GrauSchumacher Piano Duo propuso un excelente concierto en el ciclo “Música cósmica. Contemplar y escuchar el universo” que ha tenido lugar el mes pasado en la Fundación Juan March de Madrid. Nos hacemos eco de una forma de plantear el programa de concierto que pone por delante la inteligencia y la calidad.

Sergio Blardony
1 marzo 2020
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Dolores Iglesias/Fundación Juan March

Hay conciertos buenos, malos, mediopensionistas y luego están los excepcionales. Uno de estos últimos se pudo presenciar el pasado 22 de febrero en la Fundación Juan March de Madrid, dentro de su ciclo “Música cósmica. Contemplar y escuchar el universo”. GrauSchumacher Piano Duo, compuesto por Andreas Grau y Götz Schumacher, proponían, en ese contexto de lo cósmico, un programa construido no sólo con sutileza sino con mucha inteligencia y sentido estético.

A modo de palíndromo, el programa hacía un recorrido circular por la mejor música pianística del siglo XX. Comenzaba con Amen de la Création de Olivier Messiaen, después pasaba a dos de las piezas de Makrokosmos IV de George Crumb, luego tres de Játétok de György Kurtág, seguía con Capricornio y Aries de una versión para dos pianos de Tierkreis de Karlheinz Stockhausen, para llegar a la pieza que constituía el centro de la estructura: la versión para dos pianos de Kosmos de Peter Eötvös. A partir de este punto, vuelta atrás, de nuevo con Tierkreis de Stockhausen, otras tres piezas de Játétok de Kurtág, de nuevo dos del Makrokosmos IV de Crumb, para finalizar en el punto inicial, Amen des étoiles, de la planète à l’anneau, otra de las partes de Visiones del amén de Messiaen.

Como decíamos, una estructura inteligente no sólo en su concepción simbólica sino en la disposición de las obras en el tiempo del concierto. Es importante darse cuenta cómo unas obras marcan y penetran en las otras en el contexto de un programa. Cuando observamos uno en el que las obras –incluso tratándose, como es el caso, de unas de enorme calado- se repelen entre sí, el resultado es terrible. La música se vuelve contra sí misma al contacto con la memoria de lo que ha precedido. Incluso las obras más sólidas se resienten y la escucha se vuelve trágica. En este caso ocurrió todo lo contrario. La estructura estaba perfectamente pensada para que unas obras se apoyaran en otras (algo que no elimina la posibilidad del contraste o de la difuminación), incluso con el riesgo que supone evitar los aplausos entre pieza y pieza, algo que este dúo articula muy bien con el movimiento de un piano a otro, que se presenta como una coreografía. Sobre esto sólo cabe añadir la pregunta de cómo verían estos autores clave de la segunda mitad del siglo XX esta convivencia sonora sin pausa entre ellos (sin la pausa del aplauso, se entiende), fruto de una mirada casi compositiva por parte de los intérpretes diseñadores de la estructura. A alguno de los compositores la vecindad quizá podría molestarle, pero la obra tiene vida propia y puede situarse en uno u otro lugar, y esto el compositor lo sabe y tiene que asumirlo.

En cuanto a la interpretación, GrauSchumacher Piano Duo tiene una técnica muy notable, en la que despliegan –no sólo en el caso de Crumb- una riqueza tímbrica asombrosa. Pero todavía sorprende más el nivel de trabajo de fondo que se percibe: la seguridad en los movimientos, el gesto totalmente estudiado –incluso en el pase de página-, las sincronías, la efectividad con la que abordaba un pianista el inicio de una obra antes de que el otro llegara a sentarse en su piano o en la banqueta contigua del compañero, delatan un enorme trabajo previo que estos dos excelentes intérpretes alemanes nos regalaron en el escenario de la Fundación Juan March.

GrauSchumacher Piano Duo

Dolores Iglesias/Fundación Juan March

Otro aspecto interesante del concierto fue la proyección en vídeo, con un movimiento mínimo en la imagen, de representaciones cósmicas aportadas por el Instituto Astrofísico de Canarias, en una selección pensada para la música que se estaba escuchando en cada momento. Un acierto porque la forma como se presentó, nada invasiva, permitía la percepción plena de lo musical, sin la distracción de lo visual, que en ningún momento se imponía en la escena. Además, permitía la impresión de los títulos de las obras, lo que hacía posible no perder la noción de la estructura. Una buena forma de evitar el corte entre obras sin correr el riesgo de que el oyente enlace una pieza y otra por mera confusión.

Es importante tomar conciencia de lo que este tipo de propuestas –y hay que decir que la Fundación Juan March lleva bastante tiempo navegando en esta dirección- nos aporta en un momento como el actual donde el concierto no resiste ya cualquier formato, sobre todo el más tradicional. El respeto por un público, formado mucho o poco, pasa porque el programador ponga todo en el asador. El programa conformado a base de colocar una obra detrás de otra no es programa, se convierte en lista de obras, y ya pocos soportan –con razón- estas dejadeces. La pereza programadora debería desterrarse de una vez por todas. Y esto incluye aquellas programaciones que defienden que el público tiene poco criterio y hay que “domesticarlo” poco a poco, con escuetas dosis de tal o cual materia porque se atraganta rápido. Lo que escuchamos y vimos en el recientemente remozado auditorio de la Fundación Juan March fue un público extremadamente atento que no responde a un calificativo único (como ocurre con todos los públicos), pero que sin embargo supo claramente apreciar la calidad de la propuesta. La intensidad de los aplausos finales dio buena fe de ello. Una propuesta, recordémoslo, que si bien era materia formada a partir de “clásicos del siglo XX”, en muchos espacios escénicos de nuestro país es frecuentemente recibida aún con demasiados suspiros cuando no con portazos explícitos. A todo se llega, pero siempre es mejor hacerlo por el camino más inteligente.

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