Un texto de la artista sonora chilena Ana María Estrada Zúñiga en el que observa, desde una óptica muy personal, esta performance feminista que ha dado la vuelta al mundo y que nació precisamente en Santiago de Chile, el pasado mes de noviembre.

Ana María Estrada Zúñiga
10 diciembre 2019
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Performance

Mar Cifuentes. Performance del día 4 de diciembre, Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos, Santiago de Chile

Empecé a escribir este texto, en el día número 43, mientras sobre nuestras cabezas vuelan, una vez más, helicópteros policiales y de fondo suena la bocina eterna de algún automóvil que pareciera rodear el centro de la ciudad, con tal de recordarnos que aunque es sábado por la noche, la protesta no debe descansar.

Y sí, desde que empezó todo esto, contamos los días y los nombramos según su respectivo número…

En medio de lo que muchos medios de prensa nacionales e internacionales llaman “estallido social”, pero que yo prefiero llamar: revolución social, soberanía popular o la rebelión de los pueblos, el día lunes 25 de noviembre de 2019 se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (sic) en Santiago de Chile. Y a propósito del cruce de estos 2 contextos, es que el colectivo de artistas Las Tesis decidió realizar una performance colaborativa, bautizada con el nombre: Un violador en tu camino, haciendo alusión al lema de la policía chilena; “Carabineros de Chile, un amigo en tu camino”. Esta intervención utilizó como base un pulso pregrabado, que se amplificó cada vez que se efectuó la performance y sobre el cual se interpretaba una canción, mientras se sucedía el movimiento de las cuerpas en acción. La performance, consistía en cantar una letra preparada para la ocasión, mientras se desarrollaba una coreografía que más tarde sería replicada en muchas partes de Chile y del mundo entero.

Imagen de la letra de la canción que usé el día que participé de la performance

A partir del primer día que se hizo la intervención, esta se convirtió en una acción viral, la que luego se masificaría aún más, cuando desde la propia colectiva se emitiera una convocatoria para que otras mujeres y disidencias de distintos territorios la llevasen a cabo. Sin embargo, desde la primera vez que se realizó la performance en las calles de Santiago, aún cuando la gran mayoría sólo la presenciáramos por medio del registro audiovisual, es decir no como público directo, ni como “actuantes”, se produjo algo especial en nuestras cuerpas. En mi caso personal, el 25N y la acción convocada por Las Tesis, me llevó a replantearme o más bien a reubicar algunas de las cuestiones que venía sentipensando en relación al contexto de inestabilidad por el que transitamos quienes habitamos Chile e incluso quienes son chilenas, pero están fuera de este territorio por diversas circunstancias (tal como era mi caso hasta hace 3 semanas).

(c) Mar Cifuentes. Performance del día 4 de diciembre,
Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos, Santiago de Chile

Este texto, es una primera y breve aproximación reflexiva a esta situación. Hablo desde la propia experiencia, pero en diálogo con las ideas de otras compañeres. Y precisamente por esto último; la intensidad de lo que hemos estado viviendo, es que la escritura se ha vuelto un ejercicio complejo. De acuerdo a esto, es que la oportunidad de desarrollar esta publicación se me ofrece como un desafío para amplificar las voces que llevo dentro y que tanto me ha costado escuchar.

Personalmente siento y pienso, que si bien estamos logrando conectar con nuestra voz interior, todavía se hace muy difícil que esa voz quede fija en la escritura y que no se mantenga solamente en el devenir del grito, la consigna o el cántico, que de manera natural surge nada más pisar la calle o bien al asomarse por la ventana para intentar encontrar un punto de comunicación y resonancia con las otras, otros y otres. Todo ello, seguido del silencio en el espacio íntimo y solitario, en donde nos enfrentamos a nuestras propias ideas, sentires y opiniones en relación a lo que nos está sucediendo, tanto desde lo racional como desde lo corpóreo. A eso es, en parte, a lo que llamo la voz interior.

Este no es una canción pegajosa, ni se reduce a una coreografía

Es el día 50 y aleatoriamente entro a una zapatería en el centro de Santiago. Mientras miro unas zapatillas, escucho a las personas que atienden (3 hombres y 1 mujer) cantar parte de la letra de la performance de Las Tesis en tono de broma y emular los movimientos de los brazos que hacen parte de la acción. Escucho la frase “y la culpa no era mía…” y me los quedo mirando fijamente, pero no se dan por enterados. Me enojo, me duele, me sobrepasa… Pienso en una camiseta con el rostro de Homero Simpson personificado como el Che Guevara o en algún meme de los que circulan por las redes y que en muchas ocasiones, acaban reduciendo problemáticas importantes a una imagen ramplona y sosa de lo que ésta realmente representa. Aún así, nada de eso me parece tan terrible, esta vez es mi propia voz la que está implicada, así que su lenguaje me hiere, la ofensa me hace sentir podrida. A veces, la música actúa como un gusano recuerdo…

Como sabemos, la masificación de un mensaje, por muy potente que este sea, siempre conlleva un riesgo; que se banalice. Y en el caso puntual de Un violador en tu camino, la respuesta a la convocatoria efectuada por la colectiva Las Tesis fue tan potente, que para muchos esto constituye una amenaza y una desestabilización del poder heteropatriarcal. Es por ello, que algunos medios de comunicación y opinólogos de turno, han reducido esta acción a una simple e inofensiva coreografía, o bien destacan lo “pacífico” de la intervención, confundiendo actos no violentos con “la paz”, como si en medio de la urgencia de las voces y cuerpas en acción, hubiese cabida para ella. Estas descripciones no hacen otra cosa más que banalizar nuestra rabia y deformar el sentido de los urgentes reclamos que deseamos visibilizar, al mismo tiempo que subrayan cuál es el lugar que se nos atribuye al interior de nuestras sociedades.

Imagen de El Mercurio

Captura de pantalla del diario El Mercurio» del día 1 de diciembre

En paralelo a ello, algunos machos se sienten contagiados por una pseudo alegría esperanzadora, que esta intervención pareciera transmitir, por lo que no dudan en felicitarnos, aplaudirnos y vanagloriarnos por nuestra “valentía”, por más que ya hemos intentado dejar claro en varias ocasiones, que no queremos ser valientes, sino libres. Lo cual me permite constatar, otra vez, que por más que hemos venido exponiendo nuestras demandas públicamente hace años, NUESTRA VOCES NO SON ESCUCHADAS. Pareciera ser más fácil aplaudir aquello que muchos entienden como una coreografía, antes que dejarse afectar por esas voces y permitir que su sonido repercuta en tu cuerpo, que te hiera y te cuestione. Ahora bien, este impedimento no se resuelve en el binarismo aprendido hombre/mujer, puesto que el mandato heteropatriarcal está inscrito en todas las cuerpas.

Es así, que el mayor problema al que nos enfrentamos no es la baja o nula compresión de la mirada machista (la cual por cierto encarna muy bien el Estado opresor, en tanto macho violador), sino a que la repetición de esta acción sea leída dentro de los márgenes de lo banal, con la sola intención de convertir una denuncia en un producto de consumo, como si del hit del momento se tratara.

No obstante, hay algo inherente a esta performance que escapa a esa lógica y que la hace marginal. Me refiero al hecho de que esta acción se ha desarrollado y se continúa efectuando incesantemente en el espacio público, que es donde realmente cobra sentido, porque es ese mismo espacio el que históricamente se nos ha negado habitar. Lo otro; las fotos, los vídeos, los audios registrados, no son más (ni menos) que eso, un registro que da cuenta de la multiplicidad de lugares en donde nuestras cuerpas aparecen y resuenan en colectivo.

La resonancia de nuestras voces

¿Por qué esta performance, en la que se canta una letra que denuncia hechos brutales, es capaz de movilizarnos masivamente y provocarnos una especie de “alegría”?

Una cuestión que puede parecer obvia, es que al usar una base sonora tan simple es muy fácil que la canción y su ritmo se nos queden en la memoria luego de haberla escuchado por primera vez. Por lo demás, el desarrollo original de la performance, implicaba la reiteración de esta en distintos lugares, por lo tanto la idea de repetición estuvo presente desde un comienzo, lo cual produjo que fácilmente incorporásemos la canción en nuestras cabezas.

En este país que seguimos llamando Chile la Historia se repite y la Memoria se olvida. Y muchas nos preguntamos si este será el momento en que todo esto pueda cambiar. “Chile se acabó” cantamos en la misma manifestación del 25N, en reemplazo a la ya conocida consigna “Chile despertó”, como si la única manera de revocar nuestra historia fuese pensar que este es otro país y que podremos nombrarlo de otra manera.

En Chile se nos ha educado para olvidar, para callar y para evadir nuestra Historia y nuestras historias. Entre pactos de silencio llevados a cabo en medio de una dictadura que duró 17 años y que supimos traspasar a las nuevas generaciones, fuimos aprendiendo a omitir los relatos más importantes y dolorosos que conformaban nuestra experiencia del mundo. Y nosotras; las mujeres y disidencias, lo naturalizamos casi sin darnos cuenta y más allá de lo que hubiésemos deseado, porque desde que nacemos o desde que somos leídas como cuerpas feminizadas, nuestro lugar en el mundo no pasa por la voz, porque todo cuanto digamos será cuestionado o usado en nuestra contra. Porque el contexto podrá justificar cualquier violencia o abuso que padezcamos, ya que no importa la historia que contemos, ni el hecho de que esta sea cierta, sino dónde estábamos y cómo vestíamos…

Desde que empezó la performance, hace 10 días, he leído en las redes sociales virtuales, impresiones que la califican como un mantra sanador e incluso como una terapia mucho más efectiva que cualquier atención sicológica para personas que han sufrido violencia de género. Estas opiniones, de personas desconocidas, se han sumado a la propia experiencia y al relato de amigas que me han hecho saber lo importante que ha sido para ellas poder cantar esta canción. Del mismo modo, escarbar en aquellos recuerdos que habían borrado de su historia personal, abrió una herida que sienten por fin podrá sanar, porque esta canción les permite contar su historia sin temer por el juicio que recibirán de vuelta, puesto que ya no les importa.

El relato que Las Tesis narran en su canción es contagioso, porque al igual que una enfermedad, la violencia hacia las cuerpas feminizadas, consideradas inferiores, se traspasa y se hereda. Porque la denuncia que ellas hacen es universal y no es de ellas, sino de todas, de todes. Esta performance no sólo nos ha animado a sacar la voz, sino que ha generado un contexto de escucha, que hasta estos momentos no ha sido garantizado ni por el Estado, ni por las leyes, ni por las terapias que sólo aquellas personas más privilegiadas podrían pagar. El contexto de escucha que se está sucediendo hoy entre nuestras voces ha sido creado gracias al movimiento feminista,  a los movimientos feministas, porque nuestra fortaleza es la pluralidad, el encontrarnos en las diferencia y saber que no estamos solas. Y este es el gran “regalo” que nos ofrece la intervención ideada por Las Tesis, reconocernos en las heridas, ponernos en el lugar de las otras y de les otres, poner nuestra voz al servicio de una colectividad que no establece jerarquías, porque allí en la grupa que grita y canta todas las voces valen lo mismo, aunque no seamos iguales.

El primer día que se desarrolló la intervención, una de las integrantes del colectivo, al ser interrogada por el sentido de la acción, puntualizaba el hecho de que esta respondía al accionar de la policía chilena y del amparo que ha dado el Estado a los abusos y violaciones efectuadas hacia mujeres y disidencias sexuales, en el marco de la protesta social. Sin embargo, hoy en día ya somos tantas las personas que desde diferentes lugares, nos hemos apropiado de esta canción, que el objetivo original se ha visto superado con creses. Y es precisamente aquí, en este acuerpamiento colectivo, en el que pese a todas nuestras diferencias, nos encontramos en un espacio-tiempo marcado por un pulso que a ratos me parece el sonido de nuestras corazonas recordándonos que aún estamos vivas. Que pese a toda la opresión efectuada sobre nosotres y nuestras cuerpas, nunca más nos vamos a callar, porque se lo debemos a esos latidos que han dejado de sonar. Y porque aun teniendo en cuenta que nos queda un largo trabajo por realizar en cuanto a las propias hegemonías instaladas desde las teorías feministas, en la práctica, somos capaces de resonar desde el dolor y de transformarlo en una potencia creadora.

Le doy fin a mi escrito el día 51, después de haber leído varias veces este texto en voz alta, lo que me permite sentir mi voz rota, pero presente.

Tengo la sensación de no haber alcanzado a decir nada en estos párrafos, pese a que el sonido de las teclas del computador me hicieron sentir lo contrario mientras escribía.

Por momentos se oye algún helicóptero, que se ahoga entre medio de la música que mis vecinos han puesto a todo volumen, dando cuenta de que hoy es domingo y mucha gente está en su casa.

Hace 13 días que apareció Un violador en tu camino y su letra ha sido traducida y adaptada a decenas de idiomas y lenguas. Algunas grupas han cambiado casi por completo la letra para adaptarla a sus contextos, manteniendo la idea esencial del mensaje. Las convocatorias para realizarla se siguen sumando y la represión en algunas de ellas no se ha hecho esperar. Pareciera que la acción seguirá multiplicándose, porque aún cuando pueda servir de aporte a la sanación personal, este no es un discurso por la paz, sino un grito de rabia que busca resonancia, pero sólo podrá hallarlo allí donde la escucha se entienda como una cuerpa social, porque tal como me recordara hace unas semanas un texto de la compañera Anita Peña Saavedra de Radio Humedales, es importante entender que lo personal es político, no porque lo que me pasa a mi le pasa a todas, sino en el sentido de que entre todas y todes somos capaces de construir colectividad.

Nuestra lucha no se puede contabilizar en días, porque pareciera haber existido desde siempre. Hemos aprendido a vivir en un constante “Estado de Emergencia”, porque la cuerpa feminizada en el espacio público siempre corre el riesgo de ser violentada. Sin embargo, el contexto actual, es la oportunidad de que esto pueda cambiar considerablemente, porque la revolución sólo será posible si comprendemos que ninguna voz vale más que otra. Como artista sonora feminista, creo que la revolución de nuestros pueblos y pueblas sólo será posible si creamos contextos de escucha en donde esas voces que parecen pequeñas, no necesiten gritar para ser escuchadas.

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