Comienza la temporada en el Teatro Real con Adriana Lecouvreur de Francesco Cilea y Arturo Colautti. Y si es una declaración de intenciones de la dirección artística, la intención para esta temporada va a ser claramente agradar al público. Pues no otra cosa puede justificar esta producción.
Desde el elenco, dos repartos comparables en calidad, aunque seguramente variarán en cualidad porque existen diferencias en el cantar de los intérpretes, sobre todo en los que encarnan a los personajes principales. Hasta la dirección escénica, con el siempre certero David McVicar, esta vez con una producción antigua y muy probada. Que se repuso recientemente en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona contando con el beneplácito del público y la crítica. Pasando por la gustosa dirección musical de Nicola Luissotti.
Con estos mimbres, la complacencia con lo que se ve y se oye y el aplauso están asegurados. Como lo están las buenas críticas, siempre y cuando la crítica sea tradicional. Ya se sabe análisis técnico de las voces y la música, sobre las octavas, los graves, los agudos y los do de pecho (que ya, que ya sé que no hay en esta obra). Cuando no una crítica historicista.
Como si lo que se contase no tuviese importancia. Y es aquí donde comienza el problema. La perfección técnica no garantiza que se cuente y que se cante la historia de Adriana Lecouvreur. Y, si uno va a que le cuenten y le canten una historia y por qué merece la pena ser contada y cantada, más allá de su papel en la historia de la ópera, no parece ser el caso.
Vamos al lío. Adriana es una actriz importante, existió en verdad. Sus excepcionales cualidades de actriz la hicieron muy atractiva. Tanto a los profesionales como al público. Entre los que hay un alférez con el que tienen una relación correspondida.
Pero resulta que el alférez no es tal, sino un príncipe, que se hace pasar por un don nadie para poder estar con la actriz. En realidad, es un príncipe polaco en horas bajas que necesita los apoyos del poder parisino para recuperar su status como príncipe. Por eso medra. Un medrar que significa en ser amante de toda aristócrata que se le abra de piernas, que ese don nadie es en verdad un donjuán, y las puertas de los palacios de cuanto hombre importante necesite para su causa.
En esta situación, la aristócrata Mme. Bouillon, amante del príncipe alférez, que bebe los vientos por él, y hasta se arriesga a que la pillen en adulterio, quiere acabar con la Lecouvreur. Que le está quitando a su amado. Y eso no puede ser, que esta no deja de ser nada más que una plebeya, por muy buena actriz que sea.
Así que, se produce un duelo de damas. En el que cada una usa sus armas. La condesa poniendo en evidencia a la actriz ante la corte que la admira. La actriz poniendo en evidencia a la baronesa desde el escenario. ¿Hace falta que les diga quién gana?
Pues así lo cuentan. Como si fuera una de esas series de después de comer. En la que lo importante es la peripecia antes que el contenido o la sustancia. En la que todo se queda en la superficie y poco o nada cuenta sobre los seres humanos.
Eso sí esta producción chorrea tópicos sobre esos mismos seres humanos. Sobre el amor, el poder, la política, los hombres y las mujeres. Refuerza un status quo que sigue instalado en el ancien regime, a pesar de los pesares, de la experiencia y del conocimiento de que este régimen no acaba bien.
Y como todo se cuenta de esa manera, todo es bonito, todo está técnicamente bien, pero le falta arte. Es decir, esa capacidad que tiene de hacer imaginar, de mostrar posibilidad. Es como un circo. Se pueden hacer piruetas. Lo más alto. Más vueltas.
Pero pasado el momento, el instante de la representación, no queda nada. Solo ha servido para rellenar tiempos vacíos, tiempos muertos, de una sociedad que se declara muy ocupada. Sin tiempo para nada. ¿Ni siquiera dos horas y media para pensar? ¿Para poner en solfa sus creencias y opiniones? ¿Para respirar y oxigenarse? ¿Para sacudirse esos tópicos que le acechan y no la dejan cambiar?
Quizás, la producción original, sí que tenía esta capacidad. Y el problema tenga que ver con las reposiciones, en este y otros muchos teatros. Donde la reproducción de la forma, a la que están obligados por contrato el responsable de la misma que no suelen ser ni la dirección de escena ni musical original, impide el trabajo del contenido y de los temas. Convirtiendo muchas producciones que se ven en los teatros de ópera en una bonita sucesión de imágenes con música.
El que un equipo artístico piense para qué los tempos musicales, los agudos y los graves, las melodías que compuso Cilea y las letras que escribió Colautti es muy importante. Los artistas tienen objetivos concretos para usarlos de la manera que lo hacen. Quieren contar algo con la forma que le dan a los elementos que usan, que no es una anécdota o una historia de rivalidades. Para eso ya están las series de sobremesa que ayudan a dormir siestas a sus espectadores.
Una falta que se nota en la manera en la que Ermonela Jaho recita una parte de Fedra, en un momento de la representación, y, en general, interpreta al personaje de Adriana. O en la manera en la que Luisotti dirige a la orquesta, cargando las tintas en sus aspectos más melódicos, más cinematográficos de gran producción, obviando otros sonidos más oscuros que parecen intuirse por debajo en lo que se oye quitándole densidad sonora a la partitura. Y a las que es posible sustraerse o sobreponerse, como demuestra Nicola Alaimo en el aria de Michonnet.
Al escamotear ese debate en el equipo artístico en las reposiciones, se queda en una mera reproducción. Que se hace mediante el mejor sonido posible y accesible al teatro que la repone. Y que, en el caso del Teatro Real, que ha sido considerado uno de los mejores del mundo, tiene los medios para atraer a los mejores y/o los más adecuados. Pero no deja de ser técnica y tecnología para hacer grandes acrobacias. Para dar un gran espectáculo y conseguir buenas críticas tradicionales y aplausos.
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