Voces que resuenan, relata los pensamientos, vivencias y anécdotas de la artista sonora e investigadora feminista Ana María Estrada Zúñiga durante su residencia en la ciudad de Barcelona.  Desde su mirada migrante  desarrolla un estudio etnográfico donde la voz femenina se presenta como soporte y objeto de la obra.  La voz de Mujer,  desde las reflexiones de la autora, se observa como un estadio donde interactúan varios movimientos de estructuras del Yo femenino; siendo lugar de enunciación de imaginarias culturales,  de adopciones locales, así como de desdoblamientos identitarios propios de la migración.

Ana María Estrada Zúñiga
1 enero 2020
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Voces que resuenan

“Lo personal es político.”[1]

He decidido escribir este texto como un relato y sin citas teóricas (a excepción del epígrafe), como una manera de denotar que las inquietudes aquí manifestadas —y que constituyen mi actual problemática de trabajo (la voz femenina)- surgieron desde la propia experiencia y que, desde allí, brotó mi actual investigación de carácter autoetnográfica. Si bien hasta ahora la teoría me ha aportado valiosísimas ideas, ha sido la propia experiencia personal, individual y colectiva, la que como artista sonora y como mujer migrante, me ha permitido iniciar un camino de investigación, que entiende la voz femenina como parte de un cuerpo y de una colectividad, que hace resonancia con los planteamientos del movimiento feminista en la actualidad.

Desde el primer día que viví en Barcelona, la voz, mi voz, fue un tema.
Recuerdo que, en los primeros días que llevaba en esta ciudad, ingresé a una panadería a preguntar el precio de un pan integral, pero como me quedé mirando el aparador, la dependienta me saludó y preguntó con voz fuerte y clara: Hola guapa, ¿qué quieres?, me sentí completamente perturbada por su tono fuerte y enérgico, que en ese momento interpreté casi como un enojo, creía que la mujer se había molestado porque yo me tardaba tanto frente a la vitrina que exhibía los panes en cuestión y me estaba apurando. Me parecía contradictorio que me tratara de guapa (como en buena onda) y al mismo tiempo tuviese una manera ruda –según mi juicio de ese momento– de dirigirse hacia mí. No sé decir exactamente lo que hice, pero sí que mi sensación fue la de querer salir del sitio y que durante un período no menor, me conflictuaba enfrentarme a esa situación.
Me llevó tiempo acostumbrarme a ese guapa que abundaba por todos lados y que era enunciado con tanta vehemencia por hombres y mujeres como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, más allá de dicho calificativo, lo que constataba era que ya no estaba en mi país y que las mujeres que habitaban este nuevo territorio –aunque se dirigieran a mí en castellano-, sonaban distinto. Debo reconocer, que entonces sentí que mi voz era pequeña y que apenas me escuchaban, pues venía de un sitio en donde nuestro tono, al menos el de nosotras las mujeres, solía tener un volumen más bajito y poco apelativo. Generalizo por supuesto, tengo amigas chilenas que siempre han hablado fuerte y yo misma lo hice en muchas circunstancias cuando vivía en Chile. Sin embargo, ante la comparación con mi nueva localidad, la diferencia de volúmenes y energía se me hacía evidente. Además, en cualquier comercio atendido por una chilena, el tono sería mucho más servicial y amable, o al menos eso creía durante un buen tiempo, paradójicamente, un par de años más tarde, fui cuestionada en mi trabajo porque mi tono de voz era duro y fuerte –o así lo percibía la mujer que me lo dijo, que por cierto no era española- y yo por más que me comparaba con las catalanas que atienden las librerías a las que había entrado, me consideraba mucho más amable y atenta –al estilo chileno- pues con el tiempo, comprendí que existen distintas formas de ser amable, y que la que yo había aprendido como mujer chilena sonaba diferente en este nuevo contexto. A partir de aquí pude constatar también que nos hemos formado distintos estereotipos en torno a la voz y que mi primera –y prejuiciosa- impresión de la voz de las mujeres nativas de donde vivía ahora, estaba condicionada por mi propio contexto y cultura.

Mirando hacia atrás, pienso que desde entonces ya surgía una inquietud, que no fue sino hasta el segundo año de mi vida en Catalunya, que se radicalizó en una práctica que proponía utilizar la propia voz como recurso artístico. Ahora bien, no sería honesto sostener que en mi vida he sido una mujer sumisa y que siento miedo de hablar y decir lo que pienso, sin embargo, los contextos en que una voz se expresa son tantos como diversos, y poco a poco me fui dando cuenta de las muchas veces que me he enfrentado a mi voz, en vez de dejarla fluir genuinamente. Es probable, que esto le pueda ocurrir tanto a un hombre como a una mujer de cualquier país, no obstante, con el tiempo comprendí que era importante hacer un ejercicio de reflexión vinculada al género femenino y que considerara mi lugar de procedencia, ya que en estos 3 años que llevo viviendo en Barcelona, la experiencia que he desarrollado en diversas actividades colectivas; reuniones, talleres, conversaciones, acciones de arte, entre otras, me permitió constatar que esta disonancia con la propia voz le ocurría también a otras mujeres migrantes. Personalmente, esta situación se radicalizó al venirme a vivir a un contexto social y cultural diferente a mi lugar de procedencia.

En el 2017, un pequeño y variable grupo de mujeres mayoritariamente chilenas,  comenzamos a reunirnos de manera más o menos periódica para compartir nuestras experiencias y puntos de vista respecto al machismo al que hacíamos frente diariamente, como una manera concreta y colectiva de tomar conciencia de hasta qué punto habíamos sido aleccionadas por el heteropatriarcado. Me arriesgo a decir que esta experiencia fue importante para todas las mujeres que participamos de ella, pero no porque fuese un espacio de desahogo para dar curso a historias que literalmente teníamos atoradas en la garganta, sino porque habíamos sido capaces de generar una instancia de encuentro autoconvocada, en donde ninguna voz valía más que otra, pudiendo reconocernos en las experiencias y sentires que las demás comentaban. Desde aquí surgió una acción que se efectuó en el contexto de la marcha por el Día de la Mujer (8 de marzo), en donde Daniela, Violeta, Esperanza, Carolina, Alex, Lesly y yo, elaboramos un cántico propio para asistir a la manifestación. Fue así, que usando la frase Lo personal es político cuando…, a modo  de pregunta colectiva, cada quien iba dando una respuesta individual, según lo que a cada una le preocupaba, lo que cada una había vivido o estaba viviendo y que en la práctica de estos encuentros, habíamos comprendido que no eran situaciones aisladas y que tan sólo nos aquejan en nuestro fuero interno. Algunas de las frases de respuesta fueron: …Tengo miedo caminando sola por la noche/ …Me tildan de feminazi por defender mis derechos/ …En mi país no puedo abortar/ …Ella no puede trabajar porque no tiene papeles/ …Me pagan menos que a un hombre por el mismo trabajo/ …Nos juzgamos entre mujeres/ …No puedo usar falda porque se me ven las piernas/ …Me miro al espejo y no me gusta lo que veo.

En otra ocasión, Alex, Lesly y yo, nos dirigimos a la playa de la Barceloneta, donde llevamos a cabo una serie de sencillas acciones que se encontraban descritas en unas partituras que había elaborado para la ocasión y que nos invitaban a activar nuestra voz de manera individual, promoviendo una escucha reflexiva. Tras esta experiencia compartimos un picnic en el cual comentamos lo que nos había acontecido en la realización de cada partitura. Las partituras proponían acciones como: decir el propio nombre, murmurar las vocales, repetir las palabras yo y y gritar palabras desagradables para enterrarlas en la arena. También se puntualizaba la posición y la ubicación general dentro de la playa en que debían realizarse: sentada, caminando, a la orilla de la playa, en la arena, etcétera. Un tema que concitó nuestro interés, fue el grado de identidad que teníamos –o no– con nuestros nombres, pero no tan sólo como palabra, sino en la manera en que esta era dicha y por tanto la forma en que sonaba. Casi todas coincidimos en que el nombre y la manera en que nos nombraban en Barcelona era muy distinta al modo en que lo hacía la gente en Chile. Del mismo modo, nos percatamos de lo extraño que podía ser nombrarse a sí misma y escucharse enunciar el propio nombre.

Ya en el 2018, en una sesión de mi taller, en donde las participantes estaban con los ojos vendados, cada una debía hacer sonar y sostener una vocal en una cantidad de tiempo no determinada y de manera individual. El ejercicio consistía en que mientras se emitiera el sonido de la vocal, se buscara una sonoridad con la que se sintiesen identificadas. Desde la a hasta la u, todas las vocales pasaron por las voces de cada integrante del grupo y el resto debía escuchar para después comentar. Por supuesto, ninguna voz sonó igual a la otra. Posteriormente, con este mismo grupo –y siempre con los ojos vendados- hicimos una improvisación sonora con la voz, tomando como base el ejercicio anterior. En este ejercicio cada quién emitía alguna sonoridad que la representara, pero esta vez de manera simultánea. Lo que buscábamos aquí era establecer una comunicación sonora, donde se intentaba identificar y dar valor a esa otra voz –distinta a la mía–, a la vez que se emitía una voz que se sintiera como propia. Una improvisación sonora colectiva tiene sentido y valor, en la media en que al mismo tiempo que emites sonido, escuchas y dialogas con la sonoridad de la otra.

A raíz de las diversas experiencias –individuales y colectivas– que he vivenciado, sumado a las lecturas de autoras feministas como Judith Butler, Marcela Lagarde y Adriana Cavarero, me ha surgido la interrogante respecto a si la voz responde o no a una idea de identidad y si debe hacerlo. En este sentido, fue importante advertir que la idea que una se hace de sí misma siempre está vinculada a una alteridad, pero ya no sólo en el sentido negativo de un poder exterior heteronormativo, en donde las otras personas determinen “quién soy” como respuesta a un “deber ser”, sino por el contrario, como una manera de encontrar una correspondencia y una resonancia en la(s) otra(s). Es por eso que mi investigación no se trata sólo sobre esa voz que suena, sino también sobre una voz que es escuchada.

Dentro de las cosas que he aprendido en mi devenir feminista –y lo que constituye mi planteamiento actual como artista sonora-, es que necesitamos crear espacios e instancias de sororidad, donde nuestra voz pueda expresarse libremente, con la certeza de que hay otra(s) que recibe(n) esa voz y con quién(es) literalmente podamos resonar.

Notas

  1. ^ Esta frase fue acuñada por el naciente movimiento feminista llamado Women´s Liberation Movement, y comenzó a ser utilizada como eslogan desde 1965. Obtuvo mayor notoriedad a partir del artículo The Personal is Political , escrito por la feminista radical Carol Hanish en 1969.

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