente relacionadas: ambas suceden en el tiempo y necesitan de la presencia escénica, y ambas se construyen con acontecimientos rítmicos, visuales y sonoros.

El mejor ejemplo seguramente es Diario (íntimo) de Sara-Clarabella Max, para pianista-actriz, compuesta y estrenada por mí misma en el Congreso de mujeres en la música de Viena de 1995. Pero ya en 1991, la obra Cinco comentarios dadá, para pianista-actor, bailarín de claqué, piano, pañuelo, silla, 55 monedas, atril y 10 papeles de colores, proponía un piano happening con sexo obligato del intérprete. En ambas obras es relevante el papel del género en la construcción del rol escénico de los intérpretes-personajes y en la forma que adopta la inventiva compositiva, cuestiones todas íntimamente ligadas, en este caso, al contenido musical. Otros trabajos que puedo citar son Bestiarium, de 2006, una mini-ópera para soprano, mezzo y percusión, compuesta sobre textos de la poeta cubana Dulce María Loynaz, hilados entre sí escénicamente. Es en cierto sentido un homenaje a lo “femenino” (entendido de manera no esencialista, desde luego). También citaría Domestica Conversazione, una pieza que escribí incitada por Anna Bofill para el Cuarteto Frullato y que incorpora algunas características gestuales y musicales inspiradas en el libro de Moderata Fonte Il merito delle donne (siglo XVI).

En la práctica pedagógica, cuando comencé a impartir clases de armonía en el RCSMM en los años noventa, todavía había poca consciencia en España sobre estas cuestiones, y menos aún en el ámbito musical.  Fue un periodo de paulatino aprendizaje y detección de situaciones problemáticas en mi vida profesional y en el aula: había sesgos de género muy exagerados en torno a especializaciones como la composición, la dirección o incluso determinados instrumentos, y mucha inseguridad de las alumnas en torno a estas materias, casi un tabú para la mayoría. La falta de referentes era absoluta, y eso es lo que me impulsó a formarme y hacerme con un arsenal de material importado, divulgarlo e intentar introducirlo en el repertorio. Es lo que caracteriza mi trabajo en la década siguiente, con perceptibles resultados en el aula y en mi entorno. Después, especialmente con la aparición de internet, la situación ha cambiado drásticamente. Hay ahora muchas personas trabajando en esta labor divulgativa y reivindicativa que han recogido el testigo. Pero la intervención de los algoritmos en la elección de las músicas que se escuchan y en cómo se escuchan ha transformado totalmente la situación.  El profesorado tendrá que trabajar para paliar los efectos devastadores de la ausencia de un canon académico, y lo tiene muy difícil. La labor educativa es imposible sin esa guía, que debe mantenerse en perpetua revisión. Pero insisto, si la academia no propone ningún canon, por cuestionable que sea, lo impondrá el mercado, con todo lo que eso conlleva.

C.P.J.: Además de tu trabajo como compositora, has sido una defensora activa de la igualdad de género en la música. ¿Qué iniciativas o cambios crees que son necesarios para lograr una mayor representación y reconocimiento de las mujeres en este campo? ¿Cómo crees que la música puede ser utilizada como una herramienta para promover la igualdad de género y empoderar a las mujeres en la sociedad?

M.Z.: Hace unas décadas en España la expresión “igualdad de género” era una rareza. Hoy es un eslogan. Rara vez contesto ya a este tipo de cuestiones porque no estoy centrada en ellas y además hay un determinado activismo feminista en el mundo musical que pienso que es más bien corporativismo y del que tengo una visión muy crítica. Sin duda ha habido enormes esfuerzos y grandes avances; pero cada vez me preocupa más la ausencia de autocrítica, la reiteración de algunas falacias como evidencias (de manera que se impide el debate), y el lenguaje que se ha instaurado, frecuentemente vaciado de contenido.

Como bien mencionas hay dos factores importantes en el asunto que nos ocupa, que son la representación y el reconocimiento. La “representación” es fundamental en una sociedad democrática, pero en la cultura pienso que lo es más el “reconocimiento”. En lo primero se avanza de manera forzada, y aunque sea una reivindicación necesaria, no casa siempre bien con lo artístico. Por ejemplo, he escuchado en más de una ocasión que se debe programar música del XVIII o XIX de manera paritaria, alegando que la mitad de la población eran mujeres. Es una barbaridad: No, la representación se calcula sobre el conjunto de personas que componen en ese periodo, no de la población general (parece mentira tener que aclarar esta obviedad). En cualquier caso, el criterio para introducir compositoras en las programaciones tiene que apoyarse no en estadísticas, sino en argumentos, que pueden ir desde la defensa del interés de las propias obras, o de la conveniencia de proporcionar modelos, o simplemente la bondad de recuperar ese repertorio, junto a su consideración como bien cultural que requiere su conocimiento para una correcta valoración. Si nos empeñamos en programar obras de compositoras con el argumento de la representación en realidad estamos devaluando terriblemente su trabajo y condenándolas a desaparecer (otra vez).

En cuanto al reconocimiento… es importante comprender que se otorga, no se impone, y para que se produzca entran diversos y complejos factores en juego. En este sentido muchas mujeres y hombres se han posicionado contundentemente, un paso importante. Pero es necesario que sea sincero y no impostado, y no estoy segura de que se haya avanzado tanto en eso: entre quienes se apuntan a lo políticamente correcto por pura moda, quienes aprovechan esta ola para posicionarse en puestos de poder, y quienes se instalan en una persistente misoginia reactiva, la esperanza reside en una brecha que aborde el asunto de manera desprejuiciada y en su justa medida.

En ese sentido creo que conviene ejercer una supervisión crítica al cómo y qué se divulga, y cómo y qué hay que reivindicar, más allá de partidismos y tópicos. Es el caso de la “discriminación positiva”: aunque ha reforzado nuestra presencia y está impulsando la incorporación paulatina a las profesiones antes señaladas como masculinas, nos sitúa continuamente bajo sospecha. En los noventa a nadie se le ocurría pensar que una estaba programada en un concierto por “la cuota”. Supongo que es un peaje que nos toca sufrir ahora. Pero sería mucho mejor si se programase con conocimiento y no a ciegas, sin conocer las obras, como se hace más frecuentemente de lo que creemos, porque podemos encontrarnos obras valiosas en un contexto que las devalúa o las sobredimensiona. Pero este es un problema general de toda la música actual, no solo de las compositoras, y ahí habría mucha tela que cortar.

Y luego está esa palabra que tanto me horroriza: “empoderamiento”. Sé que como concepto es útil en muchos ámbitos, pero se abusa de él y tiene demasiadas connotaciones negativas.  Yo más bien creo que hay que rechazar la autoridad arbitraria y recelar del poder. Al fin y al cabo, la característica del poder es que se impone, y a continuación tiende a perpetuarse. Por ende, suele ser ajeno a toda consideración ética. Se trata precisamente de cuestionarlo, y desde esa perspectiva es como me interesa el arte: más como cuestionamiento y enriquecimiento de la realidad que como artefacto de manipulación social o de empoderamiento.

C.P.J.: Has sido reconocida por tus composiciones tanto a nivel nacional como internacional. ¿Podrías hablarnos sobre alguna obra o proyecto reciente que haya sido especialmente significativo para ti?

M.Z.: La verdad es que en los últimos meses he tenido una actividad frenética, tanto escribiendo nuevas obras, como presentándolas y conferenciando. Recuerdo con especial cariño la visita a la Georgetown University de Washington DC y al Peabody Institute de Baltimore el pasado septiembre, entre otras instituciones. También fui invitada varias veces a Valencia (CSMV, ENSEMS, etc.) donde sigo trabajando en diversas obras de mi catálogo con músicos maravillosos; o la reciente y calurosa acogida de mi música y mis reflexiones en el Conservatorio de Bolonia, por resaltar tres actividades de entre las desarrolladas los últimos meses. No doy nombres concretos porque no quiero dejar a nadie fuera, pero todo esto ha sido posible gracias a esas personas que han valorado mi trabajo, y les estoy muy agradecida. En definitiva, es la satisfacción de compartir el trabajo ya hecho que fructifica después incorporándose al repertorio y proporcionando estímulos nuevos para seguir en la labor, tan solitaria, que es a veces la composición. Eso es lo que me sigue nutriendo.

C.P.J.: Muchas gracias, Mercedes, por compartir tus pensamientos y experiencias con nosotros. Finalmente, ¿qué proyectos emocionantes tienes en un futuro y qué podemos esperar de ti en los próximos años?

M.Z.: Mi catálogo se ha conformado frecuentemente en ciclos temáticos, muchos de los cuales siguen abiertos, conformando obras más extensas; son proyectos compositivo-vitales que no siempre he podido atender como yo quería. Ahora que me he retirado de la enseñanza abordo una nueva etapa, de mayor dedicación a mis pasiones: la lectura, el estudio y el aprendizaje, una vuelta a la práctica pianística cotidiana, y por supuesto la oportunidad de escribir más música, con mayor intensidad, constancia y mayor contacto y colaboración con los intérpretes. Estoy embarcada y muy ilusionada ya en varias tareas que necesitarán toda mi dedicación: encargos de nuevas composiciones para 2024 y 2025 y algunos proyectos de grabación y divulgación de mis obras en colaboración con diversas instituciones y grandísimos músicos. Estoy realmente ilusionada.

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